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Enero 1, 2013

Los que no caminaban

Por dani vera en Cuentos y relatos, No. 3
3 min

Por dani vera.

Era el primer día de primavera. A pesar de pasar todos los días por la misma plaza, nunca había notado la belleza de los botones brotando entre las ramas de los árboles. Una que otra flor ya asomaba. Los rayos de sol eran cálidos y la brisa que aun persistía se llevaba lejos las últimas hojas secas del otoño. El cuadro completo era un paisaje hermoso y de alguna forma me emocionó. Descansé en una banca para admirar el lugar pero inmediatamente mi inesperado encanto me avergonzó.
Por un paso empedrado la gente transitaba cabizbaja y opaca. El andar continuo de cada uno,  de pronto me hizo sentir extremadamente distante. Tan diferente que incluso soñé la existencia de solo dos tipos de personas: las que caminan y yo. Las ingenuas ideas que prosiguieron a ésta fueron interrumpidas por una suave brisa, que entre su vuelo, arrastraba un aroma nauseabundo. Pronto estuve impregnado de aquel aire. Mi cuerpo reaccionó como era debido, mi cuello apretado impedía su paso y mis ojos enrojecieron. Aferrado aún a la banca busqué en todas direcciones el motivo de aquel hedor. Para mi sorpresa el hecho se hizo inmediatamente evidente. Frente mío, en medio del afluente paso empedrado, yacía el cadáver de un asno gris.
Mi asombro no podía abarcar la presencia de semejante pedazo de carne en pleno estado de descomposición. Con cierto pudor volví la mirada hacia el animal con el fin de asegurar que no se tratara de una alucinación. El hecho me pareció insólito y alarmante. Imaginaba los periódicos informando de tal escándalo. Busqué en los que caminaban alguna señal de asombro, sin embargo, pasaban junto al cadáver a marcha rápida, sin siquiera mirarlo. Lo evitaban como de si un charco se tratase y algunos se tropezaban pisándole su cola o sus patas maltrechas.  Incluso un hombre que casi cae por culpa de este le rompió la quijada de un zapatazo. Los que caminaban pronto me parecieron bárbaros, casi sicópatas. El cadáver del asno, en cambio, me produjo tristeza.
Una niña se le acercó corriendo y brincó sobre su lomo. A unos pasos su madre la observaba distraídamente mientras andaba de aquí para allá, hablando por teléfono.  La niña, que fingía cabalgar un caballo, gritaba en busca de atención. Avancé horrorizado hasta la pequeña y la levanté de un brazo. Su madre enfurecida la arrancó de mis manos y siguieron el camino. Pude sentir sobre mis hombros las miradas fulminantes de los que por ahí andaban.
El aroma putrefacto que brotaba del animal se había vuelto gentil. Su cadáver desparramado me parecía más bien alegórico y pronto me vi como responsable de su protección. Lo tomé de ambas piernas e intenté arrastrarlo fuera del paso empedrado. Los que caminaban cerca, aún le pisaban sin remordimiento. Quizás por el estado del cuerpo, las piernas cedieron antes que lo pudiera mover y la piel desgarrada por los mismos huesos dejó al descubierto la carne frágil y amoratada. La visión me pareció sobrecogedora y caí arrodillado con ambas piernas aún en las manos. La suavidad del cuerpo,  el crujir de los huesos al partirse y el aroma dulce de la carne me encantaron tanto como los botones de las ramas. La facilidad del destrozo me pareció entonces cautivadora. Volví a quebrar las patas y las oculte entre mis ropas. Proseguí con el resto del cuerpo pero pronto ya no tuve más espacio para seguir guardando y mis bolsillos colapsaron. La carne descubierta se desasía entre mis dedos cuando la estrujaba y acerqué un puñado hasta mi boca. Los que caminaban habían dejado de mirarme y transitaban a mi lado. Después de unos pocos bocados caí sobre los restos del animal y pronto mis dedos fueron aplastados entre los zapatos de los otros y el piso empedrado.

Este texto es parte del tercer número de Un Pelo Perdido.

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