Annais Ferreira (cc by-nc-nd 2.0)
Enero 6, 2014

Editorial 4

blank Por Camilo Torres en Cuentos y relatos, Editoriales, No. 4
2 min

Aún semanas después persiste la sensación de tener la ropa mojada. Camina por los pasillos como puede; la arena en el piso no deja avanzar bien al carro, avanza lento, siente como entra tibia en sus zapatos. Mira las salsas de tomate e intenta reconocer la que compra su vieja, pero no logra distinguir,  escoge una al azar y la echa al carro. Le parece escuchar una gaviota, se voltea y la vuelve a escuchar. El ave pasa rasante sobre su cabeza, la sigue con la mirada hasta que el pájaro aterriza sobre una de las vigas metálicas del supermercado. Avanza hasta las carnes. Saca un ticket; 87; van en el 54. Saca de su bolsillo la lista de víveres, le sacude la arena y ve lo que le falta. Queda pensativo un momento.

Le pesa el cuerpo, empieza a recordar,  siente el sol que le muerde la piel, las risas, la guitarra, las cervezas, inhala el viento costero, le pone la piel de gallina,  exhala y vuelve a reír, saca un pucho, le tiran un encendedor, traga saliva, protege del viento la llama, lo prende,  abre otra lata, se echa hacia atrás, el calor de los granitos en la espalda, que lo acarician, lo relajan, reconoce la canción que están tocando, mira el sol a través  de sus gafas, pequeñito, allá arriba, ¿y el Marcos?, silencio, la latas chorrean la arena, ¡Marcos!, dijo que fue a mear el weón, por la chucha, la adrenalina, las conchitas que se entierran en los pies, el graznido de las gaviotas, el frío del primer pie que toca agua, el escalofrío, la ola que golpea, la ropa mojada, la camisa amarilla flotando, el primer contacto, el doble esfuerzo, el cansancio, firme de la camisa, la ayuda de los demás, las caras de espanto, los llantos, la cerveza evaporándose y el sol pequeñito, allá arriba.

Tarja lo último de la lista mientras espera su turno para pagar en la caja. Las marejadas empiezan a llegar, junto con la culpa de no poder nadar más rápido, la arena se empapa, la culpa de haberlo perdido de vista, se impacienta, ya tiene agua hasta los tobillos; la maldita culpa. La cajera lo mira con compasión por un segundo antes de pedirle el dinero. Él se mete la mano al bolsillo, deja caer un puñado de arena sobre el mesón, la señora mira el pequeño montículo y lo acepta. Cuando sale a la calle, aún escucha entre los ruidos de la ciudad los graznidos de la gaviota.

¿Qué te pareció?