Jon Roman (CC BY-NC 2.0)
Diciembre 30, 2012

La cita

Por Fernando Valenzuela en Cuentos y relatos, No. 3
3 min

Por Fernando Valenzuela.

Finalmente aquí estoy. Dentro de una hora, quizás un poco menos, vendrá a buscarme. Eso creo. Eso presiento. Un adagio suena en algún rincón de esta sucia y miserable existencia. Pero saben una cosa, me siento feliz. El árbol del jardín sigue dando manzanas, el perro negro y desgarbado sigue moviéndome la cola cada vez que salgo a buscar algo que beber, algo que fumar, algo que comer. La vida, en definitiva, no es un asunto de inmaculada felicidad. Las calles húmedas y atestadas de sin sentido no son más que el paraíso no reconocido. Las mujeres sin amor, los hombres horrendos, los perros vagabundos, saben de lo que estoy hablando. Al final, espero despertarme alguna vez de nuevo entre estas mismas paredes para volver a abrir estas mismas deshilachadas cortinas, para ver algo de luz desteñida por la melancolía del mundo. Y es que todos viven el miedo de vivir cotidianamente. Y es que el panadero debe despertar cada madrugada para hacer el pan de la mañana. Los alcohólicos desterrados deben barrer las calles para ser justos con la pretensión de limpieza. Los motores de las ocho horas de trabajo mal pagado deben estar aceitados y listos para cumplir su misión. Todos deben cumplir con su misión encomendada: “El mandato divino”. Yo, en tanto, me siento en mi silla perfecta, esa que me deja deslizarme en ella y descansar. En mi mano un libro de algún poeta anónimo, en la otra un vaso de fernet y en mis ojos el preámbulo de la muerte bienvenida. Al final, todos sabemos la palabra pero no lo que significa, no lo que conlleva entre sus fauces de mujer desconocida, bella y desbocada. ¡Ah, sí!, ya la siento venir. La espero impávido, insolente, con los retazos del que alguna vez naciera como todos, del que alguna vez insistiera en conocer el éxito, ¡PUAJ!, ¡LO DEJÉ! Renuncie a la opacidad de lo cotidiano, me hice al viento sin saber donde pararía y aquí estoy. Nada especial. Nada tan inesperado. Sólo que la gran diferencia entre todas las vidas es que yo espero seguir estando malhumorado y fuerte, aún cuando las gotas de sangre de mi corazón comiencen a inundar el cuarto de mi alma. Si, eso seria algo. Por mientras sólo espero. Las teclas de una maquina de escribir se sacuden y tiemblan, la tinta maltrecha de palabras funerarias piden flores rojas, el perro fiel me mira desde afuera esperando mi muerte. Y así creo me he pasado la vida: esperando. Esperando que alguna puta corriera a mi entrepierna volcánica sin cobrar, esperando que lloviera algún licor como borrasca infernal de julio. En fin, he esperado muchas cosas sin que alguna vez haya llegado algo. El olor de una vida de interés profano se cuela por las hendiduras del criterio, de la moral y de la cotidianidad. Es mi bendito perfume. Me mantengo firme, me mantengo atento, mientras llega aquella dama indiferente a las ostentaciones de la vida. Ella es única. A ella es a la única que me he dignado a amar, ella es a la única que le he escrito poemas de amor y sangre y le he dedicado sacrificios y rituales dionisiacos cuando los perros aúllan el crepúsculo. A ella, sólo a ella. Se huele en el aire, conozco ese perfume. Un ramo de rosas rojas y un hasta siempre mundo. ¡Adiós mi silla perfecta!, ¡adiós mi fiel perro negro y desgarbado!, ¡adiós mis deshilachadas cortinas!, ¡adiós!, que me voy de copas esta noche, junto a ella y su vestido de lentejuelas.

Este texto es parte del tercer número de Un Pelo Perdido.

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