Ludmila Tavares (CC BY-NC-ND 2.0)
Junio 10, 2012

Sin título

Por Richard Olivera en Cuentos y relatos, No. 1
5 min

Se sabía en todo el pueblo que aquella noche llegaría un navío. Se arrimaría a las rocas de la playa y dejaría salir de él una carga misteriosa que habría de reposar en alguna casa por un breve tiempo. Todos aceptaron esta verdad, aun cuando era sólo una persona la que había presenciado, setenta años atrás, la misma acción, quién además afirmaba y con férrea certeza que lo mismo habría sucedido una y otra vez cada la misma cantidad de tiempo en el poblado, causando la misma fiebre entre la gente. Cuando tenía seis años, Indesilda Clavillos se acercó junto a sus padres y vio arribar una pequeña barcaza que a poco se perdió entre la neblina, cayendo río abajo con las velas en alto. No ha dado más detalles, ni ha sucumbido ante la obstinación de sus coterráneos que ofreciéndole toda clase de presentes no han logrado sacarle mayor información sobre lo que especulaban sucedería nuevamente en pocas horas. Tanta fue la insistencia de los pobladores que una tarde antes de la fecha esperada hicieron desfilar a lo largo de una cuadra -desde el cuartel de la guardia comunal hasta la puerta misma de la señora- filas de animales que incluían cerdos y cabras, vaquillas y terneros, y toda clase de mercancías.

En menos de una hora, al no encontrar respuesta, y en vista de que sus intentos por agradar interesadamente a quien creyeron convencerían comprando el secreto del cada vez más cercano suceso, los ansiosos habitantes entraron pronto en un cólera generalizado y terminaron agarrando a piedrazos la casa de quien hacía un rato adulaban. Indesilda Clavillos, prácticamente sitiada en su propio hogar, trató de buscar refugio en una bodega que se levantaba a unos diez metros colina arriba y tras la puerta entreabierta presenció cómo las toscas acompañadas de insultos y frases cargadas de violencia hacían sacudir las débiles paredes de su casa, botando vidrios y asustando a las gallinas de su corral.

Antes de que el alboroto pasase a mayores, la guardia comunal, decidió, luego de pedirle autorización al alcalde, sofocar a la masa enardecida, y a los pocos minutos Los Junquillos volvió a la normalidad, y los agitadores regresaron uno a uno a sus casas con sus animales y presentes. Tres de ellos quedaron presos en el calabozo de la guardia, con cargos por violencia en la vía pública y agresión contra una persona más longeva que el promedio, ambos delitos muy graves para el reglamento comunal de Los Junquillos. Por lo menos estarían un par de días tras las rejas antes de que algún juez proveniente de un pueblo mayor dictase una sentencia.

Cuando ya se acercaba la medianoche, el alcalde, envestido con el poder de única autoridad del pueblo, decidió declarar toque de queda; dio a entender que al no saber a ciencia cierta cuál sería la reacción de la gente ante una situación que escapaba de lo predecible, -en caso de ser cierto lo del navío-, prefería prevenir antes que lamentar, tomando en cuenta por lo demás la violencia con que solía reaccionar gran parte del pueblo ante lo que les causase tal nivel de euforia. Así que preparó a diez miembros de la guardia comunal y tras dictarles breves instrucciones se retiró a su casa. La tropa se dividió en cinco parejas, de las cuales cuatro patrullarían el pueblo, mientras que la restante vigilaría el muelle. Esta última sería la encargada de dar aviso a las demás unidades de la guardia en caso de representar el navío un peligro para la comunidad.

Llegó de pronto y sin mayor aspaviento una pequeña barcaza, los centinelas, los diez, se reunieron en el muelle y esperaron a que bajaran la carga, tal como decía la profecía. Entre la bruma y los notros que adornaban la orilla del río, aparecieron poco claras tres siluetas humanas que se movían entre el navío y la rivera, intentando cargar unos bultos redondos. Los guardias dispararon sin acertar un tiro a causa de la distancia y la neblina cada vez más espesa. Pronto se esfumó el barco, río abajo, con las velas en alto. No se frustraron, no era la primera vez que los guardias daban muestra de su ineficiencia, además, después de todo, al parecer no había ocurrido nada grave ni se habían visto afectados los intereses de Los Junquillos.

Partió la guardia al cuartel, y al llegar, quedaba poco para que termine el toque de queda, ya no valía la pena seguir vigilando, había que avisar al alcalde en un rato más que lo del barco se había cumplido, aunque este y todo el pueblo ya lo sabían, todos habían escuchado los disparos, pero se debía oficializar el aviso, ojalá con lujo de detalle, y que quede registrado en el Acta de Los Junquillos.

Agotados los guardias, cuando faltaba muy poco para el alba, decidieron descansar en los sillones del salón del cuartel, uno encendió un cigarro de tabaco negro; otro prefirió un pito, conocía bien a los cultivadores de la Gigantosa; otro, con mayor conciencia social, sacó una botella de ron añejado que un animado le había vendido hacía un mes, considerando que sería buen momento para estrenarla, viéndose a él y los demás en
un aire tan grato de distención

A un cuarto se le ocurrió ir a revisar a los presos; los demás, comentaban sus impresiones acerca del suceso recién ocurrido.

Entrando al calabozo, se percató de lo terrible, los tres presos no estaban, al parecer, aprovechando la historia se transformaron en esas tres sombras que cargaban bultos redondos entre la barcaza y la costa, y partieron río abajo. Según se comentaba semanas después: no tenían mucho que ofrecer a la Limpia y Reluciente Comunidad de Los Junquillos, la Gigantosa ofrece miles de nuevos parajes, y los delitos por los que estaban presos, significarían mínimo veinte años tras las rejas.

El alcalde, enfurecido luego de enterado de todo, increpó a gritos al comisario de la guardia preguntándole acerca de cómo había dejado el cuartel sin vigilancia, obteniendo por respuesta que efectivamente colocó a un muchacho al cuidado de los presos, el que se embriagó con una botella de aguardiente, consumido por el miedo a lo inexplicable y el frío de la noche. Acerca de cómo consiguieron el barco, robado, amparados por el toque de queda y la ineptitud de los vigilantes de la comunidad; los bultos eran a su vez, sacos de trigo, querían en algo compensar el daño a Indelisda Clavillos, y los dejaron cerca de su puerta, con una nota dirigida a ella, disculpándose y esperando remediar en algo lo de los piedrazos, acotando eso sí, que no eran los únicos responsables.

Entendido el Edil, decidió dar de baja también al muchacho ebrio que encontraron boca abajo entre unas matas de murtilla cerca del río, vomitado hasta las rodillas y delirante. Luego de tomar estas medidas se marchó al edificio del municipio, alumbrado por los primeros rayos de sol que caían sobre el pueblo. A su vez, un navío se acercaba lento entre la corriente del río, haciéndose brillar con el alba y haciendo creer nuevamente al pueblo. La profecía, después de todo, se estaba cumpliendo.

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido.

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