Orlando Contreras. CC BY-NC-ND
Agosto 14, 2012

Don Gregorio

Por Pablo José Luis en Cuentos y relatos, No. 2
3 min

Por Pablo José Luis.

Me contó la curiosa y trágica historia de su tío Gregorio, que en el invierno del 96’ había tenido un serio problema económico tras haber invertido en una imprenta en medio del centro, la cual no tuvo éxito alguno. Al término del tercer mes fue cerrada; sin poder mantenerla más en pie, Don Gregorio se desesperó ante las deudas que llegaban y se acumulaban a fin de mes. Y el pobre se trasnochaba bebiendo, pensando, llorando cómo pagar sin traer consecuencias a su familia. Él, en sus años dorados, nunca tuvo algún problema. Eso acabó cuando nació su primera hija. Entonces todo se puso complicado: el sueldo de un profesor no era suficiente para costear los gastos familiares.
Fue la noche del 26 de junio cuando se encerró en su habitación a reflexionar, tan callado que su familia ni lo sintió dentro de la casa. Pensaba y daba vueltas viendo de qué forma podría librarse de las deudas, créditos, tasas de interés y todas esas mierdas de problemas urbanos. Su alma había sido cegada por la pena de ver a su familia miserable, cosa que nunca se podría perdonar en vida o muerte. Mirando por la ventana se fijó detalladamente en los cables eléctricos ya añejos de tanto chispazo invernal a causa de las lluvias. Regresando a sus reflexiones, no veía salida fácil al asunto. Estaba cansado de tantos años de trabajo mal pagados, los gritos incesantes de lunes a viernes, el cara dura del rector llamándolo por meterles cosas raras en la cabeza a los cabros, y el frio de la sala cada mañana. Cuando joven rara vez pensó en el suicidio, aun cuando no se la podía en la Universidad, o cuando la idea de un futuro incierto lo acosaba. Esa pena e inseguridad había renacido desde adentro como un gigante.
El escenario de la “tragedia” fue el colegio donde trabajaba desde el 75’. Eran las 9:30, hora del recreo. Subió al tercer piso donde se estaban terminando unos trabajos pendientes en los pasillos. Había quedado un hoyo enorme en el techo por culpa de la ventisca y las lluvias, así que, aprovechando su tiempo libre, se dio a la tarea de ayudar a los auxiliares con unas planchas de metal. Subió a penas con las planchas por la delgada escalera hasta el techo del pasillo, y al mirar el patio, se mareó. Los estudiantes miraban curiosos los pasos vacilantes de su profesor, mientras los auxiliares ponían una plancha. Don Gregorio lo pensó solo un instante. Sin dudar, y haciendo como que se sentía mal, dio un paso en falso y cayó a la cancha ante la mirada atónita de los alumnos.
A final de cuentas la familia, con los millones que les dio el seguro más una indemnización del colegio, pudo comprar su casa propia en la calle Esmeralda con Bolívar. Ni muy grande ni muy pequeña, era lo justo y necesario para la viuda familia que ya en su época de luto ponía afuera de la casa una especie de altar donde el centro era ocupado por un autorretrato del propio. Lo más llamativo en el opaco cuadro era la expresión del hombre en él. En su cara sonriente se podían apreciar sus dos ojos mirando con las cejas fruncidas hacia arriba.
–No estaba seguro si existía el cielo o no –dijo su hija –por eso siempre miraba hacia arriba, por si es que encontraba una pista.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

1 comentario
  1. Anonymous Agosto 28, 2012

    Es bueno reparar en que ningún otro país de latinoamérica se averguenzan tanto de la pobreza como en Chile.
    Pero también la familia es un lazo muy fuerte a pesar que se halla fragmentado tanto.

    inicie aquí la dialéctica hegeliana

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