Fernando José Ignacio Gárate Parra (CC BY-NC-ND 2.0)
Junio 10, 2012

Café en casa

Por Sergio Bueno en Columnas, Crónicas de café en grano, No ficción, No. 1
2 min

En la estación Baquedano, del Metro de Santiago, a las 15 horas, se escucha el trepidar de los trenes, el rápido caminar de los pasajeros y la estridencia de un parlante que no calla.

Confundido en esta vertiginosa marea humana, diviso al poeta Pablo Guíñez con un grueso envoltorio de libros, bajo un jockey sin cubrir su melena gris. Mira de un lado para otro, extraviado, confundido.

Me acerco. Lo saludo fraternalmente. A los pocos minutos, vamos caminando –él, con dificultad– quejándose a cada paso en su lento desplazamiento hacia la Casa del Escritor. Confesándome su desesperado momento: se ha caído en la calle, dos veces, hace pocas horas y sus ojos, por momentos, están envueltos en la penumbra.

Trajinar pausado, dolorido. Apaga sus quejidos en un rechinar de dientes. Yo cargo con lo libros, mientras el peso de su cuerpo herido cae en mi brazo que lo sostiene. Balbucea algunas palabras que lo alivian.

Yo también busco de entre sus poemas los versos que nos acompañan por este avanzar de la existencia, cada vez más difícil cuando tiene el lastre de los años. Son, precisamente, los versos, nuestro apoyo si sentimos el dolor del alma:

Cuando llueve la noche parece un largo túnelAlumbrado por relámpagos a pedazosEl rayo va a la tierra a través de los árboles.Raja los viejos robles. Se quiebran como vidrios,Como lomos o patas de animal desriscado.Como lazos se cortan los caminos y puentes.Nadan en la corriente como hojas las basas.Vuelan despedazadas en la noche las sombras.Por el viento las ramas vuelas despedazadas.

Después de atravesar varias calles, hemos llegado a Almirante Simpson Nº 7. Fernando Pastén, mayordomo, nos saluda e igualmente le tiende la mano y lo socorre en su dolencia. En el interior de la Sala Premios Nacionales, Pablo descansa de la larga y penosa jornada. Sonríe, porque ha llegado a su propia casa…

Me invade la congoja por la fragilidad de nuestro cuerpo ante la dureza de la vida y las limitaciones que nos impone la edad. Sobre todo, evoco otros momentos de euforia, de alegría como, asimismo el recuerdo de este profesor normalista. Quizás, ahora, herido de tantos sinsabores, de olvido y de incomprensión.

El café que nos sirve Fernando deja en el pasado mis pesadumbres y reconforta el corazón de este poeta que revive cuando otras voces amigas lo animan.

Alguien habla de un encuentro de escritores, de un futuro viaje, y Pablo dice:
– Yo también voy…

Va saliendo del largo túnel…

Este texto es parte del primer número de Un Pelo Perdido.

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