alfpisces (CC BY 4.0)
Agosto 12, 2018

Pichilemu de 1999

blank No. 5, Poesía
2 minutos
Pichilemu de 1999, una noche en la que el mar
nos lavó a todos del milenio que todavía no nos mata,
igual que una madre cariñosa
que lava las frutas que nadie comerá.
 
Los trenes –mis juguetes de niño-
crecen como todo lo que tiene que morir
agolpando óxido y colores en sus tiernas latas
deseosos del que eche carbón en sus bocas nostálgicas
y los haga partir de la estación en la que los trenes no vuelven.
Tiempo de irse a la única infancia verdadera,
la que se busca en una vieja casa de madera
levantada curiosamente entre un cerezo y el mar
de cuyo patio salen los gorriones confundidos
ya que todo día era tentativa de primavera.
 
(Muy pegado en las ventanas, como se mira un cementerio,
voy pasando las maderas de las estaciones en las que hubo gente de bien
y pasajeros tortuosos pero felices,
y las evocaciones normales sobre las cuales preguntarse.)
 
Unos niños cantan en el tren lo que sus padres dejaron olvidado una mañana de
rencorosa madurez
y alguien que parte a pasar su duelo con un termo lleno de café y whisky
los mira llenarse la boca con las palabras que gotearán
en sus próximos sueños.
 
Y soñé después de todo, los caracoles
-palabras-
pegados en las puertas, infinitamente.
 
Nos fuimos varios años
y volvimos tarde para verlos enroscarse en su propia soledad
hasta desaparecer.
 
Nunca quise dejar mi corazón de niño en estos caminos de tierra
-todos los caminos que llevan al mar-
ni hacer sonar el violín que tengo dentro del cuerpo
para llamarme entre una y otra noche inacabable de carioca
porque no logré hallarme, y ocurre que aún no lo he logrado.
Las heridas que lava el mar se abren más tarde
con la sal de su propio recuerdo doloroso.
 
Y he aquí que hemos aprendido a nadar en el aire,
a vivir dentro de una solemne caracola
llena de ideales y dulces sonidos de olas desaparecidas.

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