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Agosto 15, 2012

El Visitante

Por Valentina Moscoso en Cuentos y relatos, No. 2
2 min

Por Valentina Moscoso.

La mirada, vacía de todo sentimiento, está fija en algún impreciso punto de la habitación. Su cuerpo, inmóvil, se encuentra tendido sobre la cama en posición fetal.
Lenta, pero inexorablemente, las sombras se apoderan de la pieza, una ventana está abierta y el viento invernal se cuela por la abertura carente de cortinas, la lluvia, que amenaza desde hace algunas horas, se deja caer acompañada de truenos y relámpagos.
De entre la desconchada pintura azul que cubre las paredes, salen arañas. Pequeñas y negras, sus delgadas patitas se mueven a una velocidad vertiginosa mientras forman estrafalarios dibujos en las paredes. Por la ventana entra un extraño duendecillo de porte liliputense, vestido con ropajes completamente amarillos, y comienza a dar vueltas alrededor de la cama al tiempo que lanza terribles alaridos. Él no se mueve, sólo cierra cuidadosamente los ojos.
Afuera el viento sacude los árboles. Es una calle como cualquiera: una larga hilera de casitas cuadradas frente a otra larga hilera de casitas cuadradas, veredas angostísimas precedidas de rectangulares jardines con pocas plantas. Algunas viviendas tienen mascota, otras, como esta, tienen auto.
El duendecillo se sube de un salto a la cama, acerca su cara a la de él, lo abofetea, lo pellizca, lo muerde… pero no hay respuesta. Las pocas inhalaciones que realiza son apenas audibles, está pálido y ojeroso. No parece vivo, sin embargo, lo está.
–¡Clara! ¿Dónde está tu hermano?–No lo sé. En su pieza, quizá…
Busca la puerta mas no la encuentra. Las arañas, asustadas, comienzan a replegarse. El miedo se apodera de su rechoncho cuerpecillo, patea, grita, llora… pero la puerta no aparece, no está, no existe. Se dirige hacia él, vuelca su enojo contra él, pero él se niega, una vez más, a responder, prefiere callar mientras intenta autoconvencerse de su inexistente locura. No es la primera visitas ni tampoco será la última, aquel duendecillo siempre vuelve para atormentarlo durante los días lluviosos, podría cerrar la ventana y poner las cortinas, claro, pero un extraño impulso masoquista le impide hacerlo.
Clara toca la puerta de la habitación, nadie responde. Intenta abrirla, está con llave. Maldice en voz baja a su hermano, ese loco que se encierra cada vez que amenaza lluvia, no sabe ni quiere saber el por qué.
La lluvia no cesa. Seguramente será una noche larga, pero afortunadamente el duendecillo se ha calmado un poco y las arañas han vuelto a dibujar en las paredes.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

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