Angel Xavier Viera-Vargas (CC BY-ND 2.0)
Junio 11, 2012

Mamacita

Por Francisco Enríquez en Cuentos y relatos, No. 1
10 min

Escucha con atención lo que quiero decirte. Eres neurótico, hosco, tosco, feo, chaparro, peludo, panzón, inculto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido, según lo torpe de la metáfora, a veces consumidor de cantidades interminables de cerveza y, por si fuera poco, pobre. En suma, amigo mío, has llegado a los cincuenta años en la jodidez total, cuando durante toda la adolescencia habías crecido con la idea de que al llegar a esta edad tendrías el futuro resuelto y esas mamadas que dicen uno debe tener realizadas, como escribir un libro, plantar un árbol y criar un hijo. No has hecho ni una cosa ni otra. Puedes llamarte Miguel, Alberto, Hugo, Juan, Enrique, Carlos o Francisco, es lo mismo. Lo que sí no te cuadraría nunca es uno de esos rimbombantes Brandon o de los anacrónicos Jacintos. En conclusión, o para concretar, eres sólo un taxista más entre tantos de los que andan en este valle de lágrimas. Y hete ahí que tu destartalado taxi todavía da batalla pero sigue estacionado en esta esquina. Dentro de él, tú sigues instalado en el asiento del piloto. Y sigues humedeciendo el gañote con cerveza. Y sigues contemplando por el hueco de la ventanilla a la mamacita. Y la mamacita sigue de pie frente a ti, apenas a unos dos metros de distancia. Ella desperdicia su belleza, pues a estas horas no hay ni un alma y los aparadores de los comercios, sucios y oscuros todavía, no son capaces de reflejarla: es toda para ti: qué ojos, qué labios, cuántas curvas, mitad visibles y mitad insinuadas bajo el ajustado y corto vestido, y qué bien balanceadas prominencias sobre esos tacones de aguja. Mientras tanto, el cielo se ve completamente azul por la cercanía del amanecer. Si no tuvieras noción de la hora, la noche aparentaría insinuarse. Mmm, sí, la mamacita es más preciosa que una mina de oro. Para ser más claros, hay que decir más bien que la mamacita está, en el mal sentido de la palabra, buena. Pero tú sabes que las mujeres, al igual que las naciones, se mueven por intereses. El interés de la mamacita consiste en saber qué esperas. ¿Qué esperas, eh? ¿Por qué no le preguntas que cuánto…? Comprendo, comprendo, tú estás cachondo pero también indeciso. Cachondo porque tu presente ha sido exactamente como debe ser el pasado de un perdedor: sin pareja y con apetitos acuciosos y perentorios. Indeciso porque piensas en los riesgos, en una situación bien perra, en una navaja, en un arma de fuego… Por eso, para darte tiempo, para que veas la mercancía a tus anchas, sin prisa, con calma, con ojo crítico, con indecencia, la mamacita coloca sus manos sobre sus muslos y empieza a hacerlas subir, despacio, tirando del vestido hacia arriba. Y por fin salen a la luz unos encantos hasta este instante tapados. Ahí abajo no tiene nada, ni una marca, ni una mancha, ni una estría, ni una llanta, ni una cicatriz, ni un vello, ni un sostén, ni un calzón, nada. Se quita el vestido por la cabeza y lo deja caer al suelo. Como salida de las páginas centrales de la revista Playboy, maquillada y barnizada por el cono de luz que baja del poste, y sin apartar ni un momento los ojos de tus ojos, dibuja un beso con los labios y se contonea como una serpiente al ritmo del blues que surge del radio de tu taxi. ¡Qué manera de prometerte el paraíso y convencerte de su existencia, ateo! Y yo comienzo a envalentonarme, a reconocerme, a dignificarme, a llenarme de venas a punto de reventar, a crecer, igual que una flamita engrandecida con el soplo del aire, a transfigurarme en objeto deseado y no satisfecho, en soldado de desfile, firme, enhiesto, hasta mi conversión total e irrevocable en hierro y verdugo, hasta que el bulto no se puede ocultar… Y la mamacita se acerca cual si caminara sobre el filo que divide el mar y el cielo, un modo entre felino y fantasma de desplazarse. Dejando tras de sí el guantazo de una tufarada de gardenia, se agacha para presentarte el lunarcito del cachete izquierdo por el hueco de la ventanilla. Sus tetas son formidables. Excesivas. Esféricas. Tan blandas y a la vez tan firmes. Tan terriblemente cercanas y a la vez tan terriblemente inalcanzables. Los pezones, agresivos, te encañonan. Parpadeas lo menos una treintena de veces, no vaya a ser que te hayas dormido. Es sorprendente que de vez en cuando haya una puta esquinera así, cuando todas las demás, la mayoría, son horribles. Para perder la cabeza. ¡Ah, pero qué burradas piensas…! Tú no has nacido para volar tan alto, una hembra así no se casaría contigo; en ti, entiéndelo, no hay nada que amar. Con brillo triunfal en las pupilas, la mamacita le echa un vistazo a la tienda de campaña que se yergue en tu bragueta. Te domina. Sonríe, salpicando estrógenos hacia los cuatro puntos cardinales y mostrándote una doble formación de dientes parejos y rectangulares. Incluso consigues verle un poco la lengua rosada y desprovista de la pátina blancuzca que permite reconocer a los fumadores y a los enfermos hepáticos. Acariciándose el pubis como sin querer, alza esos ojos de princesa disneyana y los vuelve a clavar en los tuyos. Te coquetea con todo, empezando por la mirada de «viólame o te voy a violar» y la sonrisa de «oye, me acabo de acordar de un chiste buenísimo». Tú te quedas pasmado, sin respiración, atónito, examinándola ocularmente con cara de lechón degollado. Debes contenerte para no saltarle encima. Algún día estarás liberado de las ataduras carnales, pero por el momento yo no sólo estoy palpitando, hinchado de sangre, sino rígido como barra de acero, hasta el punto de que mi dureza se vuelve dolorosa. Para disimular (ya no basta con arreglar la bragueta de modo que la hinchazón sea menos visible y pueda confundirse con un pliegue de la tela), cierras las piernas. Sólo que ahora yo, un pájaro calenturiento, oprimido entre los muslos, creo hallarme en un acogedor nido y lato con entusiasmo. Sudas, la camisa se te moja en la zona de las axilas y de la espalda. «¿Vas niño?», te pregunta la mamacita meneando la cabeza de modo que su cabellera emprenda un vuelo. Te ha llamado NIÑO; te sientes pequeño, imberbe, idiota total, alguien necesitado de todo. Estás a punto de molestarte, pero enseguida comprendes que aquello sólo fue una palabra tierna de una muchacha dispuesta a vender un importante pedazo de existencia. Quisieras decirle: Señorita, su preciosa desnudez está conmocionando a mi corazón, ¿qué se propone?, ¿cómo se llama?, ¿qué va a hacer usted por la tarde, mañana, la próxima semana, toda la vida? La invito a comer, a cenar, a desayunar; le ofrezco un café, un cigarro, una cerveza, mi mano, mi pie, mis horas favoritas. Quisieras abrirle el alma con docenas de preguntas, todas por supuesto de corte poético y dictadas por tu más estricto sentido del buen gusto; pero, cuando por fin te decides a hablarle, de nada sirven los inspiradísimos versos de Fernando Pessoa que atesoras en la guantera ni tu poco o mucho prestigio de hombre tierno, pues en cuanto le diriges la palabra te traiciona tu nacionalismo exacerbado y no puedes reprimir un «súbete, mamacita» que viene desde el fondo de tus raíces de clase. La mamacita chasca la lengua como si protestara, como si tuviera derecho a protestar. Se recoge el pelo colocándolo detrás de las orejas y acerca la boca a tu oído: «Te advierto que soy muy, muy peligrosa», indica con una voz tan suave que parece como si temiera hacerte daño, una voz que es cántico, abanico de plumas, fuente cristalina, nido de ángeles. Tú: «Eso me gusta». La mamacita: «Bueno». Tú: «¿Ahí?». Y señalas con la barbilla el asiento trasero del taxi. La mamacita ladea la cabeza como los perros ante lo insólito. «Bueno». Cada vez que dice «bueno» te echa una miradita irónica, pero lo fantástico es que cada vez que dice «bueno» sólo dice «bueno», y eso es lo único que para ti cuenta. Ella eleva la vista al cielo, a ese punto donde moran perdones ángeles y querubines quizás en busca de la misericordia del misericordioso, para descubrir que ya hay trazos grises entre ese azul tan puro. No hay orden alguno en la naturaleza sino caos, caos absoluto. Nunca nada se distribuye bien, con inteligencia, sin locura, ni las nubes ni las vaginas. La mamacita abre la portezuela trasera y sube al taxi, que huele a flatulencia y a humedad. Ni tardo ni perezoso, tú te le acercas, apenas a la distancia para que tu aliento de retrete de cantina no le pellizque la nariz, y sus gordos labios pintados de color sidra, descaradamente sensuales, te fomentan la necesidad de desabrocharte el cinturón y bajarte el cierre, el pantalón, la trusa y me desenfundas igual que si fuese un Colt 45 antes del duelo. «Chúpamelo», ordenas y al punto, lentamente, con la sutileza del hacer deshaciendo de un artista, la mamacita se hinca en el suelo del taxi para obedecer. Al principio tú estás muy quieto, pero luego, presa de un frenesí superior a tu razón y a tu voluntad, te mueves como conejo, aprisa, contorsionándote, jalándola de los cabellos, simulando las riendas de un corcel, observándola allá abajo. Quieres ver, estar ahí y a la vez a su lado, ser como eres y gozar su trabajo y ser otro y mirarlo. Ya hace calor aunque es otoño y la diafanidad de la mañana ha sido rápidamente desplazada por nubarrones turbulentos; ya hace calor y a la mamacita el sudor le lubrifica la piel y le hace las tetas resbaladizas, pegajosas, muy asquerosas y muy atractivas a la vez cuando tú empiezas a amasárselas primero con delicadeza, después con esa furia que enciende exclamaciones a las que tú también respondes con otras exclamaciones encendidas. Sinceramente, ¿ahora no te gustaría tener tres manos o cuatro o ser como un dios o como un monstruo mitológico con mil tentáculos? Si pudieras… Pero, volviendo a nuestro cuento, con tus diez dedos lo haces muy bien. Respiras jadeando, envuelto en una marejada celestial de sensaciones que te asfixian, como cuando meses atrás, en una lluviosa noche de viernes, tras abordar a tu taxi en el aeropuerto y decir la dirección de un lujoso hotel, una argentina se desvistió en el asiento trasero con tanta premura como si quisiera batir un récord; tú manejabas con un ojo puesto en el parabrisas y con el otro puesto en el espejo retrovisor; no lo podías creer, ella ya se encontraba en pelotas y no tenía ni un solo rastro de celulitis, ni carne de más ni de menos, ni una sola mancha, lunar o peca y, además, era joven, muy joven, y guapa, muy guapa, sin más vellos que los de la delgada línea negra que apenas le velaba el pubis; al punto, se dedicó a luchar ferozmente contra la ropa de su novio, un musculoso gringo negro; el espejo retrovisor te reveló que el hercúleo hombre odiaba lo que ella le hacía, sí, le repugnaban sus ansias, su apresuramiento, el repentino asalto sin preámbulos, su dedicación a hacer de él una cosa, un obediente consolador; pasaron veintitrés semáforos y el pobre negrito seguía ahí, tieso (tieso en todas partes, menos en la parte), quieto, en el papel de violado que no puede oponerse a la agresión y tampoco siente gusto por ser desnudado, besado, manoseado, chupado, montado, tal vez amado, hasta que por fin exclamó ¡AQUÍ MISMO BAJARME! y te tocó el hombro para que detuvieras el taxi; patrón, le dijiste, nomás faltan seis cuadras para que lleguemos al hotel, aguántese tantito, ¿no?; ¡AQUÍ MISMO BAJARME!, repitió él; la argentina gruñó y chilló, pataleó y se retorció; sin embargo, orillaste al taxi; sólo llevando puestos los calzones, el gringo se bajó, azotó la portezuela y se echó a correr hacia el hotel bajo el aguacero; la argentina, aún bajo los efectos de la lujuria, se abalanzó sobre ti; desabotonó tu camisa; metió la lengua entre tus dientes; se dejó amasar todo lo amasable; forcejeó rabiosamente con tu cinturón; consiguió bajarte los pantalones y los calzones más allá de las rodillas; era muy ruidosa con la boca y muchos vehículos y muchas personas transitaban por la calle, pero la noche y la intensa lluvia camuflaban el placer que se te incrustaba en el cerebro, que se apoderaba de tu razón y de tu voluntad como la más traidora de las drogas e impedía que te concentraras en nada más; hasta que otro taxi se estacionó detrás y, de repente, se vieron bañados en la luz de sus faros y la argentina se separó de golpe, un poco cohibida; ella escaneó a su alrededor y te ordenó que condujeras, que dieras vuelta en “u” y que te estacionaras detrás de una iglesia colonial, bajo un frondosa jacaranda, en un solitario callejón; ahí, te hizo rugir cuando frotó su húmedo sexo contra mi hinchada cabeza, hasta que por fin me engulló por completo, subiendo y bajando una y otra vez con todo el peso de su cuerpo; los violentos movimientos de tu pelvis demostraban que también tú tomabas en la acción una parte activa; la argentina te besaba en la boca y te miraba a los ojos buscándote el alma; tus ojos se entrecerraban, resoplabas por las aletas de la nariz; a ella se le apretaban involuntariamente las mandíbulas, se le enrojecía el cuello, gemía sin poder evitarlo; de pronto sintió que tú arremetías con más fuerza, que la sujetabas por los hombros y que explotabas dentro de ella; sintió que yo me le reblandecía en las entrañas, que yo me encogía al mismo tiempo que afloraba en tu rostro una expresión fanfarrona de orgullo satisfecho; pero la argentina continuó el vaivén, obligándome a mí no sólo a mantenerme entrando y saliendo del cartilaginoso origen del mundo, sino a tener una segunda erección que sólo concluyó al obtener una pequeña muerte simultánea; ambos se quedaron enchufados, descansando en la misma postura hasta que la lluvia cesó por completo; entonces la argentina regresó al asiento trasero y se vistió con exagerada calma; sin pronunciar palabra, te entregó un par de arrugados billetes verdes y salió del taxi; tú encendiste el coche, te despediste de ella agitando la mano y te fuiste. Ahora, tus pelos pubianos parecen los bigotes de la mamacita. Aunque captan los pasos de alguien, los dos siguen en lo suyo (parece que ella lo está disfrutando de veras y descubrirlo te hace a ti sentir hombre en el sentido más animal del término) y el CHUP CHUP crece y crece, haciéndose más audible que un ataque de tos en medio de un concierto de piano, y se mueve el taxi, y se mueven las tetas grandiosas de la mamacita como dos flanes, y los pasos se metamorfosean en una monja, una viejita que se dirige a la panadería de la esquina y se detiene para ver el sicalíptico espectáculo, un performance que oscila clónicamente entre la belleza esplendorosa y el pecado en su estado de pureza total, para escuchar tu trabajosa respiración, tus gemidos ahogados, tus obscenidades entrecortadas, y la mamacita, viendo fijamente tus ojos quietos detenidos en los suyos, viéndote con honesta inocencia (ya lo enseñaron los clásicos: la inocencia es el mejor condimento de la lujuria), se limita a sonreír con la boca llena, un hilo de baba le cuelga del labio inferior a punto de caerle entre las tetas, y en los ojos de la monja brilla una chispa ajena a la ortodoxia religiosa cuando da media vuelta y se pierde en la esquina, y tú adviertes aterrorizado que los dientes de la mamacita se alargan hasta convertirse en colmillos letales que sobresalen de la boca tensando los labios hacia fuera hasta transformarlos en una especie de hocico. La idea de que estás borracho y descubrir que todo es un delirio de la cerveza jamás pasa por tu mente. Aquellos dientes de lobo o de vampiro me muerden la cabeza con excesiva determinación y el trozo que arrancan es una realidad. Mal hubieras hecho en concebir una idea que no sirve para nada.

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