Julio Lagos (CC BY-SA 3.0)
Diciembre 31, 2012

Te esperé tantos años

Por Mónica Montenegro en Cuentos y relatos, No. 3
5 min

Durante casi una hora, lo acompañó una sensación de incredulidad que lo estocaba de cientos de recuerdos, como un flash que se dispara rápido, consecutivo y sin cesar. Aunque la tenía en frente, bebiendo ese cortado que seguía gustando de intercalar con sorbos largos de agua mineral, no lograba convencerse de que no soñaba despierto. La miraba sólo a ella, porque no había forma que pudiera prestarle atención a algo más a su alrededor. El mar podría haberse alzado monstruoso a sus espaldas y él, simplemente, no lo hubiera advertido, la intensidad de esos ojos siempre lo habían superado todo.

Hablaron durante tres rápidas horas sobre todo. Se pusieron mutuamente al tanto sobre sus trabajos, sus preocupaciones, sobre sus vidas y sobre el amor, tema que ella puso sobre la ínfima mesa del café, tan ligero como quien pregunta sobre el clima. Él titubeó y no supo explicarse a sí mismo por qué. Qué más daba que ella, quien había sido su primer amor, aquel que lo volvió impetuoso, clandestino, irrespetuoso, romántico en el sentido más genuino y adicto al vodka naranja, le estuviera preguntando si ya a sus cuarenta, habían mujer e hijos. Qué más daba, volvía a aseverarse. Así que después de meditarlo internamente dos largos segundos y de procurar que ella no advirtiera su torpe nerviosismo, le contó sobre Eliana, su mujer. Ella se mostró cálida en la recepción, segura como siempre y esbozó es sonrisa infame que él jamás aprendió a descifrar. Lo felicitó y cambió el tema, él tampoco habló más sobre Eliana.

El amaba a su mujer. La adoraba como el haz que lo había sacado desde la más temible oscuridad, acompañándolo hidalga y amante en su despido de un trabajo y en su renuncia al siguiente, en la operación de su sobrino, en las interminables problemáticas familiares, en sus locuras de deportes extremos a los que ella temía, en la muerte de su madre. Siempre estaba ahí, presente, inherente. La mujer que todo hombre sueña a su lado, esa era su mujer.

Pero ahora era su turno así que, aunque sudoroso por ese nerviosismo que ella le causó desde la primera vez que cruzaron palabra, aún ahora, después de tantos años y temiendo a la daga que podían ser sus respuestas, hizo la misma pregunta de regreso. Ella calló algunos segundos, alzó su cabeza, vio hacia la derecha con la mirada perdida, sonrió con la maldita sonrisa indescifrable de siempre y regresó. Prefería no hablar de su vida privada. “Tú me conoces”, le dijo, y él dejó nada más que allí su infinito interés por saber quién más, cuánto más y dónde más.

Luego el aire denso que las preguntas hostigosas y las respuestas que parecían serlo aún más, comenzó a disiparse. Él no podía evitarlo, se sentía junto a ella como siempre lo hizo, loco y fresco, erotizado, gracioso. Incluso le parecía verse más atractivo cuando se acercaban a una vitrina. Caminaron otra hora después de dejar el café y sólo podía pensar en que ella le seguía pareciendo increíble. A sus ojos nada había cambiado, se veía igual de sensual, igual de insinuante, como si con cada mirada estuviera provocándolo. Y él, él parecía perdido y de pronto la intrusa Eliana ya ni con la argolla que le apretaba el anular aparecía; pasaron incluso frente al supermercado y él olvidó por completo su encarecido encargo.

Al llegar ella abrió mucho más que la puerta de su casa. Él sintió que su mente no sólo eliminaba cualquier culpa y que su corazón no sólo parecía más grande; a ambos perforaban las intensiones de esa mujer, la primera a quien él entregó todo, aquella que tenía todo cuanto quería junto a él, aunque tuviera que robarlo para entregárselo. La misma que un día frío de ese décimo mes le invitó un café para decirle que ya no sentía lo que se suponía que sintiera, o al menos no por él.

Todavía no terminaba de entender, todavía no podía apartarse de ese nerviosismo ni dejar de temblar, cuando ella llegó frente a él a sólo un par de centímetro de distancia. Lo acosaron tantas preguntas que le hubiese gustado hacer, porque antes de eso y mientras ella huyó cinco minutos al baño, él hubo de hurgar y recopilar la máxima información que los detalles de la casa pudieron darle. Se fijó en todo, la cantidad de comida en el refrigerador, los libros del estante por si aparecía alguno que no fuera de su gusto. Incluso procuró espiar desde la puerta de su habitación y, sin encender la luz, sólo con el destello de claridad que le aportaba la lámpara de la sala, vislumbró un dormitorio que le pareció incólume y tan femenino, que no mostraba presencia masculina alguna en esa casa, al menos no una permanente.

Pero ya estaba, con o sin información, con y sin sus preguntas, con su anillo de matrimonio incrustado y extasiado del placer que le provocaba el sólo tenerla frente a sí a esa distancia, soltó un suspiro largo, lleno del tiempo en que soñó volver a tenerla, repleto de los sueños de los que odiaba despertarse, cansado de los recuerdos, frío del rencor inmenso que al dejarlo sembró en su corazón, sereno de tanto placer. La besó como no había besado en años, la tomó entre sus brazos, sutil como siempre y la llevó al dormitorio donde luego se olvidaron de la hora, del vodka que casi no probaron, de las preguntas, de Eliana y de la sutileza.

Despertó confundido sobre el pequeño sofá de la sala. Frente a sí, sobre la mesa de centro, la botella del vodka y otra de ron añejado, casi vacías. Sobre su cabeza, el reloj de pared que mostraba las tres y veinticinco de la tarde. El dolor de cabeza lo abrumada al punto de casi no poder abrir los ojos y su cara la sentía tirante y pegajosa. Se levantó luego de unos minutos sin comprender nada y comenzó a caminar como pudo hacia el dormitorio, tan atontado que ni siquiera pudo advertir las manchas por sobre las que pasaba. Entró en el baño, orinó y luego se vio en el espejo. El terror, la confusión y la amnesia lo inmovilizaron. Sólo llevaba puesto el bóxer y estaba cubierto de sangre. Su cara, su pelo, el torso. Vio sus manos que también estaban empapadas del líquido a medio secar. Estaba horrorizado. Ahora, bien despierto por el miedo, al fin oyó que su celular sonaba incansablemente, aunque no podía determinar desde dónde venía el ruido. Comenzó a caminar despacio por el pasillo, temblando. Intentando recordar lo imposible. El alcohol y el rencor suelen ser pésima mezcla. Justo antes de asomarse a la habitación, oyó un fuerte frenazo afuera y el teléfono de la casa, que también empezó a sonar.

Tocaron a la puerta una, dos, tres veces. Tras la cuarta no esperaron más e introdujeron la llave. Él llegó al fin a la puerta del dormitorio y del sólo espanto cayó hacia atrás y quedó sentado en el suelo sin poder moverse. La había soñado tanto, sí. Había deseado tantos años volver a tenerla.

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