Mauricio Avello (CC BY)
Mayo 24, 2019

La inamovilidad de las piezas

Cuentos y relatos, No. 5
6 minutos

“…por las ventanas de esta casa entra el tiempo,
…por las puertas sale el espacio;
…al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta
…y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”

Juan Luis Martínez

sueño

En la siguiente escena, el espacio ha sido tomado violentamente por una casa. La casa extendida ante los cuerpos de los personajes, que hacen uso de ella, como último espacio de sus existencias. Los personajes; una familia, pero ¿qué familia? Una familia que crece se alarga, se trunca, tropieza y de boca desaparece, para volver a aparecer. Esos son los personajes; la familia inestable, como sueños, como los años de una larga vida, que ronda las cifras de la soledad, vistos desde lejos donde ya son un corto gusano.

¿Pero por qué desaparece la familia? Por el movimiento de un florero, por rebanar y no untar la mantequilla. Porque Nora salió de tarde y mañana dormirá hasta las catorce, y apestará la habitación a vino. Porque el gato rasgó las cortinas del living, tratando de dar caza a una gorda mosca que zumbaba su escape. Porque la abuela olvida tomarse las pastillas, quizás no lo olvida, quizás es lo único que no olvida, y cuando no se las toma le da por regar las plantas ornamentales de Roxana a las tres de la mañana.

Un día de esos llenos de confortable rutina, en donde la familia tomaba once cerca de la salamandra, que -encargada de calentar el cuarto y tostar el pan- sonaba como jugueteo de latas, se vio alterada la tarde. Mientras Roxana endulzaba una cucharada más su té, la abuela Marta sintió la necesidad de tomar el oscuro tótem con forma de cóndor que Nora trajo desde Bolivia, sujetándolo con su brazo izquierdo. Con su mano derecha tomó la foto del abuelo Héctor. Acto seguido, el enroque de piezas. En sus respectivos nuevos lugares, la foto y el tótem, fulminaron la paz.

La casa comenzó a ser atacada, las puertas se cerraron, las ventanas se trancaron. Las luces no había que apagarlas, era necesario ver, mas estaban apagadas. Romina consiguió la linterna. Kuro, el gato negro de la familia, fue el primero en desaparecer. Ya antes habían desaparecido tres: el primero, el más doloroso; el segundo, un parpadeo de melancolía; Crisi, el tercero, dolió un poco más. Kuro o Curiche, el gato negro de la familia, desapareció. Se esfumó de los brazos de Emilia cuando la situación era la peor.

– Ya sabes cómo es esto, Emi, el gato aparecerá algún día- dijo la abuela, mientras con su mano acariciaba la larga cabellera de la niña.

De pronto un grito cortado, como suspiro, y la luz de la linterna se dirige a la esquina. Nora frente al espejo tocando su blanco estómago:
– Me desvanezco.
– Anda y tráele una frazada, Manuel. Tiene que recuperar calor -dijo Roxana. Yo entendí color.

La problemática era la siguiente:
I) Debía encontrar una frazada
II) El armario de la ropa de cama se encontraba en el segundo piso
III) Las acciones que llevaría a cabo terminaban definiendo la materia de la casa, de la familia.

Subí, y al llegar al armario una línea de maullidos llamó mi atención. “Apareció el Curiche”, pensé. Abrí la puerta y di cuenta que entre las toallas de baño estaba el gato. No era Kuro: era el segundo, no recuerdo su nombre. Con el gato tomado y con un par de frazadas en el brazo me dispuse a volver al primer piso, cuando de seco me llega el quiebre. Tomando mis piernas por suyas, era el miedo entrando por las ventanas como gas asfixiante. Era yo parado, con el gato y las frazadas. Era la escalera que me trajo acá convertida, ahora, en dos. Eran dos opciones y una elección. Ahí supe que nada estaría bien.

amanecer

Cuando Emilia se levantaba a las siete, ponía su celular sobre el inodoro haciendo que la loza empujara y diera vuelo a los sonidos de la música que escuchaba por toda la casa. El sonido se agolpaba, en especial, en las paredes de mi cuarto, que se encontraba justo al lado del baño. En la ducha cantaba, y no mal. Su voz delicada era el último vestigio de la inocente niña que algún día fue. Luego era el secador, el hervidor, la televisión, el matinal, etc. Lo último era el portón de fierro anunciando que Emilia partía ya camino al liceo.

No sabía qué escalera tomar. Ya no las había tomado. Ya había despertado, sin tomar decisión, quizás qué le pasó a esa gente. Emilia se va a reír cuando le cuente que encontré a Segundo.

Me levanté, era una mañana perfecta para usar pantuflas y tostar pan añejo. Era mañana de sillón y computador. En realidad, era una mañana como cualquier otra, nada especial. A las nueve la Roxy comenzó a hacer presencia en su cuarto, que no era más que prender la televisión, bostezar, abrir cajoneras trancadas, hacer sonar pequeñas botellas de vidrio, bostezar más, reír de vez en cuando (o quizás era la tele). De paso al baño Roxana alimentó al gato, a mí se me había olvidado. Eso a ella le molestaba y me lo encararía. Roxana era mi madre, pero ya no le llamábamos así. Por común acuerdo entre Emi, Nora y yo, llegamos a la conclusión de que nombrarla así le daba un carácter más jovial. A Roxy no le dijimos. Al principio costó, no pronosticamos el trauma de que de un día para otro los “mami-mamá” se desvanecieran. Pero según Emi, sirvió demasiado. Tres meses después de la decisión apareció Juan, con sus extensas entradas, su panza de cerveza, su barbilla plomiza y su camioneta azul oscuro. Juan era el nuevo novio de Roxana. Ella lo conoció en una de sus reuniones con el grupo de amigas del colegio, que gracias a los favores de las tecnologías se juntaban todos los viernes en un restorán del centro de la ciudad. Uno de esos viernes el restorán cerró a causa de una rata muerta dentro de la freidora. El grupo decantó por un cercano pub, en donde todos los viernes, y a veces los jueves, el grupo de amigos de Juan se juntaban a confirmar amistades a través de la cerveza. El último paso para generar esa pareja fue que Juan, por esos días, había comenzado un tratamiento por el cual no podía beber. Solo tomó una cerveza, no salió de sus cabales, y así conoció a Roxana.
– ¿Por qué tengo que hacer todo yo? (…) trabajo todo el día y tú no te puedes preocupar de un simple gato maullando como loco.
La Roxy se paró frente a mí con su traje de dos piezas de color institucional.
– Buta no me di cuenta, perdón.
– Tú trajiste al gato, tú te preocupas de él- siempre tenía frases muy rítmicas, creo que entendía que el ritmo hipnotizaba, dejando incrustado el mensaje en la cabeza.
– Sí, Roxy.

El gato fue un regalo para la Emi, y llegó para suplantar a la Nora, que se había ido de la casa. Ella vivía ahora con una de sus amigas. De vez en cuando venía a vernos, traía completos o pizza. Generalmente venía cuando la Roxy no estaba. Cuando sí estaba, Nora y Roxy intercambiaban preguntas base; ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo está tal o cual? ¿tienes novio?… luego la Roxy dejaba la habitación para irse a recostar.

– En el refrigerador hay carne de ayer. Haz unos tallarines para que coman.
– Bueno.
– ¿Vas a salir hoy?
– En la tarde tengo junta por la tesis.
– ¿Cuánto falta?
– Como un mes.
– Hace dos meses era como un mes.
Al parecer todos se impacientaban con mi tesis. Una larga lista de tíos, tías y conocidos estaban ansiosos de que por fin entrara en los engranajes interminables de la maquinaria del mundo laboral. La madurez se construye así, no hay argumento en contra, no hay pausas, ni descansos, solamente engranajes incansables.

– Ah, otra cosa. Tu hermana no vuelve a entrar a esta casa. Por lo menos no hasta que cambie su forma de comportarse. Lidia me ha contado cosas, su hija ha compartido con el grupo de Nora y se ha enterado de…
– ¡Mamá, es tu hija, qué mierda!
– Es mi hija, pero tengo otra hija y tu hermana es una mala influencia para ella.
– Y quién fue la mala influencia de la Nora, vieja culiá.

Mala decisión. Mala… horrible. El tiempo se cortó. El tótem negro cambió lugar con la foto del abuelo. Las escaleras se multiplicaron como con ayuda de espejos, Kuro se deshizo hasta el último de sus pelos negros, la abuela permanecía en pie mirando por la ventana, observando como el ruido se abría paso hasta nosotros. Nora se cubría el blanco cuerpo, casi transparente y aguantaba el frío. Papá sentado en su silla observaba el televisor, ya casi invisible. La casa era una trinchera helada, y lo seguiría siendo hasta cuando el último de nosotros estuviera en pie.

– Alimenta al gato- dijo la Roxy, para luego desaparecer tras la puerta de la calle.

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