©2010-2015 Camilo Hernández Verdejo
Enero 6, 2014

Limerente anónimo

Por Nicolás Giraud en Cuentos y relatos, No. 4
1 min

Ese paso melódico, una cadencia impregnada en sus caderas que va dejando por donde pasa impide curar mi taquicardia. No, es la falda del mismo color que el café que sirve, si cada vez que un vistazo de rodilla nívea como los documentos que lleva se vuelve visible… ¿No serían sus piernas entonces? ¿Su piel?

Su eficiente mirar enmarcado de lentes rojos o los tacones que causan la cadencia
condenada que mueve la falda y permite que vea las rodillas. ¿Graduada con honores? ¿Habla cinco idiomas? ¿Buena presencia? La hace una buena secretaria más, sin duda. El negro de sus sostenes destiñendo en la blanca blusa con delicadeza obscena solo la hace real. Hasta ayer sólo extraordinaria. Ya no.

Al gritarle suavemente al oído cuanto la amaba cuando vino a pedirme el recuento del mes, me preguntó jocosa mi nombre y caminó lejos, burlándose más que ignorándome.

¡Alabada sea ella que por malvada es perfecta! Si no, cuanta tranquilidad me hubiera
proporcionado, cuanta paz. No así, me condena a adorarla eternamente, a desear que mi “Gómez” se almacene en su mente, y que se desprenda, al menos, un pelo de su ajustado peinado en mi honor.

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