Lesly Zurita A. (CC BY-NC-ND 2.0)
Diciembre 17, 2012

Editorial 3

blank Por Cristóbal Araneda en Cuentos y relatos, Editoriales
1 min

Recuerdo perfectamente ese día. Fue una tarde de septiembre. El sol asomaba tímido, lo suficiente para alargar nuestras sombras en ese espacio indefinido entre la media tarde y el atardecer. Un par de altísimos árboles nos llamaron la atención y seguimos su pista. Cuando llegamos a ellos, estábamos en la plaza central del cementerio. Nos vimos rodeados de hermosos y pequeños mausoleos, como casas en un silencioso barrio donde rara vez los vecinos se visitan. Caminamos entre algunas tumbas del siglo XIX, y nos detuvimos ante la imponente vista del río desde un pequeño monte, monumento a aquel general caído en batalla hace 150 años. Nos dimos una vuelta por la avenida principal mientras compartíamos historias de amigos y familiares muertos. En cierto momento, me percaté que no veía mi sombra. Me reí y me volteé para contarte, y lo que vi fue la expresión más grande de tranquilidad que jamás haya visto en alguien. Tu sombra tampoco estaba y unos pasos tras de ti, alejándonos, caminábamos ambos. Más que nada por la impresión me quedé congelado en el lugar. Unos momentos después escuché un zumbido fuertísimo y en un parpadeo, desaparecimos de mi vista. Un murmullo comenzó a elevarse. Giré mi cabeza y ahí estaban todos, riéndose, festejando, niños corriendo, dos señoras sentadas en las escaleras de un panteón, todo vibrante, un hombre mirando el cielo y fumando. Una inefable calma se apoderó de mi corazón cuando me tomaste de la mano y nos internamos en aquella tumba que ahora era nuestro hogar.

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