Rex Sorgatz (CC BY 2.0)
Enero 1, 2013

Malas vibraciones

Por Efrim Manuel Menuck en Cuentos y relatos, No. 2
5 min

Por Efrim Manuel Menuck.

Alex. Camina por la ciudad. El cielo ya está oscuro, no ha sido un día agradable y lo único que anhela, en el momento en que sus pasos marcan y dejan registro de su existencia sobre el pavimento capitalino, es dormir, recostarse, apoyar la cabeza sobre la almohada, apagar las luces, poner un cartón en la ventana y dormir. Es aniversario de la muerte de su padre. El primero. Lo recuerda, pero no ha sido eso lo que le ha arruinado el día, sino un montón de líos académicos, problemas con sus compañeros y una mala discusión con el chofer de la micro. En algún momento su camino se detendrá y llegará a su casa, dormirá y descansará, probablemente no ponga el cartón en la ventana, pero igual descansará. Y luego de eso iniciará otro día.

Y fue así, y no solo una vez, muchas. Muchos días malos consecutivos, y la angustia, los malos ratos, la sensación de vacío. Para introducir los comentarios de Sebastián Salas sobre la situación de Alex es necesario primero explicar como entra uno en la vida del otro y qué rol cumple. Y no es algo difícil de explicar. Alex no permaneció en Concepción, pues creía que no había nada de peso que le atara a aquel lugar. Puede que se haya equivocado o puede que no. En algunos momentos sintió que sí y en otros que no. Pensaba que quería algo nuevo, alejado, empezar, de alguna forma, una nueva vida, y que fuera mejor. Entonces tenía todas las posibilidades en otra ciudad. Ingresa a la carrera de Derecho en la Universidad de Chile. Se aloja por uno o dos meses en la casa de unos tíos, lo que le resultó harto contradictorio al momento de iniciar su nueva vida. Tiene el plan, claro, de irse a un departamento, a una casa interior, o a una pieza donde tenga todas las posibilidades, como para experimentar la libertad. Al tiempo abandona a sus tíos, los cambia por una pieza en un sector cercano a su casa de estudios. Es un lugar casi tétrico donde una docena de estudiantes arriendan piezas, por las noches se cocinan arroz y se juntan a tomar cerveza en la pieza de turno, algunos follan entre sí, otros simplemente leen las fotocopias que sus docentes le encargaron para la clase siguiente. Alex participa de todas estas prácticas sin mayor regularidad. Algunas noches se duerme pensando en como mejorará su situación, en como andarán todos por Concepción o en los deberes que tiene para la semana, otras pasea por las calles cercanas, se sienta en una banca y admira a la gente que pasa y no parece tener un lugar donde llegar, aún a pesar de toda esa prisa. Algunas veces se queda estudiando toda la noche. Algunas veces sale con amigos, o con lo que él cree, erróneamente, que alguna vez serán amigos, y se toman unos tragos, hablan de mujeres, fútbol, universidad, se embriagan y por ahí se acaba la velada. Unas veces, las menos, se queda mirando la pared y llora un poco. Y así, entre tantas ocupaciones, entre tantas noches, se le pasa un año a Alex. Durante ese año conoce a Sebastián Salas, estudiante de Medicina, tipo correcto, sin muchos recursos pero con una capacidad de emprender envidiable. Sebastián, mientras espera la micro, le cuenta su plan: irse de la pieza, arrendar una casa interior. Ya la tiene vista, conversado el precio y las formas de pago, pero le falta un apoyo, pues solo, con el indigno sueldo que recibe por garzonear los fines de semana, no le alcanza. Se queda mirando a Alex. Ambos entendieron. Alex, pasado el tiempo, le dice que sí, y se van, un día de aquellos, a vivir a la casita interior, transportando sus pocas cosas en la misma micro, muy incómodos, y más el resto de los pasajeros. Sebastián es de Rancagua, desde donde, pasado muy poco tiempo, sus padres le envían una cocina pequeña pero eficiente. A Alex le traen desde Concepción, sin siquiera esperarlo, un pequeño refrigerador, una especie de frigobar pero multiuso. Es su hermano menor quien se lo trae, con una sonrisa en la cara por el viaje que debió emprender, el que, más que arduo, le pareció divertido. ¿Y tú no fuiste a clases?, le pregunta Alex, a lo que su hermano le responde: El drama era que o faltaba yo a clases o mi madre dejaba de trabajar.

¿Y qué decía entonces Sebastián sobre los malos días de Alex? La relación de amistad que fueron construyendo se afianzó con el tiempo. Varias veces Alex se fue a dormir a la casa de Rancagua. Tan solo una vez Sebastián se quedó en Concepción, y fue por fuerza mayor. Aún así, en la pequeña casa interior de Santiago las cosas iban bien.

¿Y qué decía? Alex llegaba a la casa y tras saludar se iba directo al dormitorio, donde no pasaba mucho hasta que se durmiera. Sebastián un día dejó el computador y golpeó la puerta de su compañero. ¿Estás durmiendo?, le preguntó, entendiendo al instante lo ridículo de la pregunta, lo que no le evitó esperar unos segundos a que le contestaran. No, le dijo, ¿qué pasa? Sebastián entró, se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la pared de madera, con la cabeza justo debajo del dibujo de Hitchcock, antiguo recuerdo de la escuela, medio roto, medio sucio, con los colores originales perdidos hacía años. La pieza estaba hecha un desastre. Había incluso comida que parecía empezar a cobrar vida propia en unos platos que dudo alguien se atreviera a lavar, botados, asomando por debajo de la cama. Prendió la luz de la lámpara, Alex, y miró a su compañero. Estás así por lo de tu padre, dijo Sebastián, y en su tono no se distinguía muy fácilmente si eso había sido una pregunta o una afirmación. Y lo peor es que no era por eso, y aún cuando Alex se lo dijo fue difícil para él, durante los días que siguieron, sacarse esa idea de la cabeza, hasta que en un momento, caminando por el campus, advirtió la presencia de Alex bajo un árbol que empezaba a sufrir los azotes del otoño, a una hora en la que debería estar rindiendo un certamen, muy comentado hacía unas semanas por el mencionado. ¿Ya tan rápido lo terminaste?, preguntó Sebastián. Algo así, dijo Alex, y lo invitó a comerse unas sopaipillas con mostaza, como medida precautoria, pues el día parecía empezar a arruinarse. Caminaron, saludaron a unas personas que conocieron alguna vez en alguna fiesta, siguieron, se metieron por entre un grupo de gente que se apilaba alrededor de un vendedor de cine, muy pirata y medio anarquista todo, la gente y el cine, la imagen incluso, a la que no se adhirieron, salvo unos instantes, nuestros personajes, pues sus pasos continuaron hasta que en un minuto, cuando ya estaban cerca de la sala en que impartían las clases que Sebastián debía tomar, este se detuvo y miró a su compañero de casa, que iba por la mitad de su sopaipilla. ¿Y qué es entonces? Le preguntó. No se, dijo Alex. Mordió un pedazo que rebosaba de mostaza, perdiendo un poco que se le cayó al suelo, y pareció pensativo a ojos de una niña que a pesar de su prisa se dio un segundo para mirar la cara de ese joven del sur. La chica siguió adelante. Alex repitió la frase. De verdad no sabía.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

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