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Julio 29, 2012

San Pedro de la Paz

Por Miguel Parada en Cuentos y relatos, No. 1
5 min

Por Miguel Parada.

Desde el puente, se observan las arenas sobre las calmas aguas del generoso río. A la derecha, tras los cerros de Hualpén, las eternas aguas seguirán su curso para desembocar en el Pacífico. Dejamos atrás el cerro Chepe. Desde el abandonado mirador en su cima, a través de los pinos y cipreses traídos por los europeos, se observa la ribera del cauce rodeada de árboles propios: lengas, litres, raulís, arrayanes y algún canelo sagrado. Las palmas chilenas adornan el valle de la Mocha que también dejamos atrás, para cruzar el amplio río hacia las tierras de La Araucana.

Rodeados por otros autos, desde el mirador somos casi imperceptibles en nuestro avanzar insolente. Cruzamos raudos la línea entre ambos estados, tal como lo hicieran los invasores hace quinientos años. Así como los árboles y flores de ambas culturas se mezclan, el cielo parece, también, recordarnos persistentemente nuestra situación. Las nubes de algodón salpicado en negro, se desgarran a lo largo por potentes rayos. La primavera, con sus lluvias intermitentes y llenas de sol, es la memoria viva de la tierra fronteriza en conflicto centenario.

Sobre el puente Llacolén, avanzamos decididos hacia el sur. Las lágrimas de la princesa caen a ratos sobre el parabrisas. No quiere que olvidemos su sacrificio, su traición y su libertad. En nuestro avanzar, enfrentamos una muralla verde. Los cerros frente a nosotros se llenan hoy de pinos y álamos. Imagino que antes, cuando Llacolén desafiaba a su raza y a su soberbio padre, las araucarias destacaban por sobre el follaje. Longevas como el sabio Colo-Colo, rectas como el espíritu de Caupolicán, afiladas como las lanzas de Lautaro, pero, sobre todo, gallardas y aguerridas como Galvarino, señor de las tierras en la ribera sur del Biobío.

Viendo el toqui Galvarino que su hija Llacolén estaba en edad de ser desposada, pronto la comprometió en matrimonio a Millantú. Éste, hijo del cacique Lonco, que mandaba sobre las tierras un poco más al este, en la ribera norte del río, era un mozo fornido y de fina estirpe, como todos los hijos del Estado en tiempos de guerra. El salvaje invasor español azotaba Arauco para satisfacer su codicia. Ni el oro fundido derramado en la garganta de Valdivia aplacó la sed de los cristianos. Por el contrario, los precipitó hacia la barbarie y la brutalidad.

Cuando peleaba bajo las órdenes del joven Lautaro, en Lagunillas, algunos kilómetros al sur de sus dominios, donde hoy algunos juegan golf sin inmutarse por el pasado, Galvarino fue preso de los españoles bajo el mando del nuevo gobernador, García Hurtado de Mendoza. Llacolén, como las demás mujeres mapuches, lloró de ira ante el suplicio de su padre.

Imagen por Punkarlos, en flickr.Como escarmiento por su insolencia, y como una advertencia para todo el pueblo mapuche, se condenó a Galvarino a que se le amputaran ambas manos. El bravo toqui, sin un gesto en su rostro, calmadamente, pone la siniestra sobre el madero y observa, sin mover un solo músculo, cómo un indio traidor que oficia de verdugo, le corta la mano implacablemente. El mismo Galvarino, sereno e imponente, entrega su mano derecha sobre el madero ensangrentado. Y, nuevamente, sin el más leve gesto de dolor en su rostro, ve correr la sangre y la diestra desprenderse de su cuerpo. Luego, desafiante e insolente, Galvarino estiró su cabeza para que también la cortaran, diciendo así:

«Segad esa gargantasiempre sedienta de la sangre vuestra,que no temo la muerte ni me espantavuestra amenaza y rigurosa muestra,y la importancia y pérdida no es tantaque haga falta mi cortada diestrapues quedan otras muchas esforzadas,que saben gobernar bien sus espadas.»–Alonso de Ercilla y Zúñiga,La Araucana, canto XXII

Los cobardes verdugos no son capaces de satisfacer los deseos del valeroso toqui. Éste, blandiendo improperios a sus captores, maldiciendo sus nombres y su raza, les infiere el mayor de los insultos al delatar su cobardía y la hidalguía del pueblo mapuche que, a pecho desnudo, resiste altivo al invasor. Sin embargo, la bella hija del cacique, amén el suplicio de su padre, tiene el corazón dividido.

Por las tardes, la hermosa joven de ojos negros, paseaba por el borde de la laguna donde conoció al joven y apuesto capitán español de quién se enamoró. Se encontraban en secreto cuando el sol se perdía en el mar, permitiendo que su amor creciera a pesar de la cruenta guerra que los separaba. El deseo libertario propio de su pueblo, propició en Llacolén la pasión por el invasor y el desprecio por su prometido. La traición de Llacolén a su pueblo y su tradición, seguía la línea de la tragedia.

Galvarino volvió caminando donde los suyos. Mutilado, ensangrentado, pero con el pecho erguido y jurando venganza, jamás imaginó que su fiereza y sed de libertad sólo podía ser contrastadas por el amor de su hija hacia el capitán español. Cuando Galvarino partió nuevamente a la guerra, Llacolén volvió a reunirse con su amante. La joven se debatía entre su amor de mujer y el amor a su raza, mientras el capitán español sólo tenía palabras de consuelo para su enamorada.

Desesperado, en la madrugada del 30 de noviembre de 1557, Millantú encuentra a la pareja a la orilla de la laguna que hoy lleva el nombre de la princesa. El ejército de Lautaro, con Galvarino como el más fiero guerrero bajo su mando, se deja caer sobre los hombres de Hurtado de Mendoza. Mapuches y españoles se baten en sendos combates. Preso de los celos, Millantú lucha por el amor de Llacolén mientras Galvarino lucha por la libertad de la joven y todo su pueblo. Las espadas se cruzan con las macanas.

Luego de largas horas de combate, ambos mozos caen heridos mortalmente. Ruedan por la hierba al mismo tiempo que el ejército mapuche sucumbe ante las armas españolas. Ya viene la tarde, cuando Llacolén, horrorizada y sin más motivo para vivir, se adentra en las aguas de la laguna para nunca más salir. Su padre, con cuchillos atados en sus muñones, es incapaz de impedir su destino y es preso de los salvajes. Esta vez sí, Galvarino es condenado a muerte.

«Sús, pues, ya ¿qué queréis o qué os detienede no me dar mi premio y justo pago?La muerte y no la vida me conviene,pues con ella a mi deuda satisfago;pero si algún disgusto y pena tieneeste importante y deseado trago,es no veros primero hecho pedazoscon estos dientes y troncados brazos»–Alonso de Ercilla y Zúñiga,La Araucana, canto XXVI

Ya casi saliendo del puente, las últimas luces de la tarde nos guían hacia 450 años en el pasado. El cielo se tiñe con la sangre de los mapuches que murieron en esta frontera, mientras Llacolén sigue derramando sus lágrimas ansiosas de libertad. La leyenda de la princesa se entrelaza con la historia de Arauco indómito, como los copihues, que nacieron producto del amor y la guerra, se entrelazan en los árboles. Nosotros, nacidos en la misma cuna que las flores de la Araucanía, no queremos, sin embargo, oponernos al invasor que viene del norte y honrar nuestros antepasados.

¿Dónde quedó el alma de Galvarino? El alma de este guerrero que, instantes antes de ser ajusticiado, fustigaba a algunos cobardes araucanos que preferían vivir como esclavos a morir como hombres libres. En la radio, la voz desgarrada de la chillaneja doliente me responde: “se la llevó el viento sur”.

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido. Puedes leer más del autor en su blog, nirgendwo.

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