©2010 Álvaro Jara
Diciembre 31, 2012

Por amor al arte

Por Alejandro Manríquez en Cuentos y relatos, No. 3
2 min

Donde comienza la cicatriz, ahí debo insertar la punta del dedo. Lo hago y miles de colores explotan a presión hacia afuera, manchando húmedamente la ropa de los presentes, quienes responden de inmediato con una serie de sonrientes y entusiastas aplausos. Entre la euforia del éxito, olvido que pronto mi cuerpo se vaciará completamente, dejando sólo un envase de carne sedosa y grasienta, desprovista de vida y colores. La herida se abre más y más y los colores brotan con chorros de alegría, tan conscientes de su liberación como de mi completa necesidad por evitar su inminente escape. Así, mi vida se desliza por entre la piel, acelerando sin parar el entusiasmo de los invitados. Sus copas de vino y champagne caen al suelo mientras sus coloridas vestimentas son rasgadas entre gritos de completa y libre bestialidad. Tirado como un trapo de colores yace mi cuerpo en el suelo, palpitando tan desesperadamente como un pez que intenta respirar fuera del agua. A mi derecha, tres hombres calvos y gordos muerden la pierna de un cuarto, la cual sangra y tirita ante esos afilados dientes, manchados de alcohol y canapés de queso roquefort. La sangre se mezcla sutilmente con los demás fluidos, formando un hermoso tejido de colores y texturas.

Por fin, el reloj marca las doce, y los invitados se levantan, exhaustos pero alegres, dejando los rasgados pedazos de ropa, carne y quesos sobre los sillones, o colgados de los percheros. Algunos cadáveres son guardados en un improvisado cuarto de invitados, mientras otros, los más vistosos y coloridos, se cuelgan de las paredes y enmarcan con finos marcos de plata. Los últimos abrigos son retirados de sus perchas para luego salir, entre bromas y sonrisas, a las frías y grisáceas calles de Santiago.

En la habitación ya vacía, mi cuerpo se desangra. Los colores comienzan a perder tonalidad, la herida se abre más y más hasta alcanzar la envergadura completa de mi abdomen. En el silencio de la sala, el único movimiento visible es el de mi corazón, saliendo lentamente por mi pecho. Y, al fin solo, contemplo los resultados de mi obra.

Todo sea por amor al arte.

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