Angel Arcones (CC BY 2.0)
Enero 1, 2013

De la imposibilidad de la felicidad

Por Alfonso Cáceres en Cuentos y relatos, No. 3
2 min

Por Alfonso Cáceres R.

 Hemos aceptado la idea de que el

motivo por el cual los sueños

siempre son una realización de

deseos es que constituyen

productos del sistema

inconsciente, cuya actividad no 

conoce otra meta que la

realización de deseos y que no

cuenta con otras fuerzas que los

impulsos de deseos

–Freud, 1900

El señor Jahuel es un hombre joven, soltero, razonablemente sano, de barba y abundante cabellera, que se apresta a acostarse temprano en el modesto y deteriorado departamento que arrienda, pues mañana le espera una nueva y dura jornada de trabajo. Lleva a cabo el ritual acostumbrado, preocupándose particularmente de ajustar meticulosamente al máximo el volumen de la alarma del reloj digital chino imitación suizo que ha comprado, su verdadero seguro contra el desempleo que lo aterra porque sabe lo que significa, luego de tanto atraso provocado por su lamentable tendencia al sueño pesado.

Al poco rato el señor Jahuel está durmiendo. Y pronto comienza a soñar. Sueña que está soñando. Sueña que suena el despertador, sueña que se levanta, se ducha, se viste, desayuna. Sueña que llega temprano a su trabajo, que es felicitado de manera irónica por su sorprendido jefe, sueña que trabaja con mayor eficiencia que nunca. Sueña que vuelve a su casa, cansado pero feliz como nunca. Sueña que ve las noticias en la televisión, que ajusta el despertador. Sueña que se acuesta y sueña que sueña.

Sueña que pasa el tiempo. Sueña que su trabajo es cada vez más reconocido. Sueña que lo ascienden, sueña que lo admiran y envidian. Sueña que se casa, que tiene hijos. Sueña que vive en un barrio acomodado, que viaja. Sueña que sus hijos tienen hijos. Sueña que su nieta regalona le regala para su cumpleaños un dibujo que lo retrata, gordo y calvo, el que hace enmarcar y colocar en la cabecera de la enorme cama matrimonial.

Sueña que jubila en excelentes condiciones. Sueña que disfruta de su familia. Sueña que enviuda.Sueña que se deteriora. Sueña que está enfermo. Sueña que está en una cama de hospital. Sueña que uno de los monitores a los que está conectado comienza a sonar demasiado estrepitosamente, como un reloj despertador…

Al despertarse, alcanza a ver cómo el sueño se va diluyendo, deslizándose por las ropas de la cama, hasta llegar al suelo y filtrarse por las rendijas del gastado piso de madera. Le da la impresión de una sustancia semicristalina, de la que arrancan ocasionales chispazos de una luz muy blanca, enmarcados en unos nubosos jirones negros.Cuando todo pasa mira al suelo, y sobre las tablas sólo ve que quedan unas pequeñas bolitas como de mercurio, que al final también se achican y desaparecen. Aterrado, comprueba que el maldito artilugio electrónico ha fallado y ha sonado una hora más tarde de lo programado. Apenas se viste y sale corriendo del departamento, sin ducharse ni desayunar, maquinando desesperadamente alguna excusa creíble para su jefe, aunque ya tiene claro que las perspectivas de conservar su trabajo en esta ocasión serán muy remotas.

Por supuesto, en su apuro no repara en el pueril dibujo de un señor calvo y muy gordo que cuelga clavado en la pared, sobre su modesta cama.

Este texto es parte del tercer número de Un Pelo Perdido.

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