Fiorella Molina (CC BY 2.0)
Julio 11, 2012

Desearé amarte

Por Andrés Marchant en Cuentos y relatos
4 min

Por Andrés Marchant, para la serie virtual de UPP.

Paulina se despertó otra vez frustrada por despertar, desearía seguir en su sueño. Había sido tan real… “Como sea, de todas formas me voy a tener que levantar”. Se sentó en la cama sin sacar los pies de ella. Un haz de luz se filtraba por entre las dos cortinas, y corría desde el marco, a la cama, al suelo, a la mesa con ropa tirada, a la puerta, y al closet. Sonrió, pensó “soy fea” y “soy hermosa” al mismo tiempo; y tenía razón, era realmente poco agradable a la vista su silueta temprano en la mañana, sus ojos apretados por el sueño inconcluso, su pelo negro apuntando para todos lados, y su polera rosada que caía de un hombro; y sin embargo, tenía una belleza de fuera de este mundo.

Decidió hacerlo rápido, se levantó y cruzó la habitación directo a la puerta, al pasillo, al baño. Abrió la llave de agua caliente, y mientras esperaba que saliera tibia, se miró al espejo, y nuevamente se rió, su cabello negro ondulado saltando hacia todas partes, sumado a una cara de cansancio y negación digna de una niña malcriada que no quiere ir a clases, daba un aspecto gracioso a todo el conjunto. Su risa era casi angelical, varios hombres se lo habían dicho, todos lo creían así. Algunos que lo dijeron lo hicieron porque creyeron que así llegarían a su lecho; pero casi todos fueron sinceros.

Cuando vio que su reflejo se empezaba a volver borroso, se desnudó y entró rápido, y así mismo se duchó. Salió de la ducha, tomó la toalla y se la envolvió en el torso. Fue al espejo a ver de nuevo su rostro, esta vez mas despierto. Limpió el espejo con la punta de la toalla, y vio sus medio morenas, medio blancas y medio rosadas mejillas, unidas por una doble hilera de marfil reluciente que adornaba su gracioso rostro. Se miró a los ojos y se preguntó que era lo que veían los hombres en ellos. “Sólo son café”, pensó. Entonces volvió a recordar el sueño de la noche anterior, el mismo que tenía desde hacía tiempo. Soñaba que caminaba y conversaba por la calle con un hombre, que a veces la trataba como si no existiese, y a veces como una princesa, pero siempre con cariño. No recordaba acerca de qué, pero recuerda que iban interesados conversando, quizás política, quizás religión, quizás cocina, amores, desamores, arte, literatura o temas completamente banales; sólo recordaba que no podía despegar su mente de ese momento. El era alto, de cabello negro y mandíbulas prominentes, con cejas algo pobladas. Vestía zapatos de cuero negro, pantalón azul y chaqueta café. El conjunto completo daba una sensación de locura racional, ese tipo de personalidad que no se deja guiar por las masas, pero que tenía a veces ideas tan bizarras que cuando las exteriorizaba hacían dudar de su sanidad mental. “Me encantan tus ojos”, le decía él, ella sólo reía.

Salió del baño hacia su habitación para vestirse, tenía poco tiempo para salir a trabajar. Tres veces se intentó poner el vestido que por apurada se ponía al revés, siempre lanzando una carcajada que a esa hora probablemente despertaba a los vecinos. Tomó rápido la cartera, la carpeta del trabajo, las llaves, se puso los zapatos y salió corriendo. Mientras iba caminando hacia el paradero de buses, pensaba en todo el trabajo que tenía que hacer, informes que redactar y entregar, artículos que completar y fotografías que analizar. De sólo pensarlo se cansaba.

Cuando estuvo sentada en el bus sintió que su mente repentinamente empezaba a quedar en blanco, y como la sangre se agolpaba en sus sienes, como caía dentro de una sensación tan placentera, que prácticamente se apenaba por las circunstancias: ¿Encontrar un ápice de felicidad en un lugar tan banal y vulgar como un bus? Podría ser peor, podría encontrarla en un sueño… Es decir, ni siquiera es real.

“Jorge”, así dijo que se llamaba, acababa de recordarlo. Iban caminando hacia no sabía donde. Hablaban como si no importase nada más que el otro. Jorge la miraba, sonreía, miraba al suelo, se desconcentraba, miraba sus pies, miraba los de Paulina, se reía, se burlaba, se ponía nervioso, presionaba sus dedos pulgar e índice uno contra otro, se tocaba la nariz, pensaba banalidades, se contradecía, decía cosas sin sentido, y decía niñerías. Paulina no lo hacía mal tampoco, o “bien” en este caso o por decirlo de otra forma.

Cuando parecieron haber llegado a un punto de separación, Jorge tomó la mano de Paulina para llamar su atención y decirle algo. Con el ruido de los vehículos poco se escuchaban entre ellos realmente. Paulina se acercó a Jorge para oírlo mejor “¿Qué dijiste?, “Nada”. Se miraron, y sus labios fueron acercándose lentamente hasta tocarse, hasta convertirse en un prolongado beso.

Se miraron, y obstaron los rostros resignados de ambos, se abrazaron, y se separaron. Paulina fue por la derecha, al llegar a la otra esquina, miró hacia atrás, estaba Jorge en la esquina opuesta mirándola. Se saludaron, con la esperanza de volver a verse, pero con la resignación de saber que no lo harían. Jorge caminó hasta mitad de cuadra y esperó el bus en el paradero.

El despertador sonaba. Eran las 7:30. Jorge debía levantarse para ir a trabajar. Otra vez tuvo el mismo sueño. ¿Cómo se llamaba la chica de vestido rojo? Paulina. Y en esto pensaba mientras caminaba hacia la ducha.

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