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Agosto 15, 2012

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Por José Miguel Lema en No. 2, Relatos breves
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Por José Miguel Lema.

Él miró sus manos con atención. El centro de las imágenes permanecía estático, mientras los alrededores giraban rápidamente. Entendió que sus manos no le pertenecían. Ni sus manos ni sus ojos, ni nada de lo que pretendía como suyo. Sintió su esqueleto temblar en el vacío de un tiempo más allá de su imaginación, en la explosión final que destruiría el universo. Bajó a la tierra un instante y miró el cenicero. Había sido una buena inversión, sin lugar a dudas.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

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