RL GNZLZ (CC BY-SA 2.0)
Diciembre 31, 2012

Taxi

Por Sergio Villar en Cuentos y relatos, No. 3
3 min

Tal parece que todo el invierno se había contenido para venir a caer hoy, sobre mí, la única silueta caminando bajo la lluvia, esquivando las pozas y el lodo, y ni siquiera puedo correr porque si lo hago mis pantalones se ensucian con pintitas de barro. No me queda más que esperar bajo la lluvia, empapado, con el mentón irritado luego de afeitarme, y se suma la lluvia, y una cortina de gotas brillantes que cae frente a mi rostro desde el pelo. Diviso un taxi a lo lejos con el asiento del copiloto ocupado, ese asiento que siempre espero esté vacío, pero la lluvia apremia, y extiendo el brazo para detenerlo con la autoridad que un brazo extendido implica, y el viento y la lluvia acarician mi mano. El taxi frena, debía hacerlo, y subo rápido, torpe, incómodo por mi estatura.

Atrás está vacío y me apego a la ventana contraria intentando mirar hacia afuera entre las gotas precipitándose al pavimento, cayendo desde el vidrio empañado. Sin mirar adelante pregunto si el taxi llega hacia donde me dirijo. El conductor titubea queriendo decir que no. Pero antes de que me lo diga interrumpo su estúpido ademán y le digo que no importa, que me mojo nomás, que me deje lo más cerca posible, cancelo, y me callo. Pero yo sé que el recorrido del taxi llega hasta donde me dirijo, pero le cancelo, molesto, sin mirarlo siquiera, y en mi mente lo insulto, y le lanzo toda la lluvia de mi cuerpo entumecido. Mala clase, inconsciente. Sabe todo lo que tendré que caminar y seguir mojándome pero no le interesa, sigue parloteando con la mujer en el asiento de copiloto, y yo juro que estiro los brazos y lo agarro del cuello, y el taxi se vuelca, y qué más da si se me quita el enojo. Pero no, yo no soy así. Y en mi mente continúo insultándolo mientras percibo su mirada asechándome por el espejo retrovisor, pero yo no lo voy a mirar a él, por mala gente.

Baja la mujer y la sensación de vacío absorbe en una bocanada todo el ruido del andar del taxi y de la lluvia en el exterior, y quedamos solos yo y el taxista mirándome por el espejo. Eso, así es, siente pena desgraciado. Y del silencio nace su voz como la de alguien que ha gritado por horas. Me dice que no sube hacia donde voy porque con unas monedas no va a arreglar el motor si se le estropea, y me lo dice como si necesitara escucharlo, como si quisiera oír sus excusas, si ya sé la clase de persona que es. Y no lo miro. Y mi rabia aumenta.

La lluvia se evapora con el calor de mi cuerpo y la garganta comienza a picarme. Me siento cada vez más incomodo y el taxista no para de mirarme. No sé si se burla o siente vergüenza por la insensatez que ha cometido. El taxi dobla y se acerca a mi destino, y el maldito me pregunta si a la derecha o a la izquierda sabiendo que voy a la derecha, y de nuevo extiendo los brazos y con las manos le aprieto la cara y le inserto los dedos en los ojos y volvemos a volcarnos y qué más da. Pero no me voy a rebajar a su nivel. A la derecha, sí, sí lo sabías. Lo hago parar y le digo “en la esquina por favor” y todo. Me bajo y cierro la puerta despacito mientras me mira como incitándome a patearle la ventana, pero no, yo no soy como él. Ahora tendré que caminar aún más, incluso me bajo antes y le doy limosna al desgraciado.

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