anlopelope (CC BY-NC 2.0)
Junio 11, 2012

Renacer

Por Javier Díaz en Cuentos y relatos, No. 1
3 min

Por Javier Díaz S.

“Para levantar un peso tan abrumador,

Sísifo, sería menester tu coraje”

Charles Baudelaire

Siempre pensé que la vida era como el viaje en la jaula al fondo de la mina. Añoraba – en la boca carbonífera – ver nuevamente la luz. Pero sin darte cuenta cómo, infinitamente volvías una y otra vez al feliz tormento, en un interminable subir y bajar a las entrañas de la tierra. Aunque tuve la oportunidad de alejarme para siempre de esta tortura imperecedera, preferí volver a enterrarme en Lota, como mis hermanos, mi padre, el suyo y los que vinieron antes de ellos. Doce meses en Santiago bastaron para mí. ¡Tanta gente que pasaba bajo un cielo gris con las caras insomnes sin saber dónde iban! Allá los libros fueron mi viaje a otros mundos, la escritura mi válvula de escape y las tabernas mi único sosiego. La cama del conventillo estudiantil nunca me devolvió las fuerzas necesarias para calmar el hambre y mis sueños de poeta murieron en vitrinas donde los libros no eran más que un negocio editorial. Por eso quise volver a la garganta del mundo, aquí donde el sol no es más que una ilusión momentánea, pero al menos existe. Porque aquí dentro todo parece vigilia. El sueño que solía confundirse entre los antiguos compañeros de las camas calientes, también era el que acompañaba mi trayecto desde Lota Alto a los pabellones. En largas caminatas por Playa Blanca observando a la distancia las luces de Coronel, iba imaginando historias, recitando versos del poeta de Lebu, recordando los cuentos de Baldomero. Porque en esos tiempos Lota estaba viva, la mina estaba viva respirando con su boca abierta al Océano. Los mineros, tiznados de carbón y esperanza, aún agitaban sus brazos robustos frente a los filones. El Sindicato Nº 6 todavía se mostraba imponente y sus voces retumbaban enormes en todo Chile. Pero mientras eso ocurría, el país se retorcía  amodorrado en intereses extranjeros y el carbón no era parte de la alquimia dólar. Fueron quedando las ropas de los obreros colgadas como trozos de carne seca y los cascos se opacaban cuál calaveras anónimas. La democracia de consensos veló la utopía de los lotinos mientras las flores del Parque Isidora Goyenechea se mostraban menos luminosas porque muy abajo la mina comenzaba a secarse, a dormirse. En las quebradas, las casuchas aparecían descalzas y frías de insomnio con pequeños que veían convertirse el pan en piedras de lucha; donde niños y abuelos, hombres y mujeres se vestían de protesta en las calles de la ciudad para señalar que no estaban muertos. Nubes de espanto y promesas de hambre silenciaban los murmullos místicos en el interior de la Iglesia de San Matías Apóstol mientras los prostíbulos buscaban el desierto y el cobre para iluminar las sonrisas explotadas del dinero mineral. El bar ‘La Periquita’ -tan  oscuro y lóbrego como los pasillos del Chiflón – se convirtió en mi confesionario, lleno de amigables sombras parroquianas que se retorcían felices de recuerdos mineros. Y así nos fuimos quedando solos, enterrados más que nunca como cuervos negros en busca de nuestros propios cadáveres. Sin embargo, a pesar de todo, seguíamos bajando una y otra vez al margen de la ley, en el abismo de la vida. Entre estertores de cordura seguimos trabajando para acortar el camino al cementerio. ¿Qué era nuestra vida sino un constante subir y bajar del cielo al infierno? Cuando cerraron definitivamente los pulmones de Lota, la tierra – aquí dentro – dejó de respirar. Y yo me quedé aquí abajo escribiendo el final de mi propio cuento. Por ello no me importó el oír como gritaban desde afuera implorando a que saliera que estaba loco que iba a morir yo preferí purificarme aquí mientras se desmoronaba mi tumba poco a poco acá abajo oculto entre las sombras cantando junto a mis camaradas muertos como mis hermanos mi padre el suyo y los antecesores a él… ¡Los mineros queremos honrar!… (comienzan a caer las carnes negras)… ¡al que sigue la dura labor! … (ya se desploma esa viga)…¡de extraer desde el fondo del mar! …(ya comienza a entrar el agua)… ¡el carbón, el carbón, el carbón!

El Sol, Quilpué, 2012

Puedes encontrar más material de Javier en su blog personal, Versos Libertarios.

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido.

3 comentarios
  1. roque cabrales - rc - Julio 13, 2012

    Profundo, y ¡cómo las letras nos llevan al fondo de esos pulmones!
    Contador de patria, te diría Gabriela,
    como se lo dijo a Subercaseux…

    inicie aquí la dialéctica hegeliana
  2. versoslibres Agosto 16, 2012

    Muchas gracias por tu comentario, estimado Roque.Este cuento nació como un pestañeo de la memoria, recordando los trabajos voluntarios realizados en Lota hace unos años y la despedida de un grupo de amigos parroquianos de esa ciudad cantando el “Himno del Minero del Carbón”. Saludos cordiales.

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  3. El Kalavera Agosto 28, 2012

    Está bien intenso el relato ! Que bueno que no se olvide a Baldomero, mis saludos al autor.

    Koto

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