Cecilia Aros (CC BY-NC 2.0)
Junio 10, 2012

Cuidado, mi teniente

Por Gonzalo Vilo en Cuentos y relatos, No. 1
6 min

Por Gonzalo Vilo.

El camión del ejército se detuvo justo al pie de una pequeña loma, cerca de una extraña roca, donde había algunos huesos de animales alrededor. De inmediato, desde la parte de atrás, saltaron tres soldados, todos ellos muy jóvenes, y luego, desde adelante, abrió la puerta un cuarto, aunque éste era más maduro que los anteriores. No se veía a nadie por ninguna parte y el silencio sólo era interrumpido de vez en cuando por el grito de alguna ave a la distancia.

El que no era tan joven encendió un cigarrillo, y dejó que los soldados sacaran todas las herramientas y la madera del camión. Se quedó observándolos por algunos minutos (sus rostros adormilados le enojaban muchísimo) y luego, una vez que los soldados bajaron la carga, observó como el camión se ponía en marcha y se alejaba de ellos y del lugar.

Con tranquilidad miró hacia su derecha. Todo estaba rodeado por grandes lomas que convertían aquel terreno en una base inexpugnable. Eligió una, las más limpia, y ahí se quedó, con la vista clavada en ella.
De pronto, sacó una libreta pequeña y anotó algunas palabras, y entonces se volvió a mirar a sus soldados. Con la mano que aun sostenía el lápiz, les indicó el lugar que había escogido.–Tomen las palas que están en el bolso grande –ordenó de inmediato. –Síganme, vamos a cavar de una vez ese cagadero de mierda.

Los tres soldados se miraron y levantaron las cejas. Gotitas de sudor aparecieron por sus cuellos y frentes.

–Rápido, rápido, rápido –apuró. –¿Qué están esperando? Esa hueá no se va a hacer sola.

Subieron al trote. Apenas llegaron a la loma, los muchachos comenzaron a cavar con gran empeño. El hombre de vez en cuando los molestaba para que se apresuraran, aunque casi todo el tiempo se mantuvo en silencio, sumido en sus importantes cavilaciones.

Cuando al fin la excavación alcanzó la profundidad que él deseaba, los rostros sucios y sudorosos de los tres jóvenes se dirigieron a él

–Moreno, Martínez, Salas, salgan de allí –les gritó. –Ahora hay que armar el famoso cagadero, vamos, rápido.Moreno, Martínez y Salas salieron de la excavación y bajaron hacia donde habían dejado la madera y las herramientas. Fueron en silencio y con el ceño fruncido. Entre ellos se escuchaba uno que otro resoplido. Salas incluso miró al cielo y negó con la cabeza.

–Es para hoy eso sí –protestó enérgico el hombre. –Apúrense, trío de hueones.

Durante tres largas horas no se oyó en aquella loma más que el sonido de los serruchos y los martillazos. Fue un trabajo arduo, pero una vez que colocaron el armatoste encima de la excavación, el rostro de los tres muchachos cambió, notándose al fin algo de alivio y alegría en ellos.

–Cuando bajemos –les propuso el oficial– quiero que vayan a buscar leña, vamos a tener rancho antes de irnos a dormir.

–Sí mi teniente –respondieron los tres al unísono.

El fuego lo hicieron rápido, y alrededor de aquella llamarada los cuatro se pusieron a comer. Cada uno tenía sobre sus tachos de metal algo de carne, y la devoraron con gran apetito mientras miraban arder la fogata. El hombre, quien ya había terminado con sus cálculos y preparativos, observaba con atención los rostros de aquellos jóvenes.

–Oye rucio –se dirigió a Moreno. –¿Habiai tirado tanta pala antes?

El muchacho bajo la vista y miró sus manos ahora callosas. Luego volvió a dirigir la vista hacia el oficial

–No mi teniente, primera vez.

El hombre entonces sonrió y siguió comiendo.

De pronto, Martínez pidió permiso para levantarse. Con mucho cuidado se abrió paso entre las piernas de los otros soldados, cuidándose de no pisar la fogata, y se metió dentro de la tienda de campaña. Estuvo algunos segundos allí, hasta que finalmente volvió con un tacho lleno hasta el borde, y del cual bebió con clara avidez. El rucio lo miró, y Martínez le guiñó un ojo.

–¿Cuánto tiempo vamos a estar en campaña mi teniente? –preguntó Salas. –¿Dos semanas o más?

–Lo más probable es que no sean más de dos semanas chico –respondió el hombre, echándose un pedazo de carne a la boca. –Deberíamos estar más tiempo, pero…

–Oiga mi teniente –interrumpió de pronto Martínez. –Pero… ¿alguna vez ha ocurrido aquí algún…. accidente?Moreno y Salas lo miraron enseguida. Luego observaron al teniente.

Moreno tosió y dejó su plato a un lado para meterse en la tienda de campaña.

–¿Cómo… un accidente? –preguntó el oficial extrañado. –No te entiendo.

–Algún accidente con armas –aclaró Martínez. –O algo parecido.

–Ehhhh –trató de recordar el hombre. –Cuando estuve en Calama, a un pelao como ustedes le explotó una granada en la mano y…

El teniente, sin embargo, se distrajo al ver que Moreno regresaba a la fogata con otro tacho de agua en su mano.

–Mhhhh… oye rucio, trajiste agua –exclamó. –Que bueno, tengo una sed terrible.Con un movimiento ágil, el hombre se levantó y dio unos pasos en dirección a la tienda de campaña. Al verlo, los tres muchachos comenzaron a hacerse gestos y a moverse con inquietud. Salas incluso le dio un golpe con su puño al brazo de Martínez

–Mi teniente –reaccionó este último. –No se levante, yo se la traigo.

–Muy bien –agradeció el otro. –Muy bien, gracias, soldado.Martínez se demoró un poco, pero luego llego con un tacho lleno de agua y se lo dio al teniente. Este, después de beber dos largos sorbos, miró a los tres jóvenes y sonrió, como si se hubiera acordado de un chiste.

–Espero que ustedes y el resto de la sección –advirtió– aprendan algo en estas semanas de instrucción, porque hasta el momento no han hecho más que dejarme mal con mi capitán Flores.

Salas y Martínez se miraron y subieron las cejas. Moreno se quedó con la vista fija en una cicatriz reciente que tenía en su brazo izquierdo y no levantó la cabeza.

–Jajajaja –rió de pronto Martínez. –Me acuerdo de la primera semana en el regimiento, muy bonita.

–Sí – apoyó Salas. –Imposible olvidarla.

El hombre se sonrió.

–Eran muy re hueones –agregó. –Ni siquiera sabían formarse.

–Sí, jajajaja…me acuerdo de eso –reconoció Salas, que miraba a Martínez. –Éramos muy pájaros.

–Pájaros, jajaj, sí –le contestó éste, guiñándole un ojo. –Pero al menos ahora ya nos estamos avivando, ¿o no, cabros?

El teniente iba a sonreír también, pero algo en ese instante pareció inquietarlo. Un dolor repentino, extraño, sacudió su pecho y luego su estómago, un pinchazo agudo. Su rostro cambio de inmediato, y se quedó con la vista fija en el tacho con agua.

–Esa semana le tomamos el gusto a la tierra –prosiguió Martínez, sin preocuparse ya de su oficial. –Parecíamos gusanos, culebras arrastrándose por el desierto.

–Jajajaa –rió Salas. –Culebras, sí…. nos arrastrábamos muy bien, jajajaj…. sí, la raja.

El hombre comenzó a observarlos con detención. Sus ojos ahora se veían medio desorbitados y ni un solo músculo de su rostro se movía. Apenas respiraba. Martínez entonces se dirigió a Moreno, quien hacia rodar una piedrecita entre sus dedos.

–Rucio –le dijo pasándole su tacho–, anda a traerte más…. “agüita”, jajaja.Moreno, sin embargo, se quedó inmóvil y apretó su tacho con todas sus fuerzas. Al final Martínez tuvo que levantarse y volver con su tacho y una botella de pisco.

El hombre, entretanto, sentía los ojos cada vez más pesados y el cuerpo lánguido. Tenía ganas de decir algo, de gritar, pero su lengua estaba adormecida y paralizada.

–¿Cómo estaba la agüita mi teniente? –le preguntó Martínez mientras se servía un poco de pisco. –¿Taba rica?

Salas y él rieron.

–Rucio –exclamó de pronto Salas. –Despierta y anda a traerte el bolso de las herramientas.

–Si poh –apoyó Martínez. –Este hueón ya se está quedando dormido.

Moreno fue a paso lento. Al volver, Salas y Martínez lo estaban esperando de pie y frotándose las manos. El muchacho entonces abrió el bolso y lo primero que sacaron sus compañeros fue un serrucho y un martillo. Los dos se quedaron allí, riéndose como niños.

Moreno los observó, pero no quiso sacar nada. Había lágrimas en sus ojos, las que se secó con el puño de la camisa.

–Oye hueón –lo llamó Martínez. –Saca algo.

–No… no sé –respondió Moreno. –No quiero…

–No seai ahueonao –lo increpó Salas. –Voh soi el que más derecho tení de los tres, dale hueón.

–No, mejor no.

–Ahh, ándate a la chucha –le gritó finalmente Salas. –Hace lo que querai, me da lo mismo.

Salas entonces tomó las dos manos del teniente y miró a Martínez.

–Ya hueón –le dijo. –Voh lo agarrai de las patas y lo subimos, no creo que este tan pesao el culiao.

–Dale –le respondió el otro tomando uno de los pies del teniente. –Demás que lo subimos allá arriba.

Sin mucha dificultad, cargaron ambos el cuerpo del teniente y se echaron sobre sus espaldas un saco con las herramientas. Salas comenzó a cantar el himno de la infantería y Martínez lo siguió con entusiasmo.

Los dos ya se lo sabían de memoria.

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido.

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