spiritagent9 (BY-NC 2.0)
Enero 5, 2018

El crimen de Rucapequén

blank Cuentos y relatos, No. 5
9 minutos

-Con Tania nos criamos juntos en el pueblo de Rucapequén, al sur de Chillán Viejo. En 2011 empezamos a pololear y en 2012, con 19, años fui aceptado en la escuela de formación de Carabineros. Un año después egresé como funcionario público, con el grado de carabinero. Recuerdo que ese mismo año nació mi hija con Tania. La llamamos Sabrina. Como yo fui destinado a una comisaría de Maipú, tenía que viajar a Rucapequén una o dos veces al mes para verlas.
Como a los seis meses de haber nacido, noté cosas extrañas en el ámbito de salud de mi hija, porque empezaba a tener problemas, se quedaba sin respiración. La llevé a Santiago, al hospital de Carabineros, y la vio un neurólogo; después de varios exámenes le diagnosticaron epilepsia. Pasaron los meses y presentó problemas de aprendizaje. Ahí supe que no iba poder comportarse como una niña de su edad. Aparte del hospital, debíamos concurrir a la Teletón. Le hacían terapia con el kinesiólogo…
-Procure referirse sólo a los hechos que tengan relación con la acusación.
-Bueno, disculpe. En 2014 me trasladaron por mi buena conducta hasta el retén Quinchamalí, que queda a 25 kilómetros de Rucapequén. Así estaba más cerca de mi pareja y mi hija, con las que formamos una familia. Una vida común. Todo estaba bien, hasta que en octubre de 2015 comencé a ver que a Tania le llegaban muchos mensajes por WhatsApp. Al principio no le tomé mayor asunto hasta que un día le vi unos mensajes y eran de Daniel. Sabiendo del tema, le pregunté a ella por qué estaba recibiendo tantos mensajes de él, y en ese tenor, de cariño. Me dijo que no me preocupara, que Daniel tenía su pareja, así que le hice caso. Pasaron dos semanas y noté que le llegaban más mensajes de un ámbito más amoroso. Él le decía que la quería, que me dejara. Al haber visto estos mensajes, me dijo que le había dicho a Daniel que no la molestara más… yo le creí, pero en realidad eso no pasó.

Después de eso, un día me topé con Daniel en una actividad interna de Carabineros y le pregunté por qué le estaba mandando mensajes a mi pareja. Me respondió que lo había mal interpretado, que no me preocupara. Sabiendo que era colega de trabajo, él cabo segundo, le creí. Sólo le advertí que si eso iba a continuar, le iba a informar al mando.

Pasaron los días y seguí notando que mi pareja estaba extraña. Le llegaban mensajes por WhatsApp, escondía el teléfono, y cuando le hacía preguntas acerca de qué pasaba se hacía la desentendida, asegurándome que todo estaba bien… el problema surgió un día en que estábamos en la casa, ella se fue a bañar y dejó el teléfono cargando.. .yo estaba en el living y escuché las notificaciones de los mensajes. Como ella estaba en el baño, decidí ver su celular. Era Daniel que le estaba mandando mensajes.

Cuando ella salió de la ducha, le pregunté qué estaba pasando, porque él le decía en la conversación que intentaran algo juntos. Ella terminó por aceptar que tenían conversaciones de índole amorosa. Discutimos esa tarde y al final ella, de mutuo acuerdo, se fue con mi hija donde su mamá, que estaba a tres casa de donde yo vivía.

Con eso quedé mal, así que me fui a mi trabajo y me dediqué cien por ciento a eso. Además, le informé verbalmente al jefe de retén donde yo trabajaba, suboficial José Riveros, que de acuerdo a la norma de disciplina, mi colega Daniel Aravena estaba incumpliendo. Lo di a conocer no porque esperara una sanción en su contra, sino porque yo estaba mal, y se lo conté al jefe de retén porque con él yo tenía un grado de confianza… hasta me puse a llorar con él. Le dije que me sentía mal, que pensaba que me estaban siendo infiel. El suboficial Riveros me amparó ese día, quedé conforme y después de todo, pensé que iba a tomar cartas en el asunto, pero después de contárselo pasó un mes o un mes y medio y no hubo respuesta.

Durante el tiempo en que estuve separado de Tania mantuvimos una relación de cordialidad; además era mi vecina, así que ella igual iba a mi casa; estábamos preocupados por nuestra hija, por sus controles médicos… pero un día, saliendo del trabajo concurrí a la casa de mamá de Tania. Allá la encontré con Daniel, en el living, conversando. Le pregunté qué estaba haciendo ahí. Él se alteró y me respondió que eso a mí no me importaba, si yo ya no estaba con ella. Le dije ‘no te dai cuenta que tengo una hija enferma, tiene discapacidades’. De hecho, a la fecha aún no camina, teniendo cuatro años. Me respondió ‘no estoy ni ahí’. Tuvimos esa discusión y me fui a mi casa llorando, continué con mi trabajo, y a los días después hablé con Tania de lo que había pasado. Ella me decía que estaba confundida y no sabía qué hacer.

Estando en el trabajo le pregunté a mi jefe de unidad qué se podía hacer en estos casos. Me dijo que iba a informar al mando, pero de nuevo no pasó nada. Caí en una profunda angustia y pensé en alternativas. Pensé que lo podía superar con psicólogo, terapia de pareja, pero dije en mi mente: tengo que ser más fuerte que esto. Aun así, se me notaba en mi forma de ser que era otra persona. Estaba siempre con pena. El 22 de noviembre de ese año, para mi cumpleaños, lo pasé solo. Mi familia se dio cuenta de mi pérdida de apetito y que no estaba atento al mundo cotidiano. Con posterioridad, en diciembre, seguía conversando con Tania, hasta que me dijo que quería volver conmigo. Le pregunté si había aclarado las cosas en su mente y me respondió que sí, que estaba en eso. Empezamos a retomar nuestra relación sentimental, pero seguíamos viviendo en casas distintas.

Recibí el 2016 con Tania y mi hija, en la casa donde estaban ellas. Cenamos, nos dimos el abrazo de año nuevo y después de eso me fui a la casa de mis papás. El 1 de enero, temprano, en la mañana, ella me habló, porque quería conversar. Cuando llegué donde ella, me dijo ‘algo te tengo que contar, pero no me atrevo, no sé cómo vas a reaccionar’. Le dije que confiara en mí… ahí me cuenta que se acostó con Daniel, y que eso pasó mientras estaba volviendo conmigo. Le pregunté cómo era posible. Ella me dice que fue un día que quedó sola en la casa con él. Entonces le pregunté por mi hija, pero ella no supo responder, sólo dijo que estaba en la cama y luego agregó que estaba en su cama acostada. Era confusa su respuesta, pero ahí le recordé que si ellas dormían juntas, ¿acaso había tenido relaciones sexuales en la misma cama donde estaba mi hija? En ese momento se quedó callada… yo me puse a llorar, diciéndole que nunca hubiera esperado que me hiciera algo así, con Daniel, en ese lugar, en presencia de mi hija. Ella se excusó diciendo que fue una calentura… con esa noticia yo quedé súper mal, choqueado, no sabía a quién contarle… y preferí ocultarlo.

Después de pensar todo ese día, me junté de nuevo con ella en su casa y le pregunté si le seguían llegando mensajes; me respondió que no, que había bloqueado el contacto de Daniel. Aunque pareciera tonto, decidí seguir con ella. Tratamos de que todo normal, hasta que el 5 de enero…

[Por primera vez, después de 36 minutos de relato ininterrumpido, Sebastián Fuentealba tomó un sorbo de agua]

Ese día almorcé en la casa de Tania. Incluso me acuerdo que le instalé una antena de TV Cable para que mi hija pudiera ver el Discovery Kids. Después de eso fui a la casa de mi papá, que estaba haciendo un asado. Le pregunté si podía invitar a un amigo, que se llama Freddy. Fui con él a la casa de mi papá y compartimos. Eran las 8 de la tarde, y como era verano, estaba claro todavía. Conversaba por WhatsApp con Tania y acordamos ir al velorio de un vecino del pueblo, que se había muerto durante la madrugada. Nos juntamos afuera de un negocio. Ella entró a comprar y me dejó con mi hija. Me pasó su teléfono para que se lo sujetara, cuando llegaron mensajes. Desbloqueé el teléfono… y era Daniel. Empecé a ver la conversación y él le decía que la echaba de menos, le preguntaba qué había pensado, se mandaban besos, cosas así.
Esperé que ella saliera del negocio y cuando me dijo que fuéramos para la casa le pregunto por qué tenía esos mensajes. Me dijo que estaba loco. Entré en llanto, pena, y le cuestioné por qué estaba jugando conmigo y mis sentimientos. No se daba cuenta de los problemas que tenía nuestra hija. Yo tenía problemas para conseguir los medicamentos de ella, financiar su tratamiento. Ella me dijo que lo sabía, pero que él le seguía mandando mensajes… aunque creo que nada le costaba bloquearlo, en fin, sentí tanta pena que salí corriendo con el celular de ella en la mano. Fui a la casa de mis papás, sin que ellos notaran que yo estaba mal. Se me pasaba por la cabeza que yo ya no servía, que ella jugaba conmigo, así que tomé mi pistola sin un objetivo claro y salí. Fui a un bosque, quise atentar contra mi vida para dejar atrás todo lo que había pasado. Iba a ser víctima de burlas en el pueblo. En la estación de trenes me ví con el celular de Tania, así que llorando vi todos los mensajes. Decidí hacerme pasar por ella. Le escribí a Daniel y le pregunté qué sentía. Me respondió que muchas cosas, que él iba a dejar a su pareja, que quería estar con Tania.

Luego de eso opté por apagar el teléfono, pensé en ir al velorio del vecino, que así me iba a despejar. Estaba en eso, pero me di cuenta que se me iba a notar lo mal que estaba, así que por la misma calle… caminé en dirección contraria. Estaba en eso cuando vi a Daniel, caminando hacia mí. Estaba acompañado por sus papás y una tía. A todos los conozco porque siempre hemos sido de Rucapequén.

Daniel y su familia estaban a la altura del retén de Carabineros de Rucapequén, en la calle principal, cuando me acerqué y le dije a Daniel que quería conversar con él, por lo que había pasado con Tania, al frente de mi hija. Cuando estuvimos frente a frente no sabía cómo decirle que no debió hacer eso. Se inició una discusión y le dije que habláramos como caballeros, pero él me ignoró. Pasó por mi lado, me dio la espalda, levantó la mano y me dijo: “chao hueón, no te pesco”.

…sentí una explosión de mis sentimientos… lo único que recuerdo es que se me nubló la mente. Llevaba mi pistola cargada en la pretina de mi pantalón y la saqué, tomé la empuñadura con mi mano derecha y con la izquierda me apoyé. Le disparé al lado de un brazo, creo, porque giró sobre sí mismo, quedando frente a mí. Cayó al suelo, mirando hacia arriba. Me acerqué a él y junto con el arma, descargué toda mi rabia. Toda mi rabia en cada balazo, hasta que se acabó el cartucho.

Después de eso salí corriendo. No sabía dónde iba, pero llegué al puente Quitasol, pasando por sobre matorrales, esteros. Estaba cerca de carretera, la 5 Sur. Tenía una recarga en la pistola, intentando atentar contra mi vida, usando mi propia arma, pero estando allá se me venía a la mente que había cometido el error. Decidí llamar a mi jefe de unidad porque pensé que mi familia no iba a entenderlo, no me iban a querer más… Le dije “mi sufi la cagué, no sé lo que hice; estoy en el puente Quitasol, cerca de lo que era la fábrica Rabié”. Él me respondió “tranquilo compadrito, yo voy a buscarlo”. Pasó casi media hora y estaba fumando unos cigarros que portaba, cuando escucho que me llaman por mi nombre. Me decían Seba, Sebita. Salí de los matorrales y lo veo que llega en una camioneta que es de la Dipolcar. El suboficial José Riveros era el único que venía de uniforme. Los otros vestían de civil.

En ese momento se me acerca y me abraza. Me dice que esté tranquilo, que ‘no vaya a hacer nada más’. Le dije que la había cagado y él pregunta por mi pistola, le digo que en mi pantalón; le saqué el cargador y se la entregué. Me sentaron al medio de la doble cabina… fueron los últimos minutos antes de que me pusieran las esposas en la comisaría.

***

Con 23 años, Sebastián Fuentealba Toro declaró ante los tres jueces del tribunal Oral en Lo Penal de Chillán, el 16 de junio de 2017. Ya había cumplido un año, seis meses y diez días en prisión preventiva, los que le sirvieron como abono a la pena de 20 años de cárcel, tras ser condenado por homicidio calificado. Su época como imputado lo pasó en la cárcel de Bulnes, donde 11 días después de haber llegado recibió la primera golpiza de parte de los otros internos. Su abogado defensor (quien nunca había tenido una causa asociada a Justicia Militar) nunca invocó la norma que establece que un carabinero retirado debe ser encerrado en un recinto militar. Leída la sentencia, se presentó un recurso de nulidad; sin embargo la Corte de Apelaciones de la capital regional de Ñuble lo rechazó, y Gendarmería decidió que por seguridad debía ser trasladado hasta el penal Bío Bío, en Concepción. Allá pasa sus días junto a reclusos con alto nivel de compromiso delictual. En el libro de visitas Gendarmería no registra pasos de Tania ni tampoco de su hija.

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