El lenguaje nos limita, pero jamás nos subyugará.
Junio 29, 2016

Manifiesto

blank Por Un Pelo Perdido en UPP
4 min

(-dijo y se rió)

De pie en el estrecho pasillo de la micro, camino al trabajo, en una madrugada cualquiera de junio. Dormitando apenas, preocupada por lo cercano del fin de mes. El bus, como siempre, repleto, lento, angustioso en su sordo silencio. Sus manos en el respaldo, como las manos de todos, testimonian a sus ya cincuenta años, la gran cantidad de empleos por los que ha pasado, siguiendo la misma tónica: auxiliar de aseo, cajera de algún super, reponedora, comerciante de feria cuando no quedan ya monedas en casa y hay que vender ropa, por nombrar algo. Son unas manos pequeñas, pero engrosadas por el esfuerzo, agrietadas por el detergente, el cloro, la dermatitis, el frío reiterado. Son sus manos las que delatan no sólo explotación, escasez y muchas veces pobreza en lo material, sino también complicidad de muchos que podemos movilizarnos -en el espacio íntimo y en el grandilocuente- para constatar, denunciar, defenestrar, difundir, revolucionar, destruir, rehacer, discutir, o reflexionar al respecto.

Es ilustrativo. De cuando en vez te fijas en cosas así, te detienes a pensar -mientras más envejeces, cada vez menos- en los por qué, los cuándo y los cómo. Sea por las manos callosas de algún faenero, en medio de una marcha, al terminar tu turno en el trabajo de media jornada, o al llegar a casa cada noche y ver las marcadas comisuras en los labios de tu mamá y tu abuela, todos tenemos a nuestro alcance algún testimonio ya no de un sistema de explotación exclusivamente económico, burgués, no incluso de una herencia histórica, imperial, asesina, sino de una rutina de vida, que es una lógica del fluir del tiempo, del día y la noche, sencilla en tanto sus complejidades nos resultan en su mayor parte -y a muchas de las generaciones que nos preceden, en su totalidad- invisibles.

Esta estereotipia enferma, cotidiana, en la que nos sumen y nos sumimos, bloquea la necesidad fundamental que todos tenemos de construir una historia personal, unívoca en sus formas mayores, narrable en nuestro lecho de muerte, un proyecto que cada cual pueda hacer propio, que -no cabe ya ninguna duda- no es una carrera en la educación superior, y que simplemente no se puede conformar en torno a la angustia material y de consumo, la precariedad laboral y sanitaria, la desidia o la desconfianza en el vecino y el hermano.

La velocidad con la que suceden hoy todas estas cosas vuelve también insustancial cualquier amago de construir aquel proyecto de vida. Si al terminar cada día se nos pregunta “¿qué hiciste hoy?”, o respondemos enunciando una sarta de lugares, personas, reuniones y quehaceres que al final resultan en nada coherente, o respondemos apelando a la rutina y a lo previsible, en dos o tres palabras, repitiéndose aquel mantra por años.

Desde las limitantes propias de un sistema académico ignorante, desde el privilegio de poder manifestarnos así, desde nuestro limitado acervo literario y cultural, pero por sobre todo desde nuestro dolor, afirmamos la ineptitud de la máquina cultural y por tanto política, política y por tanto cultural, para reconocer, enfrentar, o siquiera develar este sinsentido disfrazado en el que nos estamos hundiendo.

(Se robaron las palabras)

Acusamos la conformidad con este estado de cosas, la coquetería e incluso el ayudismo en quienes tienen el espacio, el medio y el altavoz, en cientos de autores de literatura nacional copiosamente publicados, en cientos de exposiciones en galerías públicas y privadas a lo largo de Chile, en los círculos cerrados de arte y cultura, tanto los que no pretenden como los que, descaradamente, dicen sí querer sacudir alguna conciencia, arrogándose la vocería de quienes vivimos bajo esta vejación permanente.

Acusamos la opresión de las lógicas patriarcales, discriminatorias y misóginas, que atentan contra nuestra dignidad, sexualidad, creatividad y amor, negando, distorsionando e invisibilizando nuestras expresiones en todas las esferas de la vida, y de esta forma perpetuando la imposición de un rol social. Queremos participar en la historia que construyen las mujeres a través de sus escritos, que también son nuestros escritos, nuestras palabras, nuestras lenguas, nuestra diferencia.

Entendemos la cultura como un vehículo de transformaciones sociales que son hoy inevitables, por lo que dejar de lado estas y otras prácticas marginatorias debe ser el norte urgente de nuestras voluntades. El elitismo cultural insiste en levantar falsos ídolos, cánones que fomentan la banalización de los momentos; y su comercialización, sustentada por nosotros mismos, es una afrenta al surgimiento de una escritura reivindicativa e íntima en la que nos podamos encontrar. Para hacer literatura necesitamos conocer y explorar, y así generar una experiencia catártica, refundacional en el mundo de quien escribe y quien lee.

(Porque siempre fueron nuestras)

Y a quienes se paran a leer este texto,
A quienes se sientan en un parque a discurrir sobre la vida, frenando así la enajenación,
A quienes han gritado en medio de una calle,
A quienes cobran sentido de lo indisoluble que resulta el reflexionar y el escribir,
A quienes, por lo tanto, razonan mediante la palabra y su gesto, ayudándonos a creer,
Y por sobre todo, a quienes no tienen los medios ni el tiempo de parar a leer, sentarse a discurrir, gritar, tomar sentido, escribir, porque creen que el sufrimiento cotidiano les mermó el espíritu, porque creen -falsamente- que nadie escucha, o que nadie quiere escuchar:

No nos abandonemos. Nuestras palabras serán crisis; nuestro compromiso con ellas, nuevos caminos. La tarea de recuperarlas nunca ha sido tan imperiosa o necesaria. Sus voces se oirán en el espacio que este manifiesto abre, uno entre miles que ya surgen para enfrentar a quienes están satisfechos de tanta miseria. Esta sociedad es heredada, pero nunca fue nuestro deber conservarla. Este lenguaje nos limita, pero jamás nos subyugará.

Si te interesa dialogar con este texto y participar en el proyecto, revisa nuestra convocatoria.

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