chriswenger (CC BY-NC 2.0)
Marzo 23, 2018

La violencia en las relaciones de solo amigos: mi experiencia

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12 minutos

La violencia en las relaciones de “sólo amistad” es la más fina que conozco, se desestima con excesiva facilidad, basta decir cosas como: “te confundiste”, “no te lastimes”, “no debiste ilusionarte”, para salir bien librado de ella. Además, las personas se pondrán de lado del que se mantiene “frío y racional” y tú, la que quedó con el corazón desgajado, sólo podrás ser calificada como inmadura, intensa o infantil. Porque es de adultos y de personas maduras eso de andar con el corazón roto hiriendo a otros, advertir que en el amor eres egoísta, pero no hacer nada al respecto y repetir, como repetía la persona con la que salí, que no eres una buena persona, pero lo aceptas y vives con ello.

Vayamos por partes.

A principios de año, salí con una persona bajo el esquema de este tipo de relación. Quien lo propuso, por supuesto, fue él. Luego de dos citas que me habían parecido maravillosas e increíbles, de tanta reciprocidad, tantos temas y gustos en común, de conocer un poco a su familia y sus amigos; esa misma persona, me ignoró mientras le hablaba de la última novela que había leído y me llevó a su habitación para besarme y pedirme que sólo fuéramos amigos que tienen sexo. A manera de justificación me dio todo un contexto que yo ya conocía superficialmente: sus problemas económicos y familiares, y su profesión. Sentí empatía por él y también lástima, fui “comprensiva”: pobre, él que quiere ser querido y querer pero tantos deberes y situaciones que lo atraviesan, no se lo permiten. Algo así pensé. También creí que yo quería experimentar e incluso me engañaba a mí misma pensando en lo liberador que sería estar en una relación así, además, dada mi enfermedad y el estigma de la gordura, nunca había vivido algo parecido. Ahora sé que aquello fue manipulación emocional y que también, mi autoestima era tan poca que de verdad creí que deseaba ser sólo un cuerpo para él, que deseaba lo mismo que él. Muy en el fondo quería otra cosa pero no lo sabía. Entonces, accedí.

Esa misma noche, llegué a casa y lloré largo y tendido hasta muy tarde. En mi diario escribí afanosamente todo lo que sentía. Ahora que releo mis diarios, me doy cuenta de cómo desde el inicio mi intuición me avisaba con exactitud lo que estaba pasando, pero como muchas mujeres pensé que exageraba, que en todo caso no era para tanto. Ignoré mis sentimientos.

Empezamos a tener relaciones y a salir. La segunda vez que tuvimos sexo, luego de que habíamos terminado, me confesó que estaba enamorado de otra. Me quedé fría. Esa otra de la que estaba enamorado, había sido la misma chica con quién me había llevado a la segunda cita y que me había presentado como su amiga. No supe cómo responder, estaba estupefacta. Él me aseguró que quería ser honesto porque no quería lastimarme, no quería herirme y por eso, según su lógica, lo mejor era decirme sin decirme, con esa fineza de estos discursos machistas, que yo era el cuerpo con el cual la estaba olvidando, con el que se sintió validado nuevamente luego de que lo habían rechazado. De nuevo cedí a la manipulación, da pena admitirlo, pero sí, otra vez sentí lástima por él y otra vez fui comprensiva, otra vez creí que yo era la mujer que protegía al niño asustado y le enseñaría el amor, que le curaría las heridas que le había dejado la otra cuando nada de eso era mi responsabilidad.

Estando con él, oculté mis verdaderas emociones. Llegando a casa tuve que trabajar sola todo el dolor y la humillación que sentía. Estando sola en mi habitación, con mi diario a cuestas, todo hizo click en mi cabeza. Tuvieron sentido algunas miradas que me dedicaban sus amigos y esa sensación de que ellos sabían algo que yo ignoraba. Lloré otra vez, bastante, y escribí hasta cansarme pero seguía ignorando mis emociones, seguía sin hacer caso de sus advertencias. Continué con la relación.

Salimos mucho más, él me contó toda su infancia, visitamos juntos su vieja casa. Los dos siempre vivimos cerca aunque no nos topamos nunca. Hablamos de arte y filosofía, le leí poesía, hablamos de zapatismo, me gustaban sus manos pequeñas y su mirada de ciervo. Estaba enamorada y él parecía estarlo de mí. Un día me dijo entre lágrimas que se estaba enamorando de mí pero que no quería hacerlo, porque podía dejarlo solo. Aunque me estuviera diciendo otra vez que no me quería realmente y que la relación sería un fiasco, sus lágrimas me conmovieron y otra vez fui comprensiva: me creía con recursos emocionales infinitos para querer por él y por mí.

Los siguientes meses de la relación pasaron entre parecer una pareja y un continuo rechazar nuestras emociones, negando que sentíamos algo el uno por el otro.

Nuestro primer quiebre se dio dos meses y medio después de comenzar a salir, él me dijo con frialdad que las cosas se habían terminado. En ese momento me quedé fría otra vez, no supe cómo reaccionar. Sólo murmuré torpemente “Está bien”, mientras él me repetía que no habíamos sido nada, que me había confundido y que ya no quería tener relaciones, ya no podía cargar el sentimiento de culpa por estar con una enferma y tenía que ocuparse de su trabajo y sus asuntos. Que incluso una relación libre era muy problemática para él. Que él no quería que yo me enamorara.

Ése era el reto: hacer todo lo que hace una pareja, incluso enamorarse, pero sin admitirlo. Sin darlo por hecho, sin aceptar algún compromiso. Eso era una relación libre. Nada más contradictorio. La principal falacia de estas relaciones que se denominan “libres” es que si tienen como fundamento el no enamorarse y no asumir un compromiso emocional, en realidad, son opresivas. Si una de las partes determina cuánto, cómo, porqué, dónde y qué sobre todo en la relación: el sexo, el cariño, el tiempo, etcétera, son dictatoriales. No hay una paridad en el valor de las voluntades, ya que una voluntad se impone por fuerza a la otra.

Pero aun así, mi autoestima era tan poca, de verdad tan poca, que después de todo lo que me dijo, permití de nuevo que tuviéramos relaciones. Al terminar, me dijo que ya no volveríamos a tenerlas. Llegando a casa, otra vez estuve llorando, ésta vez sí le escribí muchísimos mensajes exigiéndole y reclamándole. Pero él se sostenía bajo el mismo argumento: no habíamos sido nada, me ilusioné sola, todo había sido mi percepción.

Reanudamos nuestra no-relación luego de que la chica de la que había estado enamorado, me llevara a su casa de nuevo. Desde que empezamos a salir, la chica dejó ver sus celos y se afanó en volverse mi amiga para llevarme a espacios donde me sentiría vulnerable. Era consciente de que su objetivo era entrometerse en la relación que había mantenido con él, ya antes le había hecho comentarios al respecto y no dejaba de percibir cierta reticencia de su parte, pero acepté porque quería saber cómo era la mujer con la que había sido comparada, mi machismo interiorizado me empujaba a saberlo. Finalmente, descubrí a una mujer con una autoestima frágil, dispuesta a herir a otros gratuitamente. Mi intuición me pidió a gritos que me alejara de ella, pero la ignoré. Ella me invitó a su casa en un gesto absolutamente territorial, como informándome que iba a ese lugar cada que ella quería y que él era su territorio, básicamente. Estaba tan ausente de mí y de verdad quería volverlo a ver, que fui. Apenas estuvimos a solas, él comenzó a acariciarme. Antes de irme de su casa, empezó a besarme, aunque me confundió, no me negué y permití que tuviéramos relaciones. Volvimos a ser amigos que tienen sexo.

Otra vez estaba en esta no-relación que no me aportaba nada más que sufrimiento y en la que no se me permitía expresar con libertad mis afectos, donde yo infligía también una violencia pasiva: me entregaba una y otra vez, incluso lo buscaba; pase de ser buscada a buscarlo, me ponía de rodillas frente a él, tenía muy interiorizado mi papel de víctima. En este punto quiero hablar sobre cómo hay una baja autoestima sistemática en las mujeres, una baja autoestima estructural que nos lleva a aceptar la violencia, a romantizarla, a aceptar relaciones en las que no somos vistas más que como cuerpos desechables y en las que nos piden mutilar nuestras emociones. Relaciones en las que nosotras nos creemos con la capacidad de ser madres, amigas, psicólogas y las putas de nuestras parejas, sin ver que en medio de todo ese amor y cuidado que estamos dispuestas a dar a otros, se va el que deberíamos dedicar a nuestra propia persona.

De verdad, denosto esta educación sentimental con la que he crecido: me han enseñado a amar a quien no me ama y debo construir desde muy abajo mis afectos y principalmente construir mi afecto por mí. Quererme. Quebrantar el amor romántico y el mandato patriarcal de sufrir por amor. Pareciera que el amor es el opio exclusivo de las mujeres, nos han convencido de ser las únicas que lo necesitan vitalmente, aunque todos lo necesitamos, pero sólo los hombres lo utilizan, lo banalizan, lo sienten superficialmente: sólo para invocar sentimientos profundos a su beneficio.

Nuestra relación se volvió más desenfrenada: tuvimos sexo más veces y  dejamos de usar protección. En algún punto imaginamos cómo sería un bebé con nuestros rasgos: él me dijo en un derroche de pasión que se imaginaba formando una familia conmigo, pero también me decía por mensajes que tal vez no viviríamos juntos, que tenía miedo y que no sería buen padre porque era muy egoísta. Otra vez me pedía que habláramos y me repetía lo mismo de siempre: no quiero que esto crezca, no quiero hacerte lo que me hicieron a mí, no quiero que te enamores, no quiero que sientas. Él me lo decía todo pero yo seguía sin escuchar, para todo veía una forma en la que podía solucionar las cosas (en realidad, no había nada qué solucionar). Hasta que al fin me dijo las cosas con una franqueza ofensiva: no importaba las veces que se acostara conmigo ni lo que me dijera, ni siquiera importaba realmente su posición económica ni su trabajo, él no quería volver a enamorarse de nadie.

Se fue un mes entero a estudiar a otro estado. Me quedé sola y a fuerza de estar sola no pude evadirme, no pude evadir el dolor y la inseguridad. No dejaba de pensar que era absurdo esperar a alguien que no me ofrecía una base estable para sentirme correspondida. Tuve ataques de celos pero los controlé lo mejor que pude. Necesitaba que él me confirmara su cariño. Nunca lo hizo. Sabía que no estaba siendo congruente al pedir que me confirmara su cariño, que parecía más bien saciar una necesidad, que algo estaba mal conmigo…

En esos momentos tan angustiantes, me encontré con un artículo sobre psicología con perspectiva de género, escrito por Coral Herrera Gómez y en el que hablaba justamente de los hombres mutilados emocionalmente que buscan mutilar a sus parejas y vivir en no-relaciones: relaciones que tienen todos los beneficios de una relación estable pero ninguno de sus compromisos. Pero sobre todo, hablaba de las mujeres como yo: dispuestas a acabarse el corazón y los sesos con tal de retener a alguien a su lado, dependientes emocionales, con una autoestima tan baja que el amor no puede significarles sino una práctica de riesgo, incluso mortal. Fue una lluvia de certezas. Prácticamente la situación que estaba viviendo se encontraba desentrañada ahí. Todo comenzó a tener sentido pero aún me negaba a aceptarlo, era tan fuerte la dependencia y tan poco mi amor interno.

Viajé a otro estado del país para asistir un curso de escritura una semana, estando allí salí con otra persona sin proponérmelo y recordé esa sensación de libertad que tuve en la primera cita con él. Fue así como me hice consciente de cómo ahora era tan tortuoso estar con él, de cómo a pesar de ser una relación libre, me sentía encadenada.

Decidí volver a terapia psicológica e incluso en ella, todavía pasaría una última gran humillación antes de hacerme consciente de todo el conocimiento que tenía acumulado. Antes de que él volviera, tuvimos el último quiebre del que ya no resurgió la no-relación. Algo muy adentro de mí estalló y dije todo lo que me había guardado y había escrito en mis diarios: toda la confusión y el dolor. Discutimos por mensajes y terminamos por mensajes. Por más que traté de conciliar y persuadirlo de intentar una relación distinta, fue imposible. Para él todo era mi percepción: él nunca había dado pie a otro tipo de relación que no fuera una en la que él manipulara todo y no se viera comprometido.

Quedamos de hablar cuando regresara. Volvió y pasé por la segunda experiencia más humillante que he vivido. Me devolvió mis libros y mis cosas, yo estaba tan ausente de mí, tan vulnerable que incluso había olvidado traer sus pertenencias, me dijo con un resabio de amargura que no había problema, que de hecho, así estaba mejor; después, me acarició el torso y me preguntó si quería tener sexo, mi inseguridad me hizo aceptar: esperaba que a través de mi cuerpo reconsiderara mi cariño, pero no fue así.

Nunca me habían tocado con tanta furia y coraje. No lo disfruté. En realidad, de todas las veces que nos acostamos, sólo tuve un orgasmo, mientras que él en casi todas tuvo orgasmos a excepción de aquellas en las que la culpa le inhibía el placer, que fueron sólo un par de veces. Sin saber bien porqué, le pedí que me penetrara con más fuerza, ingenuamente creía que debía dejarme una huella, sabía que era la última vez que estaríamos juntos. En ese entonces, no sabía que romantizaba la violencia, que relacionaba el maltrato físico con las demostraciones de amor.

Comencé a llorar: le pedía perdón, le rogaba que me perdonara. Me sentía culpable de que él fuera a dejarme, no entendía que él en realidad nunca había estado allí. Terminó y me dijo que tenía otro compromiso, traté de hablar con él pero no tenía fuerzas. Me aclaró que él no era un cobarde y que si no quería a alguien se lo decía, muy por dentro, esa voz infinitamente sabia que guardo en mi interior me dijo que sólo para herirme no tenía miedo, pero para asumir su cariño por mí, lo invadía el pánico. Se fue y me quedé sola en mitad de la lluvia, a plena calle.

Ojalá la cosa terminara allí pero todavía pasaron más cosas,  me costó mucho aceptar que la situación me lastimaba. Incluso ahora que escribo esto, dudo, me siento a veces enamoradiza y sé que hay una Arely que aún lo quiere y lo perdonaría, que estaría dispuesta a empeñar su dignidad con tal de abrazarlo y tengo que ser paciente con ella, no juzgarla, darle sus tiempos, ponerle sus sanas restricciones y sobre todo apapacharla. Hay una yo que está muy herida, que ha sido lastimada desde todos los flancos durante años y eso no se va a curar de la noche a la mañana, y lo peor que puedo hacer es juzgarla o culparme,  señalarla y negarla, entonces recuerdo aquel poema de Anna Swirr:

No seré esclava de ningún amor.
A nadie
devolveré el sentido de su vida,
su derecho al crecimiento constante
hasta el último aliento.

Maniatada por el oscuro instinto
de la maternidad,
sedienta de ternura como el asmático
de aire,
con qué empeño construyo en mí
el hermoso egoísmo humano,
reservado desde hace siglos
para el varón.

Contra mí
están todas las civilizaciones del mundo,
todos los libros santos de la humanidad
escritos por ángeles místicos
con la expresiva pluma del relámpago.
Diez Mahomas
en diez elegantemente enmohecidas
lenguas
me amenazan con la condenación
en la tierra y en el cielo eterno.

Contra mí
está mi propio corazón.
amaestrado por milenios
en la cruel virtud de la víctima.

Leo este poema otra vez, en voz alta, hasta alcanzar a la que soy muy en el fondo y ha resistido todas las humillaciones, me tengo paciencia, pongo una película, voy a dormir. Me pongo a llorar porque es muy difícil perdonarme todos los pactos injustos que permití. No dejo de estar consciente de que yo acepté cada uno de ellos. Y es precisamente en este aparente consentimiento que está la violencia más fina, la violencia de este tipo de relaciones. El consenso se da desde una posición de inseguridad: ambas partes adolecemos de desconfianza y tenemos problemas internos muy graves. Pero tanto la baja autoestima femenina como la inseguridad y mutilación masculina se han construido largamente en la cultura, hemos crecido así y hay que enunciarlo de esa manera y también hay que señalar que los costes no son los mismos. Las mujeres aman y sufren con el corazón en la mano, hasta exprimirlo, mientras que los hombres sólo se dejan amar.

Por otro lado, fui fácilmente juzgada y fue muy difícil hallar consuelo entre mis amistades, no dejaban de hacerme comentarios revictimizantes: la mirada patriarcal con la que continuamente medimos los actos de las mujeres, nos lleva a culparlas: ellas se dejan, ellas permiten que les hagan las cosas.

Culpamos a la víctima por reaccionar pero no al agresor por aquello que hace. Nos dirimimos en un criterio que no toma por determinantes las acciones y nos enfrascamos en eternos debates discursivos, de palabras por palabras. Todavía ahora no dejo de pensar: Él me dijo esto, él me dijo lo otro y no veo que las acciones: frías y tajantes, me dicen mucho más que sus palabras.

Incluso ahora, me enoja pensar que ni siquiera puedo nombrarlo. Estas relaciones sin nombre perpetúan tan finamente la violencia porque sólo aquello que se nombra, existe. No hay manera fácil de superar el duelo de algo que por principio no puedes ni enunciar, no puedes señalar y recortar y que te lleva a cuestionarte y no confiar en tu percepción. Requiere un arduo trabajo: ir a la raíz y contextualizar todo: dibujar el mundo que permitió que esto pasara para que tenga un sentido, para que pueda ser nombrado. Ahora sé que son no-relaciones, ahora sé que no vale la pena gastarse el alma con ellas, y me atrevo a escribirlo a riesgo de que me llamen exagerada algunas mujeres y muchísimos hombres.

Creo que las relaciones libres son posibles pero no en un contexto en el que los hombres sólo utilizan estas plataformas de libertad sexual y emocional para validarse a sí mismos, para obtener placer y cariño sin comprometerse. Sólo si hay paridad entre ambas partes, si ambas establecen acuerdos, es válido, pero si representa un desgaste y el consumo de una de las partes, no. Y por lo general, tristemente, casi siempre son así.

7 comentarios
  1. CG Marzo 24, 2018

    Comparto un montón tu columna, nunca me va a dejar de hacer ruido lo fácil que es para algunas mujeres entregarse a aquellos hombres que estamos mutilados emocionalmente. El rol materno pesa más y por parte de nosotros, como dices, es fácil dejarse querer.
    Sin embargo, y en mi caso, por mis vivencias personales, he generado un pánico a la intimidad por lo que es fácil evadir toda clase de interacciones. Veo violencia en todas partes y no me creo capaz de deconstruirla. Y no le creo a nadie que haya sido capaz de deconstruirla.
    ¿será hora de simplemente aceptarlo?
    ¿algunxs solo estamos destinados a destruir?

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    • F_LDN Marzo 25, 2018

      Lo mejor es estar solo, idear proyectos personales, reflexionar día a día. Pasé por la misma situación que tú, así que puedo decirte que por más que cueste debes dejar de lado la extremidad de tu pensar. Está bien apartarse un tiempo pero no por eso vas a evadir cualquier tipo de interacción (refiriéndome al interés que puedan sentir otras personas por ti). Si bien ignorando, quizá no dañes a los demás (de todas formas parecerás grosero) pero seguirás dañándote a ti mismo y eso no es buscar una solución real. Saludos.

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  2. Señor Looser Marzo 25, 2018

    Bueno, hay gente, mucha gente que, como yo, jamás ha tenido ni rosado siquiera la posibilidad de dar un beso. Quizá es muy penoso, pero siempre hay alguien que lo pasa peor. Y cuando veo estas columnas, y cuando veo amigos o amigas que publican tan libremente que han fracasado en el amor porque no han podido mantener una relación… qué queda para los perdedores que no tienen ni la mitad – a veces, ni un quinto – de las vivencias que tienen ustedes?
    Y es lógico. Llegado el momento simplemente te entregas a un trato así porque, por último, algo te permite sentir. En ese sentido, no hay por qué sentirse mal. Vive y disfruta lo que la vida te pone por delante, porque hay otros que lo pasan peor…

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    • Angel Abril 2, 2018

      Yo creo que si no estás bien como tú deseas no te tienes que conformar con que “hay quienes están peor que yo” no entran en éste entorno comparaciones, es la relación que hubo y cómo fue. Punto.

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  3. victor Marzo 26, 2018

    Bueno, creo que está muy buena la historia que nos comentas, aunque discrepo con algunas situaciones.
    – Encuentro que para poder madurar, hay que sufrir. Esto te servirá para futuras relaciones, aunque al final dijiste muy claramente que “tal vez volverías con él si te lo pidiera”. Si dices esto en tu artículo… no sé como puedes culpar a alguien más de tu sufrimiento.

    – Sé que te lo han dicho, pero aguantar el sufrimiento que te provoca otra persona, va en cada uno de nosotros. Es uno el que debe evitar esas compañías y saber donde decir “basta”. Sin importar ser hombre y/o mujer.

    – “Las mujeres aman y sufren con el corazón en la mano, hasta exprimirlo, mientras que los hombres sólo se dejan amar”. Estás tan herrada en estas líneas y en tantas otras, asumiendo sentimientos y pensamientos de los hombres. Recuerda que estamos en un mundo machista aún, en donde el hombre “no se le permite amar”. No puedes asumir que “la vida es así y los hombres también” solo porque te tocó uno así. Es verdad que está muy generalizado el asunto del amor en los varones, pero no es regla.

    – No es que los hombres seamos así, también hay mujeres. Yo pasé por un caso como el tuyo con una mujer, así que me siento muy identificado. Este problema es de LAS PERSONAS, no del machismo de los hombres.

    – El problema acá es como poder disfrutar y mostrar el verdadero amor entre personas. Cada uno ve donde le aprieta el zapato y como quiere demostrar su amor a los demás.

    Por fortuna, cada vez es más común encontrar personas mas “sentimentales o espirituales” de las cuales uno se puede enamorar con mas confianza, así que tranquila, que alguien te va a amar tal cual como tu quieres. Es posible y más que seguro.

    Te deseo tranquilidad y mucho amor en tu vida. Recuerda que al sufrimiento abre paso a la consciencia humana y al desarrollo espiritual que necesitamos para madurar. Tu “ex” se lo pierde.

    Besos y abrazos.

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  4. Nata Marzo 28, 2018

    Lloré, sigo llorando porque me recuerda que soy la Arely que aún no deja ir.

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