Shemsu.Hor (CC BY-ND 2.0)
Junio 11, 2012

Cárcamo

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4 min

El mármol del hall corporativo era blanco, algo perlado, con una luminosidad especial, quizás queriendo escenificar la entrada al paraíso, Amable, una división de empresas incorporadas, rezaba el slogan institucional en letras metálicas en el muro también blanco radiante.

Un hilillo rojo a gran velocidad avanzaba entre las junturas de las baldosas, su loca carrera lo conducía a la vía pública, claramente quería salir del edificio corporativo y alcanzar la ansiada libertad, todo cuando fue atrapado por un nervioso movimiento de trapero que lo dejo convertido en una nube rosa, sin embargo la brizna roja y caliente insistió sin que pudiera de nuevo pararlo ningún servicio de aseo.

La conmoción se había vuelto incontrolable para los guardias de seguridad, el hall lleno de gente que no debía estar ahí, las cámaras grabando ese estado de caos, seguramente el jefe viendo todo desde la sala central, en directo, cada cara y expresión de pena, de horror o de perplejidad.

El celular yacía próximo al cuerpo, daba unos saltos milagrosos demostrando que estaba vivo, que la caída no había arruinado su tecnología de punta, el destello insistente mostraba un aviso de mensaje, pero nadie le prestó atención.

La discusión entre el prevencionista de riesgos y el tipo de la ambulancia iba subiendo de tono, que no, que no se lo llevaban, que la mutual no cubría este caso, que la verdad llamaran a la Posta, que el tipo se había tomado tantos Ravotril como para matar un elefante, que la caída no era un accidente y el protocolo era clarísimo.

El piso se sentía rico, heladito, como unas vacaciones sin angustia, como una ducha sin apuro, los colores desde ahí se apreciaban mejor, nunca se había fijado lo linda de la escalera, menos el detalle de la claraboya en todo lo alto, la luz, suave, acariciadora, le llegaba en la cara, en el cuello.

Los del turno entrante, ocuparon algunos minutos en intentar ver que pasaba, luego rápidos sacaron las credenciales, marcaron y con paso ágil se ubicaron en sus puestos de trabajo, aire profesional, dominados el número de minutos por atención de cliente, no más de lo establecido, sin alterar el tono de la voz, sin inflexiones con calma, con calma, ya sabes, escuchan los supervisores, un respiro, una inhalación interpretada como disgusto y estás perdido, no discutas, se te suman minutos, te descuentan, baja la evaluación, a la primera te pagan sólo el sueldo mínimo a la segunda te echan, los nuevos se notan, el miedo, la señora está hablando y hablando y no hay forma de pararla, si sigue me paso de los minutos promedio y pierdo el bono, Dios mío, que no estén oyendo, voy a cortar, lo haré.

Siente como alguien tira de su cuello el cordón que sujeta la tarjeta, Cárcamo, repiten en voz alta, es Cárcamo, no siente voces conocidas, sus compañeros están dentro, conectados a gentes que reclaman, preguntan o buscan alguien con quien hablar, no saben que ahí afuera está Cárcamo, tendido, extrañamente sonriente, definitivamente ha superado los minutos permitidos de ausencia de su puesto de trabajo para ir al baño, pero nadie puede parar para preguntar, sus propios minutos están corriendo.

La idea había surgido en segundos, si estuviera enfermo, con licencia, no podrían evaluar y entonces, por unos días se iría la angustia, por unos días dormiría, dormir, tanto medicamento y no lograba dormir.

La escalera, el borde, la luz, una caída suave, quizás fracturarse un pie, algo, algo que no pudieran cuestionar, algo evidente, entonces el cuerpo se elevó sin prisa, como con gusto, sin cálculo, para lanzarse al vacío por la caja de la escalera, grande, moderna, amplia.
Demasiada honestidad, no podía como otros conseguir una licencia, mas aún no tenía para la consulta, demasiada honestidad, cuando el paramédico le pregunto si había tomado algo detalló los Ravotril uno a uno, todos ellos sin receta, obtenidos de una tía querendona.

El tipo de la mutual se va, no hay caso, está claro que ha tenido un buen entrenamiento nadie lo va a conmover, no se lleva a nadie que no tenga cobertura.

En el rincón, con el colon irritable volcánico, el prevencionista habla por celular con el gerente de recursos humanos, que el desgraciado nos costará plata, que subirá los índices de accidentabilidad, que no puede ponerle malla a la caja de escala, que no, que el tipo estaba dopado, que no es su culpa, que no puede impedir que pasen estas cosas, que llamaron a la Posta, que ya lo sacarán del hall.

Cárcamo tiene un poco de sueño, siente unas tremendas ganas de dormir, de darse vuelta y salir de la luz que comienza a molestarle, pero no puede.

Se siente la ambulancia, la sirena, el intento por avanzar entre el taco de la tarde, en el hall sólo el guardia y el prevencionista esperan de pie frente a la puerta, en el piso Cárcamo ya se fue con licencia, ya no viene, ya no cuenta minutos, ya no vuelve…

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido.

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