Pedro Encina (CC BY-ND 2.0)
Diciembre 10, 2012

estructura

Por Mark Bowen en Cuentos y relatos
3 min

Por Mark Bowen.

Era el profesor correcto, símbolo del buen criterio y la norma establecida. Alto, canoso, pocas arrugas en el rostro, contextura delgada y unos lentes que le brindaban un carácter culto. Caminaba con uniformidad, sin sobresaltos y atento -pero no paranoico- a lo que acontecía a su alrededor. El académico acostumbraba anotarlo todo en una libretita; sus apuntes, sus direcciones, sus clases, todo estaba registrado, la guardaba como el tesoro de su vida, pues su esquema estaba expuesto ahí, el esquema de su vida que tanto le costó construir.

Llegó a su casa, guardó su libretita en el bolsillo izquierdo de un abrigo oscuro, ancho y exageradamente largo, en el otro bolsillo guardó las llaves, se relajó el nudo de la corbata y se quitó los zapatos dejándolos ordenadamente en su respectiva caja. Decidió calzarse unas zapatillas que de ordinario las lucia para jugar fútbol.

Se preparó en la cocina un café con leche que tomó mientras comía galletas. Entonces una migaja cayó dentro de la taza haciendo que el brebaje se rebalsara y una mínima gota color marrón saltó a la camisa blanca del profesor. El profesor miró la mancha y soltó la taza medio llena en el lavaplatos como si nada, el café con leche escurrió por el drenaje mientras el docente imperturbable no quitaba su vista de aquella huella que lo ensuciaba.

De pronto el profesor se puso a gritar, salió corriendo de la cocina y se instaló en el living, se bajó los pantalones y empezó a masturbarse desaforadamente, se retorcía simulando a un epiléptico y volvía a masturbarse con ansias. Se toqueteaba su miembro sin compasión, lo golpeaba y lo tironeaba, el semen no tardó en abrirse paso, corrió por todos los espacios del living manchando cada mueble, cada adorno, cada cuadro, todo. El semen se propagó igual al chorro de una regadera en el prado. El profesor siguió masturbándose y dando gritos de mono por todo el espacio, gritaba improperios a la tierra y hacia él mismo, empezó, también, a golpetear su pene contra la mesa del comedor como si se tratase de un mazo, azotaba su nobleza de arriba a abajo y gritaba a todo volumen “caso cerrado, caso cerrado”.

La locura no terminó, ni mucho menos. Cuando se desnudó corrió por toda la casa y defecó en todos los rincones que le parecieron posibles, tomó sus excrementos y los lanzó por las paredes, abrió una pan y le unto su caca encima, se lo comió, al rato vomito en un balde, el balde lo llevo al baño y lo vació en la tina en donde ya había agua acumulada, el hombre se lanzó al agua -siempre con las zapatillas- y se escabulló entre gargajos y agua.

No contento con eso, mientras se bañaba en su peculiar mezcla, decidió contorsionarse para poder probar su virilidad, logro tocarse el prepucio y como un desquiciado abrió toda la boca para tragarse su miembro, lo consumió, lo mantuvo en su boca hasta que no pudo respirar más y lo soltó como quien escupe un caramelo sin sabor. Aun excitado salió del baño, se puso el abrigo y corrió por las calles de la ciudad, le mostraba sus genitales a todos los que pasaban cerca, poseyó a un perro vagabundo y masticó la tierra de un parque, incluso se subió a algunos techos y quiso imitar a los pájaros, pero no en el volar si no que en lanzar los desechos desde el aire. Su locura lo llevo hasta la universidad, ya iba a amanecer, abrió las puertas de la facultad con su llave maestra, nadie lo vio entrar, luego ingresó a su oficina privada y se echó tumbado a dormir como un perro.

Cuando despertó a las 6:30 estaba medio desorientado, rápidamente sacó una ropa que tenía guardada dentro de sus cajones, estaba igual de pulcra y elegante que la del día anterior. Se vistió, se lavó el cabello y la cara, parecía un hombre nuevo. Simuló entrar a la facultad, saludó a todos con cordialidad, se sentó en su oficina y guardó el abrigo no sin antes sacar su libreta. Ahí se quedó revisándola, y así empezaba otro día en su perfecta y amada estructura.

Este texto es parte del tercer número de Un Pelo Perdido.

1 comentario
  1. Anonymous Mayo 2, 2013

    Chévere el cuento, me gustó. Quedé boquiabierto cuando leí que el tipo se volvió loco y cuando me enteré de que todo siguió igual de calmo.

    inicie aquí la dialéctica hegeliana

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