Justin Mclean (cc by-nc 2.0)
Enero 1, 2013

Dientes

Por Paulina Madariaga en Cuentos y relatos, No. 3
2 min

Fue algo lento y desagradable. Comenzó simplemente como un capricho, como una especie de manía tonta que no tenía ningún sentido. Luego, sentir la lengua presionando sobre sus dientes se convirtió para Tomás en una especie de hábito inconsciente, que practicaba a todas horas e incluso dormido. No tenía ningún objeto ni finalidad: simplemente lo hacía, porque podía y quería hacerlo.

Nadie lo notaba, ni siquiera cuando empezó a hacerlo cuando la gente le hablaba. Simplemente se fijaban en su rostro taciturno y sus ojos penetrantes, pero nunca notaban ese músculo húmedo y flexible recorriendo su mandíbula. Y, a decir verdad, él tampoco se daba cuenta. Eso hasta que comenzaron las pesadillas.
En realidad, eran sueños bizarros, que siempre involucraban aquel movimiento que durante los días parecía tan inocente y simple. Podía notar en el surrealismo punzante de los sueños, cómo lograba arrancarse sistemáticamente cada uno de los dientes. Por alguna razón, lo asociaba al coliflor, un olor que se volvió asqueroso y repugnante para él.

Tomás despertaba de esos sueños muy incómodo, pero aliviado al notar que su lengua, fiel a sus costumbres, recorría sin problemas cada uno de sus dientes, prolijos y firmes, cada uno en el lugar que le correspondía. Aquella noche no fue la excepción. Soltó un suspiro luego de comprobar que toda su dentadura estaba intacta en su boca y que todo había sido tan solo un mal sueño.

Se levantó a tomar algo de agua fría en el lavabo del baño, pensando en lo mucho que se reirían sus colegas si alguna vez les contara sobre todo esa tontería. Se sintió mucho más animado y refrescado luego del sorbo de agua, por lo que realmente fue una pena cuando alzó la vista y la palidez se apoderó de su rostro, como si la piel solo hubiera dejado paso a una calavera reseca y aterrorizada con una bella dentadura confeccionada con trozos rancios de coliflor, ensangrentados.

Lo peor de todo era que, un segundo antes de desmayarse, se dio cuenta de que debería pagar a un gasfiter que destapara el lavabo que ahora alojaba 32 dientes arrancados, que bajaban tranquilamente por la tubería.

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