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Enero 6, 2014

Manifiesto contra el uso de bisoñé

blank Por Oscar Sanzana S. en No. 4, Relatos breves, Revista Azoteas
2 min

No fueron las bromas de mis amigos. Tampoco que una tarde invernal el viento te me arrebatara, obligándome a correr en tu búsqueda a lo largo y ancho de la Plaza Independencia. No. La culpa no la tuvo esa dama que me bautizara tierna y burlonamente “mi peladito”, en medio del éxtasis de nuestra intimidad. Por ningún motivo responsabilizaré a mi madre por aconsejarme tu uso, ni escupiré sobre la foto en sepia de mi padre, cuya endiablada genética maldigo hasta en mis noches más apacibles.

Tomé la decisión de no volver a posarte sobre mi cráneo esta mañana, segundos después de destrozar mi espejo. Todavía puedo sentir la sangre correr por mi mano derecha, que pese a sus numerosos cortes, me hizo sentir glorioso y libre. Me iba a afeitar como de costumbre. Entonces vi sobre mí las manos de esa peluquera cuyo escote me arrancó más de un suspiro durante mi adolescencia. “Tienes las medias entradas, Jacinto. Tan joven y ya con problemas de calvicie. Yo que tú las oculto para que nadie te moleste”. Repetí estas palabras los años venideros. Incluso, siendo yo un adulto, estiré al máximo de sus posibilidades cada pelo del único mechón que ejercía alguna soberanía sobre mi mollera. Eso hasta que un infeliz me gritó en la calle: “¡Amigo, sáquese la araña que tiene en la cabeza!”. Entonces me supe perdido y, siguiendo el consejo de mi madre, te compré, peluquín querido.

Hoy, nuestros caminos se bifurcan. Tú te irás al basurero, pues no deseo verte más. Yo, saldré por esa puerta, calvo y digno. Desde hoy, lustraré mi “pelada” para que el sol se refleje en su brillo, recordándoles a todos el poder iluminador de nuestras cabezas lampiñas.

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