Víctor Nuño (CC BY-NC 2.0)
Diciembre 9, 2012

Café entre pares

Por Sergio Bueno en Columnas, No ficción, No. 2
2 min

Por Sergio Bueno.

Hay sitios donde se juntan las personas que comulgan con inéditos ideales y se buscan para estrechar lazos fraternales y compartir sus sueños y esperanzas. Uno, llega a un espacio predestinado para tales fines y, sin llamar con campanillas, ni a viva voz, le siguen otros, que deambulan sin destino por la ciudad. A poco andar se forma la cofradía, sus integrantes inicialmente silenciosos y recatados, quizás, inquietos que algún otro tome una escoba y, como indeseables, los haga desaparecer. Luego, más envalentonados, toman posesión, nombran directiva y cuídese el malito que quiera botarlos a la calle. Son dueños y señores, se hacen servir y si alguien está ausente lo pregonan por toda la ciudad.

Qué mejor espacio que un café. Con la bebida, consumida con gotario, se prolonga la permanencia por horas, y se adquiere así el derecho a la inmovilidad. Están pegados a las sillas, a los confortables sillones –algunos muy buenos para dormir y roncar- que, encadenados en superiores y enigmáticos temas, se olvidan de sus quehaceres ciudadanos.

En este lugar, más precisamente en el Café Tavelli, de calle Andrés de Fuenzalida, nos encontramos con Cecilia –que, fumando espero, nos saluda y nos invita a compartir su mesa. Está impaciente a nuestro veredicto de su novela todavía en barbecho. Así nos encontramos hojeando un libro que no existe, palpitante en la memoria después de leerlo, en cuidadas fotocopias.

En un santiamén –y sin mayor preámbulo–, van quedando en tierra, heridos o muertos los personajes de la historia, que minutos antes, vigorosos y aparentemente inmortales, vivían en las hojas corcheteadas… con los ojos suplicantes, Cecilia pregunta si alguien se salva… el café, aparentemente, enrojecido con tanta sangre, me sabe amargo, a pesar de las cuatro dosis de azúcar en sobre,  esperanzados en endulzar la conversación…

Por momentos, pensamos que nuestra amiga  va a llorar, o salir corriendo, sin antes recibir certeros y justos golpes de venganza por nuestras ácidas palabras. Estamos dispuestos a todo, hasta cumplir una condena por desacato de cinco años y un día. Lamentamos que en este largo y sepulcral silencio no recurriera alguno de los personajes de la novela –maltrechos o heridos a muerte– y pidiera su protección.

Pronto a arrepentirnos de los acusadores comentarios recién dichos, nos ilumina su maravillosa sonrisa, que no solo ilumina sus propias facciones sino que le dan vida a nuestro marchito corazón:

–Gracias, por  tus comentarios,  me estimulan a seguir trabajando con mayor ahínco…

Poco a poco se va llenando el recinto de nuestros pares, aglutinados en las sendas de café y cada uno ya tiene una hoja manuscrita, un libro abierto o bien haciendo tribuna donde todos hablan y nadie escucha.

Desde lejos, con mayor entusiasmo, se despide Cecilia, levantando su diestra en alto, en espera del próximo encuentro.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

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