Frasco Ramos "Unicido" (CC BY 2.0)
Enero 1, 2013

Movimientos habituales que no vemos

Por Andrés Torres en Cuentos y relatos, No. 3
3 min

Por Andrés Torres M.

El hombre ha vuelto a su hogar. Se detiene un momento ante la puerta de su departamento con la mirada fija en la cerradura. Inmediatamente saca la llave de uno de sus bolsillos del pantalón y la introduce lentamente por el agujero metálico. La puerta del departamento se abre. La mano del hombre se arrastra por la pared, oscura, fría y porosa. Los dedos del hombre presionan el interruptor de la luz. La luz entonces inunda violentamente el interior de la habitación, desnudando a las paredes que parecen avergonzadas de exhibir negras manchas de humedad, las cuales corroen la pintura blanca que las cubre. El hombre entra en el departamento, el cual solo consta de un ambiente, donde todo cabe: la cocina, el baño, la cama. El hombre cree ver algo que se mueve atrás de él. Tuerce un poco el cuello, y por el rabillo del ojo, ve que una cajonera abre un párpado café y barnizado, donde una pupila negra le mira detenidamente. Rápidamente se vuelve hacia ella, pero la cajonera ha cerrado su párpado. En sus labios se dibuja una pequeña sonrisa nerviosa. El hombre mira sus pies y sobre el piso distingue cuatro vellos púbicos que le recuerdan la soledad absoluta en la que se encuentra. Se acuclilla y agudiza la vista. Los vellos púbicos son arrastrados dificultosamente, hasta debajo de la cama, por unos extraños insectos que nunca antes había visto. Un temblor recorre su cuerpo. Rápidamente se pone en pie. Por una de sus mejillas se desliza una pequeña gota de sudor que detiene con uno de sus dedos. Maquinalmente se desviste, dejando su pesada vestimenta de trabajo botada por el suelo, arrugada y vacía de su carne. Desnudo se deja caer sobre la cama, donde gira unos momentos hasta encontrar la comodidad en la posición fetal. Sus ojos se clavan en la pared, en una de las tantas manchas de humedad. Le parece tan agradable aquella mancha, tan calma, tan alejada de todo. Desea ser ella. Pero entonces, por el borde de la cama, una mancha negra comienza a ascender, devorando a las otras manchas y a la luz que cubre la piel de las cosas que empiezan a temblar y a emitir desesperados quejidos. El traje del hombre se retuerce en el suelo como si olas de ataques epilépticos lo invadiesen. El hombre comienza a sudar y sus manos desgarran las sabanas de la cama. Cierra los párpados fuertemente, como si con ello fuese a protegerse de la oscuridad que no deja de avanzar. Y grita: ¡Por favor, por favor que pare ya! Inmediatamente los párpados del hombre se abren. La habitación ya está en calma. El hombre se echa a llorar desconsoladamente.
Una mañana, el hombre es encontrado muerto. Su cuerpo colgaba de un cable amarrado al tubo de la cortina de baño. Los vecinos de los otros departamentos, no aguantando el olor a descomposición que salía del interior de la morada del hombre, decidieron derribar la puerta. Una mujer que se asomó a mirar lo que sucedía, vio los pies desnudos y extrañamente ennegrecidos que se balanceaban, mientras que era descolgado por un par de vecinos. Inmediatamente la mujer corrió a llamar a la policía. Tiempo después la policía dijo a la prensa que no se encontraron motivos para la muerte del hombre. Alguien preguntó si podía tratarse de un homicidio. El policía frunció el ceño y dijo que no, pues el hombre carecía de enemigos y de amigos. Tampoco se habían encontrado razones para un suicidio. Solo se halló un delgado cuaderno donde el hombre había escrito un poema titulado: “Movimientos habituales que no vemos”.

Este texto es parte del tercer número de Un Pelo Perdido.

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