Carlos Fernández (CC BY 2.0)
Enero 1, 2013

El pago

Por Freddy Fuentes en Cuentos y relatos, No. 2
2 min

Por Freddy Fuentes J.

Me senté delante de ella, acomodando la silla para quedarle justo de frente. Nos separaba un escritorio pequeño: una mesa alargada con un monitor y un montón de papeles a un lado. Miré la torre de papeles pensando en la cantidad de nombres que allí se encontraban. Quizá también el mío, me dije.

Cuando llegué, ella me había mirado de una manera extraña, como nadie me había mirado durante el día. Creí leer en sus ojos algo como: parece que lo he visto antes, ó, ¿será de aquí?

Me quedé mirándola a los ojos por unos instantes. Ella, por su parte, no me miraba demasiado. Me sorprendió su boca amplia de labios gruesos, oscuros y opacos. La mujer era bonita, pero tal parecía que ella era la única que no se había dado cuenta. Por un momento creí que yo la miraba más de la cuenta, en un intento por descubrir qué era lo que la hacía ser bella para mí. Sus grandes ojos castaños, su cabello negro y liso. Sí, era ese conjunto, como el resultado exitoso de una ecuación que al principio me parecía complicada. A mí me había sorprendido el resultado. Es que nunca fui bueno con los números.

La mujer me hablaba sobre los papeles que yo tenía que recibir; lo hacía con una voz grave y lenta. Después se volvió a ocupar del computador. «Tu run», dijo. Se lo di, y me cortó con un «ya» apresurado justo antes de que yo le dictara el último dígito después del guión. Sin el último dígito, la búsqueda era válida de todas maneras. Revisó la pantalla del computador con indiferencia. Claro, una carpeta llena de papeles sin importancia, pensé. Ella sabía muy bien lo que buscaba. «Esto…», la escuché murmurar para sí misma. Me puse alerta por si debía darle alguna otra información.

Hizo varios clics y pronto comenzó a sonar una impresora que estaba hacia un lado de nosotros, a la izquierda, encima de un mueble pequeño con muchos cajones. Se levantó y caminó hacia la impresora para retirar los papeles. Cuando volvió al asiento tampoco me miró. «Ahora, debes ir con estos papeles al edificio (x) y traerlos firmados. Después de eso puedes pagar.» Ahora me había mirado y casi pude verme reflejado en sus grandes ojos oscuros. Quizá es tímida, pensé.

Me levanté de la silla con un extraño desgano interno. No quería ir al otro edificio, sino quedarme allí mirándola unos minutos más. La secretaria con ojos grandes, la secretaria que no se pinta y que me parece bonita.

Cuando volví del edificio (x) ella aún estaba sentada allí. Me miró tal como la primera vez, y movió sus manos como en busca de alguna cosa que jamás tomó.

«Bien», dijo. «Con esta firma y el timbre que acabo de poner, ya puedes pagar. Está todo listo.» Nos despedimos, e hizo una sonrisa que si bien no me pareció forzada, sí me pareció poco natural. Pensé que posiblemente no es de las que sonríe. Claro —concluí después—: si no es de las que se maquillan, y tampoco de las saben que son bonitas, será de las que casi nunca sonríen.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

¿Qué te pareció?