Javier Pais (CC BY 2.0)
Febrero 2, 2017

Alergia

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1 min

Comenzó con los plátanos. La sola presencia de esta noble fruta sobre la mesa hacía que se llenara de ronchas. Luego fueron los duraznos, las peras y los membrillos. El asunto parecía ya un mal sueño, más cuando a la triste lista le siguieron el pescado, las nueces, el azúcar y la cerveza. Si vivir sin cerveza era una calamidad, cuando descubrió que además era alérgico a los perfumes, las flores y los gatos, se sintió como adentrándose en un túnel cuya sola oscuridad le aterraba. La situación se tornó insostenible cuando las personas que lo rodeaban, y en quienes acostumbraba a descargar sus frustraciones, le provocaron estornudos, sarpullidos y espasmos. Decidido a no dejarse irritar por nada, usó todo su dinero para aislarse en una cabaña remota. A los pocos días, una pareja de ermitaños lo encontró vagando de forma errática por el bosque. Al principio, la cantidad de ronchas los hizo dudar de si se trataba o no de un ser humano. No sabían si llamar a una ambulancia, a los pacos o a la NASA. Al parecer, la culpa la tuvo la irresistible visita de su novia con motivo de su despedida. Su lápiz de labios no era de la mejor calidad para una piel tan sensible como la suya. Y, claro, alérgico y todo el hombre necesitaba alguna alegría después de tanta calamidad.

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