"La orilla del fuego" Daniela Ulloa (CC BY 4.0)
Noviembre 26, 2019

TRES ESCENAS SOBRE EL FUEGO

blank, y Editoriales, UPP
3 minutos

Camino. Sólo el peso del cuerpo escapa del completo anonimato. La sangre que me hierve se evapora en ruido desde mi boca y se entrega al grito mayor que se hace palabra en el aire. Camino. Todas las voces, la voz. Y me entrego por completo a la inercia de esta poesía de la guerra y dejo de ser para hacerme parte. YO. Reclamo la letra que adhiere, deshecho la que separa. Entonces me hago madre y anciana y amiga y capucha y…

Las calles arden.

Palabras refugiándose en los muros. Palabra anónima. Palabra verdad. Palabra rabia. Palabra Sangre.

Corremos atada a la mano sin nombre, una que nos alarga la boca y los ojos. Los ídolos de cemento caen, el cielo se parte lloviendo, las miradas se vuelven al piso. Pero la palabra sigue anclada, erguida en su vida propia. Incluso la parte más ácida de la noche no logra derrocar la ciudad que habla. Ciudad grito.

Por qué nos roban, canallas, los ojos, si la médula es la que arde. El ejército de fuegos. Fuegos sembrados. Fuegos escombros. La belleza de los escombros: estamos, nacidos de la ruina. El verbo destructor trae la potencia creadora en sus pechos. Y hasta la última partícula de polen vuela flameando la danza laureada. La belleza de los escombros. El anonimato. La vida.

La Concepción del Bío-Bío

***

Camino. No me veo las manos entre el sopeso del agua. Camino. Escucho el murmullo ¿lo escuchas? ¿lo escuchas? Dónde va. Camino. 

Me deshago pronto en el asfalto, se derritenme los labios mientras. Camino. 

Voy pisando cuerpos sobre cuerpos sobre cuerpos estupefactos ante la inmensa, pero inmensa llamarada. Y. Oh, Camino. 

No soy, no me encuentro en el innombre lugar. Habito desconcertada, sorda en el no-lugar. Las ruinas vienen escondidas en las pieles, pues la sangre se evapora y todas, todas las voces, esa voz. Camino. 

Estoy aquí, portando a la madre, la anciana, la amiga. Mi rostro se oculta tras las sábanas que posibilitan. Camino

Sentía y-o cierta fascinación inexplicada ante las prohibiciones. Camino. 

Las palabras son fuego consumiendo las murallas del restrojo que es la calle. Los cuerpos del no-lugar más habitado que ha visto el siglo de las voces. 

Mis piernas se estiran, se entrelazan y se atan a las tuyas. Caminamos. Comienza la corrienda de las letras que

  c

                         a

                                                 e

                                                                        n 

                                                       y  se levantan

                                                                              que  c a e n                                  y se levantan. 

Afafanes resuenan en Wallmapu, la brisa viaja refundando la warria, aplacando el recuerdo intacto del colono sin rostro, sin nombre, sin asco; escupido en los ojos arrancados con esa voz chiquita que ya nadie escucha. La mano sin nombre ata la cuerda, la somete al estruendo de un millón de habitandos que caminan. 

Yayayayaaaa. Jala la cuerda. 

Yayayayaaaa. Las calles que arden. 

Yayayayaaaa. La tierra que piso. 

Yayayayayaa iijuu

Temuko warria mew / Gulumapu-Wallmapu

***

Corro y caigo de cara contra el asfalto, mi cuerpo agujereado vibra. Me inundan raudales de agua embotellada y siento la canción de infancia cobrar vida: somos voces y brazos que aprietan el presente, jugando a la cuerda floja, peleando contra la muerte cotidiana que nos acecha detrás de las murallas, riéndose a carcajadas cuando compartimos el pan.

La distancia entre nuestros cuerpos es como el cauce de un río, te veo a través de un caleidoscopio; arrullado de espalda y con los ojos inmensamente tristes. Entonces me urge la caricia, quiero que mis manos te devuelvan el calor.

Camino por el puente que une nuestras ciudades, recojo en mis faldas la plegaria del amanecer, un nuevo día con la cara del niño ciervo, una cuna almidonada que se eleva hacia los cielos y se pierde de vista. Cada paso arrastra consigo el sentir que guardamos en el fondo de nuestros estómagos.

Caigo de cara contra el asfalto y siento cosquillas en mi boca cuando el movimiento del territorio se traslada hacia la palabra que nos une. 

Santiago.

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