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Enero 6, 2014

la posibilidad de un jardín

Por Alex Cárdenas en Cuentos y relatos, No. 4
6 min

Al despertar la luna aún seguía en el cielo y la luz sobre la ciudad era tenue, como si el avance del día sobre la noche se hubiese quedado en la mitad. Entonces Germán tuvo un recuerdo poderoso: Estaba ebrio y reía siguiendo por una vereda a un amigo que montaba una bicicleta, en una noche calurosa del verano de dos mil siete.

Luego recordó otras habitaciones y personas que habían quedado atrás. Se vistió y partió a su primer día de trabajo.
Fue al colegio del sector poniente de Temuco en el que había quedado como profesor suplente. Era su primera vez dentro de una sala de clases sin ser parte de los alumnos. Se comportó de forma nerviosa y seria, su presentación fue un fiasco frente a sus expectativas: «Soy Germán González y estaré con ustedes por unas semanas». No es que él hubiese deseado entrar convertido en un payaso, el ánimo no le hubiese alcanzado, pero tenía otras ideas en la cabeza para tan esperado día. Su madre llevaba en aquel momento dos semanas muerta y sepultada. Al terminar su clase hizo un trayecto en colectivo que lo llevó hasta el cementerio general.

Dio vueltas antes de llegar a la tumba de su madre. Paseó entre mausoleos y nichos mirando fechas de nacimiento, defunción y nombre raros. Recordó mientras caminaba, aquella ocasión en que con diecisiete años, su mamá había perdonado a su padre por haberle engañado con otra mujer. Durante ese periodo incierto hacia el final de lo que el resto conoce como adolescencia, su papá había vuelto a la casa –aunque nunca se había ido del todo- y tuvo que acostumbrarse a la idea de verlo a diario. Su madre había terminado por perdonarlo, pero él no.

Germán se dispuso, en aquella época, a amar como se ama las grandes cosas de la vida: sin esperar nada a cambio. Perdía el tiempo bebiendo con compañeros de curso en sitios eriazos y se encontraba algunos días a la semana con un amigo al que amaba de esa forma en la que sólo él creía. Su amigo era mayor por tres años, bajista en una banda de rock que nunca llegó a presentarse oficialmente en la ciudad. El comienzo de la historia de ellos fue absurdo, lo importante estuvo en el final, en el final abrupto de aquella relación extraña y oculta que llevaban. Fue su primer dolor, el primero que pudo diferenciar como tal. Cuando aquella rara amistad se extinguió, desaparecieron también las juergas de a dos junto a lagunas, los recorridos por las calles en bicicleta y tener a alguien para conversar largas jornadas. Germán busco dentro de sí y encontró parajes desolados en los que se amparó. Había perdido un amigo, y cuando un amigo se va, ya no se tiene con quien hablar de ciertas cosas.

En la tumba de su madre depositó flores queriendo depositar un jardín completo. Por qué llevar flores cortadas que morirían más tarde, si un jardín de estas sería mejor regalo para los muertos. Una manera de mantenerlos vivos a través de ellas, fue lo que pensó. Nunca había regalado flores a nadie, concluyó entonces en la posibilidad de un jardín.

Volvió a casa cuando la ciudad comenzaba a oscurecer y una vez allí quiso comer algo, pero fue incapaz de tragar. Preparó la clase para el día siguiente y luego bajó dieciocho pisos desde su departamento para comprar cigarrillos. En el almacén había un niño de unos diez años que esperaba por algo, fue en aquel momento que una niña entró y en el aspecto de ambos hubo algo que le interesó. El niño lucía como algo parecido al silencio pero no menos furioso, de los que prefieren estar afuera, no en casa, pero se quedan viendo caricaturas cuando sus padres no están o buscan en un libro el escape perfecto para huir del murmullo generalizado de niñatos a los que sienten tan lejanos. En cambio, en la niña, había algo totalmente diferente, lucía como un insoportable ser avasallador. Pensó que había algo terrible en la apariencia de algunos niños, que hay niños que están condenados sólo por su aspecto, como si a través de eso pudieran decirlo todo. Sólo había que poner un poco de atención.

De vuelta a su departamento caminó fumando y en un paradero reconoció al niño del almacén, acompañado de una mujer que parecía ser su madre, ella luciendo con prisa, él en cambio, sentado con lo que parecían ser unas láminas entre las manos. Fue un reflejo intenso y momentáneo de lo que había sido su niñez.

Fue donde su padre el día siguiente. Lo encontró almorzando y viendo televisión. Se sentó a la mesa y hablaron poco hasta que el noticiero terminó. Extrañó a su madre, los platos preparados por ella que no volvería a comer jamás. Se había llevado todo, recetas y palabras. Luego le mencionó a su padre lo de las flores, recordándole el jardín que había mantenido su mamá hasta poco antes de morir. La idea al padre le agradó, vio en el jardín un modo de encontrar distracción.

Llegado el fin de semana, se encontraron otra vez y rociaron la desértica entrada de la casa con semillas de pensamientos. Y Germán acabó haciendo lo mismo ese día en la tumba de su madre. Sentado en uno de los bordes, miró hacia el cerro que colinda al cementerio. Alguna vez había corrido el rumor de que cuando ya no hubiera espacio para más entierros, este se extendería hacia arriba por las praderas, y recordó a su madre diciendo que le gustaría ser sepultada en aquel lugar para observar la ciudad y a quienes fueran a visitarla mientras se acercaban. Imaginó y deseó lo mismo, dormir bien arriba en el cerro, y ver de una manera imposible, bajo tierra y con los ojos al frente, la ciudad extendida, ramificándose llena de luces por la noche, como también, al chico de la bicicleta, a quien nunca había conseguido olvidar, acercándose y perdiéndose por senderos inexplorados para danzar sobre su bicicleta bajo todas las estaciones.

Tuvo la intención de abandonarlo todo y regresó a casa sin quitarse eso de la mente. Subió hasta su departamento, fumo en el balcón. Sus deseos habían estado durmiendo hace tanto, los había evitado hasta volverlos inexistentes. Fue casi cuando su cigarrillo aprestaba a consumirse del todo, que su celular comenzó a sonar. Era Tatiana, su mujer.

—Hola amor —escuchó y seguidamente escucho otra voz—: ¡Aló papá!
—Hola hijo —respondió con una sonrisa y terminando de fumar nervioso.
—Papá, le eché cubos de hielo a la pecera de la abuela —le dijo el niño.
—Imagínate como se puso mi mama, no le gusto para nada la gracia del niñito este.
—Bien, hijo. —Soltó Germán en medio de una carcajada desganada.
—¿Cómo que muy bien? —preguntó su mujer—. Ha estado maldadoso acá, lo vieras. Los peces terminaron muertos y mi madre con ataque.
—Bueno, dile a tu madre que le compraremos peces nuevos.
—Eso fue lo que le dije —Respondió ella y prosiguió—. ¿Cómo has estado?
—Bien, pero con bastante trabajo.
—Agotado me imagino. Ah, antes de que se me olvide, mi papá ya pagó el dividendo de este mes.
—Si, cuando regreses quiero que hablemos de eso.
—¿Pasa algo malo?
—No, nada malo, sólo que he tenido algunas ideas, pero las hablaremos cuando regreses.
—Está bien. –Contestó ella.
—¡Papá comeré flan de vainilla que hizo la abuela!
—Que rico, hijo.
—Tú odias el flan de vainilla, amor.
—Sí, ¿recuerdas por qué cierto? —a través del teléfono escuchó ruidos de juguetes—. Dile a nuestro hijo que lo amo—. Terminó por decir.
—Cuándo estuviste hospitalizado por apendicitis y te dieron mucho de ese flan, lo recuerdo, por eso lo odias.
—Las comidas y los postres eran malísimos.
—Ay amor, te voy a cortar, vamos a pasar a la mesa. Quiero acostar temprano al niño hoy.
—Bueno, dale saludos a todos por allá.
—Ya. Nos vemos dentro de unos días. Te amo.
—También yo.

Al colgar, el departamento le pareció vacío. Observó el calendario y la proximidad de su cumpleaños número veintiséis. Sintió algo parecido a un escalofrío, sintió como si hubiese dejado escapar su vida hace mucho. La muerte de su madre le había hecho entender la muerte bajo dos formas posibles, la cercana, la de los seres a los que uno se acostumbra tras compartir con ellos por años y la muerte en clave de esencia de perfume, la de personas que se ven tan pocas veces en la vida, pero conmueven extrañamente, y luego uno ya no ve más. Se quedó recostado en la cama, pensando, mientras la habitación oscurecía gradualmente junto a la ciudad, luego prosiguió con lo de siempre, se sumergió de vuelta en la preparación de una clase más y por la mañana, habiendo dormido pocas horas, regresó al trabajo.

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