Collage por Damsi Figueroa, en Viento sur
Mayo 18, 2020

Alejandra Ziebrecht: Escritura de los vestigios en el puerto de Talcahuano

blank y Entrevistas
16 minutos
“En estas calles
donde huyen las gaviotas
tras el herbolario cementerio
de seres apretujados contra sus sexos
como si el goce o el delirio del arder
fueran plebeyos en la buhardilla lóbrega
del instinto primigenio”
Nochedumbre

Alejandra Ziebrecht: Yo creo que las personas que somos de Talcahuano tenemos cierta visión. No es que Talcahuano nos nutra o nos brinde algo, sino que nosotros somos ese algo. Es decir, representamos lo que el territorio ha hecho de nosotros, somos un producto de este. Esta sería para mí una entrada a mi poesía, que es tan difícil que una misma explique, pero sí puedo explicar lo que el territorio es para mí, el territorio lo es todo. Yo estoy con el temple, con el ánimo y la temperatura de ese lugar.

Talcahuano es un puerto muy triste, como todos los puertos me imagino. Pero yo hablo del mío, del que conozco. Esa neblina que cubre todo y la brutal conversión de una cosa a otra, la transformación de un puerto en una ciudad pluricultural.  Por ejemplo, el hecho de que nos robaran la plaza, la cual estaba considerada una de las plazas más bellas de Chile. De pronto uno ve una plaza que es la misma que uno podría ver en cualquier lugar. Nos roban el territorio, nos roban el paisaje. También está El Cine Dante. Como diría Mardones, un cine cero estrellas, porque ya no hay estrellas allí. Entonces todo el territorio se va volviendo un vestigio de algo que fue, que solamente nosotros, a través de nuestra memoria histórica y poética podemos recuperar. Hoy en día para mí esta ciudad es un vestigio.

Paulina Alarcón (cc by-nc-nd 2.0)

Alguna vez me hicieron el honor de tomar mi poesía para hacer una tesis de arquitectura en la Universidad de Chile, y yo creo que fue porque mi poesía habla precisamente sobre la utilización e invasión del territorio. Se pregunta “¿dónde está la memoria la cultura de este puerto?”, como ocurre con los humedales.

Yo vivo frente al Humedal Perales y de pronto veo emerger cada vez más torres, más cosas que no tienen nada que ver con nosotros. Los humedales se secan, cambian los espacios en los cerros y su distribución. Ahora incluso nos quieren dejar sin cementerio simbólico, un lugar que es muy importante, quieren sacar ese territorio y usurpárselo a las viudas. Hay un libro que es muy interesante que se llama Cementerio simbólico, donde se dice que las mujeres más desamparadas son las mujeres de la costa de este país. Un claro ejemplo ocurre aquí en Talcahuano, donde las mujeres ni siquiera tienen el calor de un cuerpo a quien abrazar (quizás perdido en el mar). No tienen nada. Sabemos que hacer el rito de la sepultura es importante en la historia de la humanidad y aun así les quieren usurpar el territorio que ocupan para este fin, y que son sólo 4 metros cuadrados. Yo me pregunto por qué tienen que usurparles ese lugar. Y así nos van quitando toda la identidad como territorio.

Entonces algo que aceptábamos como muy nuestro, que era una identidad de Puerto Rojo de bohemia, ahora tampoco está. Porque la gente con los perjuicios incendia estas casas, provocando que El Puerto Rojo ya no sea una concentración. Antes podíamos decir que estaba regulado por los propios seres humanos que buscaban ese espacio, todos sabíamos dónde estaba, no había miedo. Ahora esto también se intervino. Se pusieron supermercados, perdimos esta parte cultural de nuestro territorio, por lo tanto, El Puerto Rojo se diseminó. Ya no existe este espacio. Talcahuano representa la usurpación del espacio poético, territorial, urbanístico y arquitectónico. Por varias décadas la poesía ha funcionado como un registro informal y humano de dicha situación; han convertido a Talcahuano en una puerta trasera de la provincia.

***

Mi primer libro en solitario se llama El Rompecaídas. El título es una palabra inventada, que para mí es lo que nos ayuda a romper, a evitar el caer. Representa el nihilismo, la existencia y desgano, o como uno lo quiera interpretar. Tiene que ver con ese transitar por el territorio, este territorio que tenía dos caras. Por ejemplo, por una parte, estaba el liceo, que se veía inundado por una densa neblina que atravesaban las calles, cubriendo las avenidas y los arcos. Yo estudiaba ahí y era una experiencia tenebrosa y maravillosa a la vez. Por otra parte, existía una zona de calor dentro de la neblina permanente del puerto, que contenía la sensualidad de un espacio oculto, pero que todos sabíamos que existía. En el Barrio Rojo había registro de historias, de cuentos, de memoria, de oralidad. Las mujeres de ahí, que en la mañana iban al puerto, eran mujeres respetadas y queridas. Aguachadas entre ellas mismas.

Un pasaje de Talcahuano (bagpipe, copyright)

Esta realidad era parte nuestra. Y de pronto, al meterme en estos espacios me di cuenta de que era algo distinto a lo que la cultura nos ha enseñado. Me di cuenta de que estos lugares de esparcimiento sexual no son espacios de soledad, son espacios dónde las mujeres bailan desnudas en un escenario muy pobre, con las medias rotas, pero sonríen. Los hombres apenas las miran, porque están preocupados de conocerse entre ellos. Es decir, están más preocupados de tomar una copa, porque saben que al otro día se van a un lugar desconocido. Entonces, las mujeres se convierten en compañeras, y su sensualidad es más existencial que erótica. Me di cuenta de que en este espacio ocurría un acompañamiento de cuerpos que estaban a la deriva, y me sentí parte de esa deriva, y de ese movimiento continuo de las mareas de Talcahuano. Estábamos todos, en un aquí y un allá permanente, en movimiento. 

Entonces de ahí salió la idea del libro a modo de constatación, de un viaje. Una travesía por el Talcahuano que yo no conocía.

“el agua es como el fuego
materia
origen
volcán que estalla”
El juego del condenado

UPP: ¿Cómo llegó a conocer ese mundo?

Lo que pasa es que en ese tiempo yo me había cambiado de casa varias veces dentro de la misma ciudad, hasta que llegué a la calle Colón que es la principal de Talcahuano. Mi casa tenía un segundo piso y un balcón, y en la noche yo veía cómo intercambiaban los bienes carnales. O sea, podía ver cómo se hacían los tratos, de cuánto cobrar por la noche y a dónde ir. Al vivenciar esto, consideré que era muy importante dejar un registro del lugar donde estaba instalada. Hacer esta constatación en el territorio desde la poesía, ya que la considero la forma más humana para tratar un tema como éste. Entonces, mi labor poética, me instó a investigar a través de la palabra y a través de las conversaciones con ellas y con ellos, con esa gente que entraba y salía: el mundo de la prostitución del Barrio Rojo.

Posteriormente, luchamos mucho y nunca logramos que se regulara. Pasaron muchos gobiernos, muchos alcaldes a quienes les pedimos que cuidaran esto como un patrimonio de la ciudad con la finalidad de que las mujeres no fueran golpeadas, ni fueran asesinadas. Pero nunca se logró, porque a nadie parecía importarle. Ahora, el resultado es la pérdida de identidad del puerto y el que este mundo se escapara a las calles, perdido en una miseria tremenda. Tampoco hay una regulación para esto. Entonces, sólo queda esa mirada en algún libro del 95’, ese registro humano-poético del puerto.

UPP: En torno a la memoria ¿desde cuándo se sintió atraída hacia la escritura, en comenzar a registrar la vida de Talcahuano, lo que ocurre a su gente en el mar, en el barrio rojo? ¿En qué momento comenzó a sentirse atraída hacia la poesía, a escribir todo lo que veía, todo lo que pasaba?

“tendemos a las palabras
como leño al fuego
Y es ahí que ardiendo
vislumbramos el poema”
El juego del condenado

Mira, yo creo que fue cuando llegué a Talcahuano. Para mí fue la explosión de un mundo abrumador por el movimiento, porque a mí me habían criado mis abuelos en Hualqui.

Hualqui es un lugar muy apacible y en ese entonces era muy poco poblado; había calles de tierra, un tren que solo llegaba en la mañana y en la tarde, por lo tanto, no había locomoción, nada. El camino no estaba pavimentado, pero el lugar era de gente que se jubilada, que se compraba su parcela y vivía ahí, cómo era el caso de mis abuelos. Y de pronto, yo llego a vivir a la ciudad con mi padre. Arribo a este Talcahuano que yo no conocía de nada.

Tramo de la línea férrea que conecta a Hualqui con Talcahuano (juanelo242a, cc by-sa 2.0)

El viaje era un tren que llegaba al mismo puerto. Habían unas mujeres con unas canastas con pancora, con jaibas, con todo esto que movía sus patas, que para una niña de 11 ó 12 años (que era yo en ese entonces) era todo un espectáculo monstruoso, como también este mar que estaba ahí a pasos, que uno podía tocarlo. Yo todo esto no lo conocía. Entonces para mí fue un mundo que se despertó, y despertó todo mi imaginario poético; las palabras y todo este edén, por decirlo así, mágico. Desde cualquier punto de vista: desde subir a un cerro, de mirarlo todo desde las perspectivas diversas que tiene un territorio como Talcahuano; donde te encuentras con unos bosques tremendos; dónde de pronto tropiezas con un cementerio simbólico, que a esa edad para mí era algo inexplicable que el cementerio tuviera unas tumbas pequeñas sin nada adentro, y el hecho ritual de que mirará al mar. Además, estaba en estas calles que no terminaba nunca, que serpenteaban. Por otro lado, estaban estas historias ocultas que después fui desentrañando.

Todo esto yo creo que puso en mí la palabra, o sea la necesidad de nombrar cada cosa que se abría ante mí como un sueño, como un sueño maravilloso que es como una caja de juegos para una niña, como si me hubieran regalado la casa de juegos que yo nunca tuve. Desde el polvo, lo terroso, el andar pausado de los bueyes, las carretas, esos atardeceres casi programados por la naturaleza que caen lento. A este bullicio terrible de la lluvia que levantaba los techos y yo veía los zincs como volaban desde Aníbal Pinto hasta los cerros. Era maravilloso. Yo creo que desde ahí se despertó este enfrentamiento de dos territorios absolutamente opuestos para una niña y, bueno que todavía lo son también, desde la placidez hacia este cataclismo, este movimiento constante. Yo creo que también movió las palabras dentro de mí. Sí, se empezaron a alborotar y quisieron salir.

***

EL LENGUAJE DE LAS OLAS

Virginia sabe que no tiene más días
solo los intervalos de luces y de sombras
(un trayecto donde el agua marca su territorio)
Lo demás solo intentos de crecer desde la herida
tu cabeza es maraa inútil un obstáculo
telaraa indescifrable arrancada de la página
emigrar siempre y volver arrodillada
por el gesto primero
y la palabra no escrita

En esos silencios del Cuarto Propio
que pudo ser un sótano o tu lápida
te viajaron estrellas sobre el cuerpo y su finura
como te ataron las piedras al fondo del alivio

No fue locura-te lo digo de veras- si no la estepa de un gesto
un temblor entre sosiego e inmanencia
una historia que escribió tu juego desolado
donde el miedo seduce y luego te devora.

No hay atajo salvo un golpe de misterio
la música de los grillos el herraje del cuarto
la fragmentada caricia
el riesgo permanente de amar lo que se toca

La historia te mordió con su sino
tu pupila fue crisálida en brazos del derrumbe
el surco umbrío del llanto y su ceniza

Caerá
la luna
golpeando
los peldaos
Tus huellas retornarán al agua y a la arcilla
síntesis del naufragio bajo el cielo y su neblina
inflámate fémina sobre el áspero sosiego
Solo tuyas son las voces.

A: Las lecturas vinieron tempranamente, pero esas lecturas ahora, mirándolo en retrospectiva después de tantos años, creo que no influyeron tanto en lo que yo estaba escribiendo. Quizás sí en cómo lo tendría que escribir. Los tonos, las formas. Lo que sí influyó fue la vida. Creo que la vida buscó los autores, la vida buscó a las compañeras de ruta. En mi último libro está eso, hay un tributo a todas las compañeras. Yo creo que en la medida en que uno va viviendo, va teniendo una experiencia basta como mujer, como madre, como esposa, como mujer divorciada, como amores que pasan o que permanecen en este tránsito constante que es la vida de las mujeres. Yo creo que eso es lo que va marcando mi poesía, los compañeros. A través de esa ruta.

Es lógico. A los 15 años no buscaba los compañeros o compañeras de ruta que buscaba a los 30. Los compañeros de ruta literarios pasaban de Pessoa a Cavafis; de Anne Sexton que, por supuesto se me quedó, como la Virginia, como la Margarita. Yo las llamo así, porque son como amigas, las tengo a todas, las invoco y les pido por mí, por todas mis compañeras como en un juego infantil, les pido por todas las que escribimos. Creo que las biografías se van volviendo una, en la medida en que uno tiene una biografía que a ratos se pone muy terrible, muy trágica, muy de pérdida; o sea uno va perdiendo al padre, a la madre, a los amigos.

Yo soy fruto de una dictadura también. Tenía 13 años para esa época y viví toda mi juventud en la dictadura. Crié a mis hijos así. Entonces en ese silencio uno busca amigos, voces que se acerquen. Eran esas voces las que poblaban mi silencio, el silencio de Chile. Y ahí aparecía Elvira Hernández, escondidita de repente. Aparecía Teresa Calderón. Aparecía Maha Vial en unos encuentros casi clandestinos que había en ese entonces. Y empecé a buscar compañeras de ruta que fueran muy de acá, que estuvieran viviendo lo mío, que pasaran esas noches. Muchas veces lo conversé con Maha, qué vivíamos las mismas noches, que teníamos amigos que estaban detenidos y que ya no estaban, amigos que habíamos visto en algún lugar y que había sido la última vez; éramos compañeras de ruta en ese sentido.

Paseo Peatonal Alonso de Ercilla, en Concepcíon, a mediados de los ochenta. Subida por Francisco Darmendrail a Twitter.

Luego empezaron las otras compañeras de la ruta existencial que te digo. Entre ellas destaco a Virginia Woolf y a Margarite Durás, las cuales se han convertido desde la novelística en mis compañeras de siempre. Después también Clarice Lispector. Se ha sumado a este viaje Emily Dickinson desde la poesía por su puesto, y Anne Sexton, al encuentro de un realismo estremecedor que abrió puertas también para nosotros en esa época de los 50’s, 60’s. Hasta su suicidio nos mostró que sí se podía hablar de menstruación, que si se podía hablar de desencanto, que sí se podía hablar de pastillas para dormir, que sí se podía hablar de un cuerpo que no siente, y que eso no necesitaba estar poblado de tanta poesía, de tanta metáfora. Se podía hablar así, se podía entrar en el cuerpo de pronto, de improviso, indagar en ese cuerpo desde el ser mujer nomás. Ese cuerpo necesitaba otro tipo de poesía que era la poesía del desencanto, la poesía del desamor, la poesía de la piel, la poesía de la sexualidad por supuesto. Fue una maestra que a una le queda, que una busca desde siempre.

UPP: ¿Influyeron aquellas décadas en el ánimo de crear poesía disruptiva, producir poesía que diera voz a la mujer, que diera voz contra el silencio de Chile?

Creo que, así muy bien como lo menciona Thomas Harris quien hizo una antología de los NN, creo que nosotros somos la generación NN. La generación de los sin nombre. Y por eso estamos como dispersos, y ahora nos vamos juntando, nos vamos identificando. Las voces van dialogando sin conocernos, en distintos litorales y de distintos territorios, porque era la poesía del silencio. Creo que había una poesía muy genuina ahí, porque no estaba el ego primando en que “voy a hacer algo que actúe como un golpe a la cátedra”, “como un golpe a los demás”. No había esa competencia, solamente estaba el desgano, la tristeza profunda de este Chile sumido en una oscuridad.

“A veces nos tocábamos con delicadeza
algo parecido a un silencio más profundo
el espacio entre un respiro y otro
Tocábamos los cuerpos tal si fuesen una frase recién escrita
como si estuviéramos conducidos por una idea
El deseo era tibio y el amor no alcanzaba para encenderlo”
La barca de los conjuros

Esto uno lo puede leer en montones de ensayos, pero nada es como vivir lo que nosotros vivimos en ese silencio y en ese miedo constante de que te van a llegar a buscar a ti, a tu amigo. De que uno entraba el liceo y estaba un profesor y al otro día los sacaban con bayonetas y no aparecía nunca más, sabiendo que lo iban a matar. Todo esto en un Talcahuano que siempre está en una neblina. Entonces, creo que esta es una forma de ver al mundo que siempre se te queda. Son 12 años, toda tu adolescencia. Es una forma de estar.

Soy una persona muy solitaria y creo que se gestó desde ahí, y no tan sólo yo. Creo que muchas mujeres también partimos de ahí. Creo que las mujeres sacamos mucha más vos, porque nuestras parejas eran después detenidas. A mí me tocó el caso que mi esposo fue un detenido político, de pronto lo soltaban, luego lo volvían a tomar y quedaba yo al mando de esta casa. Entre estudiar, criar niños y la incertidumbre de pensar que ya estaba muerto, que nadie decía nada, viví en carne propia ese miedo constante de que de pronto te vinieron a buscar, y el miedo de lo que iba a pasar con los niños.

Creo que la poesía se instaló como una cabecera de mesa, como una invitada, muchas veces no deseada. Pero era la única forma de poner voz a este silencio terrible. Porque no era tan sólo un silencio, era un silencio de muerte, un silencio con amenaza, que no tan sólo silenció a la palabra, porque eso estéticamente puede sonar muy bonito en un poema “el silencio de las palabras”, sino que era el silencio de la vida. Era la bala que te iba a romper el pecho, que te iban a matar, un silencio de la sangre, el miedo constante. Y yo creo que quedamos marcada toda la generación por este miedo que nos hizo recurrir a las pastillas y al alcohol;  y esa una generación muy bien nombrada como los NN. Somos una generación perdida que nos vamos rescatando unos a otros a través del diálogo y a través de las palabras, pero quedamos marcados y sesgados por eso.

UPP: ¿Cuáles son sus otros compañeros en la literatura, aparte de los ya mencionados?

Muchos. Con Rosa Betty Muñoz nos fuimos encontrando a través de unos encuentros que hacíamos con mucho miedo, al que le poníamos muchos epítetos para que no se notara que era esta necesidad de encontrarnos entre las mujeres y los hombres también. 

Creo que si algo nos dejó lo terrible que fue la dictadura fue algo que hoy en día no veo en las nuevas generaciones de escritores y escritoras. Ahora veo que este libre mercado, esta necesidad de competencia de saber, de quién brilla más, de quién puede vender más o quién gana más premios, no la teníamos nosotros. Antes era un sentarse a conversar desde nuestras diversas latitudes y desde nuestros distintos registros humanos. Por eso podemos conservar una amistad tan hermosa; y si alguna de nosotras saca un premio ya sea bueno, no tan bueno, insignificante, nos felicitamos a nosotras mismas. Nosotras hicimos una red emocional indestructible, que hoy en día con todo el mercantilismo y el mundo de competencia en todo tipo de oficios, se han perdido las amistades, ahora son más de tránsito también. O sea me sirves en este momento, pero no sabemos si de aquí a 10 años. En cambio nosotras nos seguimos encontrando, más viejas, más vividas con más experiencia, con más pérdida. Maha Vial, acaba de perder a su esposo, gran escritor. Y claro, nosotras estábamos junto a ella en la palabra y también en el corazón. Son esas amistades que hoy en día cuando se dan uno se asombra. Es raro tener un amigo de más de 5 años, es muy difícil, ya que ahora todo es muy transitorio. 

Este mundo de mercado también se nos ha metido en la casa, se nos ha metido en las palabras y en el corazón. Está la búsqueda desesperada por lo nuevo, por las nuevas estructuras, las nuevas formas de decir, la nuevas formas de amar y creo que cuando te internas en la literatura, estaba todo dicho hace mucho tiempo. Entonces la forma es una forma más humana de abordar la literatura, no como un campo de batalla, no como trofeos de guerra. La literatura no está para eso, el arte tampoco. La literatura está para dar cuenta de una época, de un registro histórico, humano y social, no para la competencia.

¿Qué es entonces la literatura, la poesía?

Yo creo que la poesía es la vida, es una forma de vivir. Creo que la poesía se instala en uno y no te abandona nunca más. Yo creo que siempre he mantenido durante este tiempo de horror y de oscuridad y de muerte en nuestro país, que la poesía nos salva. La palabra siempre vino a salvarme, no una palabra cualquiera, sino esta palabra poética, buscando a gente como Miguel Hernández que sí habían estado encarcelado, pero no sé por qué no lo salvaron (eso ya daría para otra conversación). Pero esta gente que pasó eso quería encontrar estas voces que fueron similares en experiencia. Desde ese punto de vista, la poesía es para mí mi vida, es lo que me acompaña, algo que se instala en nosotros y no son palabras, no es una estructura, que no es algo muerto, no es algo que puedas poner y desarticular y articular nuevamente. Creo que es una ruta, un camino, una visión de mundo, de ti mismo, del yo.  Es un camino desde la psicología, desde el adentrarse en ti mismo, del humanismo, de lo filosófico, es todo eso. No es lo que te define, es lo que te hace ser. 

***

A: Tengo muchas anécdotas, pero no sé si Damsi (Figueroa) se va a enojar. Nosotras nos decimos entre nosotras hermana sol y hermana luna, nos tratamos de hermanas. Ella me dice que es la hermana sol porque tiene una postura más optimista. A mí, en cambio, me dice la hermana luna, porque yo soy más pesimista. Ella siempre tiene que estar llamándome al menos 2 veces a la semana para darme esa radiación de optimismo y de brillo. Soy una persona muy encerrada, salgo en contadas ocasiones de mi casa, entonces ella siempre va y se acerca. 

La conozco a ella desde muy pequeña. Trabajé en una escuelita ahí en Hualpén cuando era Hualpencillo (cambio de nuevo de nombre). Cuando nos partieron el cordón umbilical que nos unía. Bueno, la mamá de ella habló conmigo porque tenía una hija que no sabía si era loca o era poeta. Entonces me dice: “por favor léele tú los poemas”, porque en ese entonces había un premio que me había llegado a la escuelita. Entonces llega Damsi que era como un elfo: bella, espigada.  Llega con unas carpetas y me dice: “¿tú quieres escuchar mi poesía?” y yo: “claro tu mamá me dice que tú escribes”. Entonces con su mano bota el libro de clases de mi pupitre, se sube al pupitre, saca de la carpeta unas hojas y las tira al viento y yo me quedo mirándola. Era una puesta en escena absoluta, una performance tremenda y se pone a leer lo que en ese tiempo había escrito: Autorreconocimiento, que ha sido uno de los poemas más codiciados de ella en cuanta antologías, ¿te puedas imaginar? y ella ya lo tenía escrito, o sea un talento enorme. 

Edificios en Hualpén (lamalatesta, cc by-nc 2.0)

Yo empecé a ser la guardiana oficial de esta maravillosa poeta. Era la guardiana de todos sus intentos suicidas, la guardiana de sus depresiones e indagaciones. Era una chica totalmente brillante no tan sólo desde la poesía, porque como te decía antes, la poesía te hace ser completa, entonces ella era completamente poética. Si alguien me dijera que la definiera, yo diría un “todo poético”.

UPPNos decía también que conoció a Tagoré Biram…

Lo conocí en Tomé, era un hombre maravilloso por la forma de hablar. Tenía una voz muy pausada, era un silencio que te invitaba a hablar. Era de esas raras personas que saben escuchar, él no tenía ninguna prisa por decir yo soy o yo hago esto, no como ahora que la gente tiende a mostrar sus poemas como una carta de presentación. No, él hablaba con su poesía y su silencio también era una forma poética de estar en el mundo. Lo vi como un hombre muy desprotegido y cercano a la miseria. Era muy cercano Alfonso Alcalde (yo hacía relaciones ahí), un hombre desarraigado, lejos de su tierra y de su gente. Sin embargo, en un país que estaba en silencio y miedo. Pero él se instaló acá y era acogido, porque era él quien nos acogía, nos escuchaba y tenía una palabra que era creíble absolutamente. Porque hay una palabra experimental, hay una palabra que está macerada en verdad, como la de él. Entonces todos los escuchábamos, era lo más parecido a un gurú, una persona que te guía, que te escucha, un ser totalmente espiritual, de silencios y de reposo.

UPP: ¿Alguna remembranza de Egor Mardones, de Juan Zapata, de Noelia Figueroa? 

A Juan Zapata lo conocí en la misma escuelita que te mencioné, al igual que la mamá de Damsi y que luego fuimos muy buenas amigas. Lo conocí porque él era primo hermano de una colega mía, entonces me dice: “tengo un primo que quiere juntarse con poetas de acá, que vivió en Estados Unidos y viene recién llegando”. Entonces conocí a un joven Juan Zapata muy doctoral, con una mirada de Chile casi peyorativa queriendo ver en qué estaba este país que él había dejado y que al parecer había vuelto con muy pocas ganas. Él venía muy norteamericano con una forma muy fría de ver el mundo en comparación con esta cosa provinciana, me pareció un hombre cosmopolita que sabía mucho, que hablaba mucho desde el saber intelectual. No me pareció una persona muy cálida desde esa pose chilenita que tenemos nosotros, pero sí una persona muy crítica. Luego con el tiempo volvimos a encontrarnos, él se reafirmaba en lo crítico y doctoral que era él, pero también me di cuenta de que era una persona muy solitaria, que nunca se dio mucho en Chile. Quizás él y su poesía no eran para estar acá en la provincia, quizás sí en Santiago. Nunca lo sentí a gusto. Siempre me pareció más desarraigado, más que nosotros que estábamos en un desarraigo interior existencial. Él me pareció que estaba en un desarraigo mental, de no pertenencia, esa es la idea que tengo de él. 

Egor, claro era un amigo de generación, de años de vivencias. Nos juntábamos, aunque no diría que constantemente porque el tiempo no lo permitía, pero sí en las jornadas culturales. Luego él estuvo enfermo al mismo tiempo que yo estaba enferma. O sea, a partir de nuestras dolencias surgió algo que ya nos hermanaba por la historia, ahora nos hermanó por dolor, y lo vivimos durante todo este tiempo. Para mí él es un ser excepcional, me dio unas ganas de vivir y espero yo haber aportado en sus ganas también. ■ UPP

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