Nicolás Romero (CC BY-NC-ND 2.0)
Enero 5, 2018

Literatura, marginalidad y anarquismo

blank No ficción
7 minutos
Hay una ambición que deberían tener todos los escritores:
ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de
nuestro talento, por quienes se hallan en servidumbre.
Albert Camus, anarquista
Toda libertad en el arte André Breton ft. León Trotsky & Diego Rivera, Por un Arte Revolucionario e Independiente

Quienes no estén familiarizados con los contextos históricos de la producción literaria de nuestra región verán con extrañeza la trinidad de conceptos escogidos para el título. Si hacemos el ejercicio de pensar en escritores anarquistas notaremos como la mayoría no tendrá a ninguno en mente y, sin embargo, les podría apostar las clásicas veinte patás en la raja a que conocen al menos un par que los dejaría boquiabiertos. Esto se debe principalmente a que al Estado le conviene fomentar la imagen del anarquista insurreccional, erróneamente denominado terrorista, por lo que cuando se ve en la incómoda posición de tener que dar reconocimiento a un o una anarquista, le descontextualiza, invisibilizando su ideología, sin la que hubiese sido imposible concebir su obra en primer lugar. Así es como terminamos en el liceo o colegio leyendo evidentes narraciones anarquistas, escritas por anarquistas, pero sin llegar a enterarnos de que lo son. No vaya a ser que a los niños y niñas les entren ideas raras a la cabeza y adopten la ideología para sí. Es por eso que la primera parte de este ensayo tendrá como objetivo armar de forma breve, y dejando de lado varios elementos, un relato que permita a cualquiera comprender el porqué de esta selección.

A pesar del modo en que abordaré esta primera parte, es bueno tener presente que la historia literaria no se desarrolla de forma lineal ni tiene tiempos rígidamente definidos. Occidente no se durmió un día siendo neoclásico y amaneció al otro ya romántico. No, las diferentes tendencias literarias son consecuencia de incontables sucesos e influencias, tanto remotas, como cercanas en el espacio-tiempo, siendo común que las nuevas tendencias conserven, al menos en sus inicios, muchos elementos de las que las antecedieron, pero presentando cambios particulares en aspectos fundamentales que hacen que el producto resultante sea parte e inicio de una nueva categoría.

Teniendo en cuenta lo anterior me perdonarán el que enmarque la experiencia del costumbrismo en la literatura de la región latinoamericana dentro del Siglo XIX, aún sabiendo que se ha extendido incluso más allá del Siglo XX. Como sea, el costumbrismo, como su nombre lo indica, permitió plasmar las costumbres sociales de diversos lugares en épocas determinadas, fenómeno que posibilitó la caracterización de una parte importante de la sociedad, pero que invisibilizó a aquellas que no eran consideradas dentro de la misma. Básicamente a los sectores marginados con sus personajes variopintos quienes no formaban parte siquiera de una clase social y que, por consiguiente, no tuvieron la oportunidad de ser protagonistas en las narraciones de la época.

Con la llegada del Siglo XX la literatura latinoamericana profundiza sus diferencias respecto a la literatura europea, lo que posteriormente será uno de los factores decisivos que posibilitarán la configuración de un Boom Latinoamericano de Escritores y, junto a ello, el reconocimiento de una literatura con identidad propia y en consonancia con la historia y los procesos particulares de la región sudamericana y los distintos territorios en los que se subdivide. Ya no sólo serán las particularidades locales las que darán vida a una literatura en español, además se sumarán estilos literarios que, si bien no son exclusivos de Latinoamérica y poseen claras influencias europeas de países angloparlantes, se ligan fuertemente a nuestra literatura. Es en este periodo, segunda mitad del Siglo XX, cuando algunos tópicos, sobre todo el de la dictadura, y una forma particular de hacer literatura1 pasa a ser conocida a nivel mundial como literatura Latinoamericana.

Uno de los factores que contribuyeron a desarrollar el distanciamiento con la literatura del resto del mundo fue la aparición de personajes marginales en la primera mitad del Siglo XX. La adición de éstos al campo literario amplió los horizontes de la sociedad, tendiendo a abarcar todo el espectro humano. Aunque su aparición fue casi simultánea en el mundo occidental y presentan arquetipos fácilmente reconocibles (como el delincuente, la prostituta o el mendigo), su incorporación en la narrativa significó volver la mirada sobre aspectos antes ignorados: el acotado mundo del costumbrismo en cuanto a relaciones sociales y características locales debió ser replanteado. No obstante, podríamos considerar la literatura marginal como una subcategoría dentro del costumbrismo, en vez de una categoría aparte, pues también da cuenta de las costumbres idiosincráticas de una cultura particular.

Llegado a este punto me parece pertinente hacer un alcance, obvio, pero necesario: la literatura no evoluciona de manera hermética, aislada del resto del mundo, sino que está dialogando constantemente con el exterior, entre otras cosas; con la filosofía, las ciencias, diversas ideologías, etcétera. Para explicar la aparición de los personajes marginales en la literatura, debemos ver qué procesos se estaban llevando a cabo en Latinoamérica y por qué. Y ya que hemos hablado de literatura y marginalidad, ahora corresponde que volteemos la mirada hacia el anarquismo.

La Revolución Industrial generó un escenario crítico para una gran parte de la población que propició la organización entre grupos de trabajadores, mayoritariamente obreros industriales con largas y extenuantes jornadas laborales, y personas que a causa de la migración campo-ciudad y la falta de puestos de empleos de pronto se encontraron cesantes. El movimiento anarquista de entonces, principalmente de carácter racionalista y sindicalista, impulsó, promovió y propago con éxito sus ideas, logrando que las personas se empoderaran y organizaran en torno a ellas. Las condiciones materiales dieron pie a cuestionamientos que prontamente se tornaron en críticas contra el sistema que convergían con lo señalado por el pensamiento anarquista. A finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, el anarquismo español y americano tiene su apogeo y muchos intelectuales y artistas se suman o declaran simpatizantes a la ideología, sirviendo de vasos comunicantes con sectores ajenos a la realidad descrita.

Los casos de los que me serviré a continuación corresponden a tres escritores sudamericanos que tuvieron la particularidad de ser los primeros conocidos en dar protagonismo a personajes marginales en las regiones peruana, argentina y chilena. Aunque tan sólo uno de ellos suscribió al movimiento anarquista, la obra de los otros dos, al igual que sus discursos, presentan claros componentes que nos permiten clasificarlas dentro de la misma categoría.

Manuel Rojas, masón y premio nacional de literatura en 1957, comenzó escribiendo para el periódico anarquista La Batalla bajo el seudónimo de Tremalk Naik. Si bien su carrera periodística no nos compete del todo, cabe destacar que esto ocurrió en 1912, recién llegado a Chile y contando con tan sólo dieciséis años de edad. Parte de sus vivencias serían plasmadas luego en Hijo de ladrón, novela que da luces de por qué Manuel Rojas abrazó el anarquismo desde tan pequeño. En ella Aniceto Hevia, protagonista, intenta salir del país luego de haber llegado de polizón en un vagón de tren atestado de animales y mierda, pero se topa con el problema burocrático de no contar con papeles. Aniceto no comprende la situación y se pregunta por qué es necesario que unos papeles confirmen que él es quien dice ser, si su palabra debiese bastar. La desconfianza sistemática e institucionalizada entre personas le resulta incomprensible. Recién llegado a un país desconocido, sólo y sin dinero para llenar el buche, negado además por instituciones que no era capaz de comprender, se vio prontamente a la deriva, pero no tarda en encontrarse con anarquistas que lo tratan como a un hermano más. El contraste que genera por un lado un Estado frío e inhumano y la fraternidad y solidaridad anarquista, por otro, hace que Aniceto y el mismo Manuel Rojas definan rápidamente su posición dentro de la sociedad. Gran parte de su producción literaria estará en función de su ideología, visibilizando problemáticas y buscando la comprensión y empatía con las personas con las que la sociedad prefiere no tratar.

Roberto Arlt, a diferencia de Manuel Rojas, no fue anarquista, pero al igual que él hizo alusión permanente al anarquismo en sus novelas, siempre en términos de respeto y simpatía por la ideología y sus adherentes. A la edad de nueve años Arlt, expulsado de la primaria, se entera de la detención y fusilamiento de Francisco Ferrer i Guardia, anarquista, educador y masón. Sobre esto Arlt dice: “Aunque parezca mentira, ya tenía un concepto profundo de lo que era política internacional y derecho privado y social. En esa época fue cuando fusilaron en Montjuich, a Ferrer, el maestro de la Escuela Moderna. Este hecho, comentado por mis padres, me indignó de tal forma que, fabricando con papel de barrilete una bandera española, resolví vengarlo a Ferrer. En efecto, colocándole un asta a la bandera, seguido por todos los vagos del barrio, me coloqué frente al almacén de un asturiano bruto, y en medio de la gritería de los muchachos incendié el símbolo español. Luego, de una pedrada le rompí al comerciante un vidrio del escaparate, y huí contento, seguro de que Ferrer, desde el cielo, aplaudía mi desagravio”.

En el Juguete rabioso, obra insigne de Arlt donde los personajes principales son ladrones o falsificadores sujetos a las miserias de una vida en las periferias del sistema, se leen frases como: “¡Ah, es menester saber las miserias de esta vida puerca, comer el hígado que en la carnicería se pide para el gato, y acostarse temprano para no gastar el petróleo de la lámpara!” y también “Sobre esta tierra quién tendrá piedad de nosotros. Míseros, no tenemos un Dios ante quien postrarnos y toda nuestra vida llora”. Es evidente que Roberto Arlt, recurriendo a la ironía, hace una crítica a las penurias a las que una persona trabajadora debe someterse para sobrevivir cada día (es necesario vivir pésimamente para seguir con vida) y a las diferencias existentes entre las distintas clases (unos tienen un dios que los escucha y les da salvación, los otros no).

El último caso, el de Julio Ramón Ribeyro, quizás sea el más particular de los tres. Julio Ramón Ribeyro no fue anarquista ni simpatizó con el anarquismo. Tampoco realiza una obra literaria de apología anarquista, sin embargo sí se ocupa de los personajes marginales y por razones con las cuales cualquier anarquista hubiese estado de acuerdo. En vida publica La palabra del mudo, libro que contiene la totalidad de sus cuentos. Cuando le preguntan por el título de éste, responde: “Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias”. Su contribución, en ése ámbito, no puede ser sino reconocida. Y puede que incluso sea más claro en Julio Ramón Ribeyro, que en Roberto Arlt o Manuel Rojas, como las condiciones en que vive y se desarrolla una persona llegan a condicionar su personalidad y carácter.

La invitación tras realizar este trabajo es a pensar en la situación y el contexto que tienen nuestras lecturas y a analizar cómo la configuran para dar paso a una expresión particular. También a preguntarnos por el potencial de la literatura en específico y el arte en general para reflejar la concepción de cierta realidad y a su vez ser herramienta que sirva a la transformación social.

¿Qué te pareció?