crisneda (CC BY 4.0)
Mayo 2, 2018

Falso documental

blank Cuentos y relatos, No. 5
6 minutos

El ángel le dijo a C.P.V. que despertara, y C.P.V. despertó. El ángel le ordenó a C.P.V. que se levantara y C.P.V. obedeció. El ángel guió luego a C.P.V. a través de los pasillos de catacumba invertida del hospital, y C.P.V. siguió al ángel hasta que ambos se encontraron en la calle. En la calle C.P.V. se dio cuenta que era el último hombre en la tierra. No tenía cómo saberlo, pero lo supo, porque el ángel le dijo que así era. Estaba descalzo y solo vestía la bata hospitalaria, el pavimento estaba frío y los dedos de los pies se le arqueaban de forma refleja. El encogimiento de los miembros es una estrategia fisiológica para asegurar la eficiente irrigación sanguínea y la difusión correcta del calor corporal. También se le encogió el estómago, aunque este reflejo no se debía a asuntos de irrigación ni al frío, sino al efecto de señales nerviosas relacionadas con la reacción de lucha o huída. Pero no había nada de qué huir, porque C.P.V. era el último hombre en la tierra. No habían cadáveres, no habían incendios, no habían rastros de ningún cataclismo. No había nada de qué huir, así que C.P.V. emprendió la marcha en línea recta, en dirección contraria al hospital, precisamente porque el hospital era lo más cercano a un perseguidor. Cojeaba y tenía deseos de vomitar.

En un principio pensó en dejar mensajes, pero pronto entendió que no tendrían ningún objeto. Nadie iba a leerlos, eran solo él y el ángel. Pensó en escribir para tener compañía, para reflejarse en la superficie opaca de los muros a través de la proliferación de sujetos verbales. No lo pensó así, pero eso es lo que en realidad pensaba, o lo que habría pensado si hubiese llevado su idea hasta su extremo natural. El ángel sabía que era así, porque los ángeles solo ven los extremos naturales de las cosas. Aun el pensar en dejar mensajes denotaba una fe en la comunicación, observó el ángel, incluso cuando la única respuesta posible a sus mensajes fuese el progresivo emborronamiento de sus rayados. Pero una reacción no es una respuesta, así como el encogimiento involuntario de un órgano por el frío no alcanza a ser comunicación. No dejan de ser pistas, pero no había nadie para leerlas. No había nadie a quien pedir ayuda ni nadie de quien ser rescatado. Pero C.P.V. pensó, en un principio, en dejar mensajes. En escribir para compensar por un miembro fantasma, miembro fantasma que era, en este caso, la silueta recortada del resto de los humanos. No lo pensó así, pero el ángel lo sabía. Los ángeles solo ven fantasmas y escombros.

En un principio pensaba en eso, en escribir. Pensaba en escribir mensajes y caminaba. Cuando abandonó la idea de escribir se dedicó solo a caminar, lo que no quiere decir que perfeccionase el arte de caminar. Caminaba en línea recta, que es como decir que caminaba en una sucesión de puntos, lo cual sería más exacto, considerando la manera en que C.P.V. rengueaba. Los edificios abandonados ahora eran grutas de dioses domésticos; pronto no habría ninguna distinción práctica entre fotografías familiares y estampas religiosas, porque no habría nadie para hacerla. Cada hogar estaba lleno de ídolos, que es lo mismo que decir lleno de fantasmas, pero acá afuera -distinción arbitraria ahora que no había nadie- acá afuera solo eran el hombre y el ángel. C.P.V. seguía caminando sin hacer ademán de violar la intimidad de los edificios vacíos, y el ángel observó que era nuevamente un efecto del miembro fantasma, órgano que no hacía más que crecer. C.P.V. cojeaba por el peso del miembro fantasma, dedujo el ángel, que podía ver el crecimiento tumefacto del miembro.

Para aligerar la carga de la extremidad C.P.V. ideó juegos, guiñoles de los cuales se hacía partícipe también el ángel. Los ángeles solo ven fantasmas y escombros, y la ficción es más o menos una mezcla de ambos. Fingió C.P.V. en un momento ser un boxeador que daba una última vuelta triunfal, encaramado en los hombros de la ciudad. Pensó en que esta era su conquista, después de toda una vida de sparring, después de pelear toda la vida con su sombra. Levantó los brazos e imaginó que la multitud eufórica lo celebraba. Sintió otra vez que el estómago se le encogía, pero esta vez no era el miedo, era el peso del cinturón que se ceñía en torno suyo. Soy el campeón del hambre, pensó, y se largó a reír, y rió tanto que la risa se convirtió en tos, y la tos se disolvió en sangre, sangre que se atropellaba en el esófago del campeón. C.P.V. levantó los brazos en una parodia de gesto triunfal, escupiendo sangre. El ángel le daba palmadas en la espalda. Recuerda el entrenamiento, le decía, ¿quieres una toalla mojada?, le decía. Sintió entonces una presión húmeda y fría en las sienes, que no era una toalla, sino la corona de musgo que se le otorgaba por haber ganado los muros de la ciudad. Ahora era un general victorioso. La sangre que le corría por la barbilla era sangre enemiga. Saludaba a un lado y otro de la calle, mareado seguramente por el alboroto de la fama, mientras el ángel se inclinaba y le susurraba al oído un memento mori. C.P.V. no sabía lo que era memento mori, pero pensó que era un medicamento, que el ángel vulneraba la ficción del juego y que bien podría haber dicho aspirina, o paracetamol, o ibuprofeno, al menos como una concesión al realismo. El ángel no quiso complicar más las cosas, así que ambos siguieron caminando en silencio.

Cuando no pudo seguir caminando en línea recta, C.P.V. continuó en perpendicular, siguiendo la línea del tren. No habían trenes porque no había nadie para pilotarlos, solo había una línea férrea, en un tiempo quizá ni eso habría. Caminó por sobre los rieles, intentando sobreponerse al cojeo mediante la extrema concentración en el acto de caminar. Los dedos de los pies se le arqueaban, afirmándose en el contorno de hierro de la vía, separando ligeramente a las plantas llagadas de la superficie de metal. Estaba cansado, sintió que había caminado por años y que ya no tenía fuerzas para andar. Tenía hambre. Le temblaba el estómago. El hambre es como un continente invisible y más grande que el cuerpo; cuando el hambre toca al cuerpo el estómago se pone a temblar. Estaba hambriento y cansado, y necesitaba un lugar donde pasar la noche, así que escogió la antigua fábrica de paños. Era el miembro fantasma, observó el ángel, el que lo hacía escoger esta ruina en particular por sobre las demás, ahora que todo el mundo era ruina. Porque la antigua fábrica de paños era un edificio desolador, y no había ningún motivo razonable para escogerla que no fuese el encontrarse ante un miedo más grande que el miedo al vacío. Ahora era de noche, y C.P.V. tenía frío, que también es como un gran continente invisible que hace temblar al cuerpo. Se encogió en posición fetal, postura que asegura una distribución eficiente del calor corporal hacia los órganos vitales, entre ellos el miembro fantasma, que es como decir un gemelo siamés, un parásito de tamaño descomunal. Tenía frío, tenía hambre y tenía miedo, y el miedo lo hacía sacudirse, porque el miedo es también como un continente invisible e inexplorado. Se encogió para no ocupar espacio, se encogió tanto que pensó que iba a momificarse, que iba a transformarse repentinamente en una piedra preciosa. La sangre helada le chorreaba por la comisura de los labios y se mezclaba con el sudor y la mugre. Tenía frío, hambre, miedo y tristeza, que sacude también al cuerpo con su fuerza tectónica e invisible. El cuerpo seguía encogiéndose, como una garra en torno al órgano fantasma, tensa y a punto de quebrarse. Las rodillas aún le temblaban, los dientes aún se astillaban uno contra otro, y así hasta caer en un letargo que lentamente deshizo la resistencia. Fue entonces, cuando la resistencia se hubo roto, que los pesos de los cuatro continentes se anularon entre sí, y el cuerpo expulsó a todas las fuerzas que lo presionaban, en orden contrario al que habían llegado; primero la tristeza, luego el miedo, luego el frío, finalmente el hambre. El cuerpo, aliviado, se crispó primero como el músculo que recibe el golpe de un aguijón, y se plegó luego sobre sí mismo como el mapa que al recogerse reúne a dos puntos opuestos uno frente al otro, encogiéndose aun al grado de hacerse un solo punto. Alguien haría esta observación más tarde, cuando el cuerpo inerte de C.P.V. ya había vuelto al hospital: que fue difícil incluso distinguirlo entre las ruinas. El ángel, por su parte, observaría lo siguiente: a un fantasma y un escombro, finalmente separados e independientes uno del otro.

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