Jose M. Vazquez (CC BY-NC-ND 2.0)
Junio 10, 2012

Nos queda la esperanza

Por Alan González en Cuentos y relatos, No. 1
2 min

La Fontana di Trevi amaneció quizá más triste. Quizá más solitaria. Los médicos se rindieron y salieron a los pasillos para ahogarse ineludiblemente en la duda eterna del fracaso. Una madre lloró a su pequeño que pronto partirá a las estaciones que están más allá de la terminal. El portero se perdió entre los números de las habitaciones y deslizó el manojo por los dedos como el orador desliza con sus ojos la esperanza de encontrarnos. Quedaron ciegos los mentores. La luz abrió pasillos por entre los agujeros del tejado, allá donde los gatos de los cantantes huyeron de la eterna nostalgia del pasado. Las abejas rechazaron el néctar diario, que sólido y consagrado se mantuvo en el dintel hasta el regreso de los viajeros. O quizás hasta tu regreso. Lo cierto, al final del camino, es que nos sorprendió la campanada de las doce a medio levantar, y que la vida se rindió ante la eterna trampa del desconsuelo. El miedo ganó. Al final, en las grandes catedrales y las ardientes capillas los santos ocultaron el rostro tras los deseos rotos. Las promesas se olvidaron. Al final del viaje no nos queda más que los recuerdos. Las palomas mensajeras que vuelven una y otra vez a restregarnos en el rostro húmedo retazos de lo vivido.
Nos queda la esperanza.
Lo que queda es lo que guardamos. Todo lo que nunca logramos y que por años apretamos con fuerza sobre los bolsillos. La furia y violencia del desamor propio que nos castigó cada día, porque no lo lográbamos. No lográbamos partir a la mitad las almas que cargábamos siempre con nosotros. No logramos ofrecer a la luz todo aquello que sabíamos guardado. La recompensa, frágil y huidiza, de que vendría un día soleado a ponerse por encima de los que no se despertaron. La certeza débil y cansada de que mañana lo haríamos mejor. De que el Amor propio no se hundiría como el de Kafka. La utopía cercana de que todo con nosotros andaría bien, y que acallaríamos por fin los miedos y las torpezas. Todo eso vino. La silueta azul de la enfermera que anunciaba una nueva esperanza encendió como un farero el rostro de las muchachas. El tren abrió nuevos caminos y nadie reparó en las fronteras que traspasaba. Las rodillas del hombre quieto encallaron al término del rezo. Los libros se abrieron como quien abre los sentidos al silencio. El tejado se pobló de canarios. Los cantantes atraparon canciones de relevo y los gatos volvieron a su lado. Las abejas regalaban miel y propoleo para ganarse el pan diario. El motivo. La sustancia. Todo aquello volvió a nosotros. Volvió a nosotros la esperanza.

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