Horizonte curvo

Por Nicole Pumarino y Karen Seaman, de

15 de mayo de 2019

Hacia el Sur

Tengo un súper poder. Sé que la puerta del condominio privado no tiene llave, solo tiras hacia la derecha del pestillo y listo, hace “cuenc”, ese sonido metálico típico de los cerrojos para luego cerrarse, pesada y hermética. Lo sé por las visitas recurrentes que hago a uno de sus edificios, y porque a veces lo ocupo como atajo, dependiendo del trayecto y de las posibilidades de la puerta del otro extremo. Cuando salgo, pongo cara de preocupación en un horizonte lejano. Así, la gente que viene caminando por la vereda me mira y piensa que vivo aquí. Siguen caminando mientras llenan su cabeza con frases del tipo: “cómo será vivir tan cerca de la estación de metro”, “qué distinta sería mi vida si viviera aquí”, “podría venir a dormir la siesta a la hora de almuerzo”. Esas cosas pienso yo cuando observo a las personas que pasan a comprar al Oxxo en pijama o a las que pasean a su perro, acciones cotidianas en medio de una vorágine de oficinistas que camina por la calle Marchant Pereira hacia el sur en la mañana, o al norte por la tarde cuando ya es hora de volver a casa. Cuando chica, pasaba largas horas mirando por la ventana del furgón escolar o la micro, imaginando cómo sería ser cualquier persona que escogía en la calle. La seguía hasta que desaparecía y me quedaba las siguientes calles pensando en dónde vivía y qué haría. Quizá también sea un súper poder, y se mida proporcional a la distancia recorrida desde la periferia.

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Siempre avanzo por la vereda poniente, que lleva más personas. La gente que usa la vereda oriente es muy probable que sea nueva en el barrio, ya sea porque hace poco que cambiaron de trabajo, o vienen a alguna reunión excepcional. No tomarían esa decisión si supieran que dos cuadras al norte tendrán que escoger si atravesar corriendo en un lapsus en que no venga un auto, o usar el poniente por un tramo para luego volver a atravesar al oriente, porque en la intersección con Carlos Antúnez los semáforos solo le hablan a los autos. Hasta este punto la masa crítica de caminantes se mantiene imperceptiblemente igual. Quienes no han entrado al edificio donde oficinistas y peluqueros fuman y hablan por celular apoyados en las grandes jardineras, se van quedando en la panadería, en las promociones de pizza más bebida o en la búsqueda de paltas en la verdulería. Los que continuamos atravesaremos la amplitud de la calle Eliodoro Yáñez para distribuirnos en las últimas oficinas del camino. Permanezco ciento treinta y cinco segundos al borde de la vereda mirando al frente, esperando que se acaben los zumbidos de los autos que bajan hacia Providencia. No miro el semáforo. Sé que antes de que cambie hay ocho segundos libres para atravesar. Cruzamos casi todos, solo se quedan esperando quienes aún no aprenden que las ciudades tienen eso de que te van aleccionando.

Hacia el Norte

Me siento superior al resto del mundo cuando abro el pestillo de la chapa y salgo por Marchant rumbo al norte. Puedo caminar a mi trabajo. En solo 17 minutos, dependiendo de la suerte de los semáforos (¿o de la longitud de mis pasos ese día? ¿o de la velocidad que traiga en la mente? ¿o del peso que cargue?) llego a mi lugar de 8 horas de estancia después de una pasada por un puente, una mirada hacia el río y un saludo a la virgen. Cuando salgo, miro a los ojos a los caminantes que vienen en contra, imagino que todos vienen saliendo del metro y me burlo en una sonrisa rápida -que quizás ellos no alcanzan ni a ver- de que yo nunca tengo que gastar los más de 700 pesos, que no comparto el metro cuadrado con nadie, que a mí nadie me toca, que nunca me detengo. Voy hacia el norte y lo único que me detienen son los semáforos que intentan convencerme de que hay otros más privilegiados que yo. Me gusta vivir en Marchant, mi conjunto habitacional: está lleno de conocidos que puedo espiar a través de la ventana; luz prendida, luz apagada. Con el frio golpeando en la cara, este invierno sin gorro, camino en contra flujo por la vereda poniente, heroica de mi vida a 5 km por hora, y me detengo en el primer semáforo a cruzar.

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Al cruzar Nueva Providencia hago un movimiento extraño: en vez de caminar hacia la derecha, me cruzo delante de todos y voy hacia la izquierda por una vereda que nadie usa. Es más mía que del resto. Voy por aquí porque creo que es más rápido, aunque los semáforos no se coordinen y siempre deba esperar. No sé si otros que vayan al mismo lugar tomarían la misma ruta. De todas formas nos encontraríamos en el segundo semáforo, en donde yo espero con las manos en los bolsillos. Camino por una vereda angosta y oscura que me peleo con otros caminantes. Elijo este camino porque es más corto, La Concepción es mas directo que Pedro de Valdivia para ir al otro lado del río. Me miro los pies mientras esquivo todo tipo de hoyos e irregularidades, los peatones aquí nos peleamos el espacio de la vereda con los árboles, los basureros y los pequeños jardines enrejados. Llego al rio, sin detenerme miro fijo a la virgen del cerro, desde el 2009 siempre hago lo mismo, me imagino que las vírgenes, los cristos y todo tipo de figuras en las ciudades pueden traspasar mensajes de cerro en cerro. Atravieso una plaza con Castaños de la India y me detengo a esperar en el último semáforo del trayecto. Quizás la próxima vez saldré con mas tiempo y tomaré el rumbo al norte por el camino oriente. ■ UPP

2 comentarios
  1. Jose Mayo 16, 2019

    Genial!!!
    Eso es el corazón de Providencia para un peatón.
    Una narración genial.

    inicie aquí la dialéctica hegeliana
  2. D Mayo 16, 2019

    Excelentes relatos!!! Qué delicada y lúcida descripción de la ruta!! Felicitaciones!! Me encantó!!!!

    inicie aquí la dialéctica hegeliana

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