Razi Marysol Machay (CC BY-SA 2.0)
Enero 1, 2013

Cuna de soldado

Por Botacochina en Cuentos y relatos, No. 2
5 min

Por Botacochina.

A Gustav nunca le gustaron los girasoles, a pesar de que pasó gran parte de su juventud cosechándolos. Prefiere las camelias. Lástima que no pueda oler su perfume aún cuando se encuentran a tan corta distancia de él, de su yo actual: un ente invisible y carente de peso. Sin calor, sin voz y sin latidos. Por supuesto, tampoco posee ya la virtud del olfato. Un alma vagabunda, un espíritu atrapado, un fantasma, o como quieran llamarlo; esto es ahora.

Su cuerpo, mientras tanto, yace boca arriba dentro de un ataúd, con las manos entrelazadas sobre el pecho y una cruz de hierro aprisionada bajo sus largos dedos. Viste uniforme militar, pulcro y bien planchado, casi nuevo, como si la guerra y la sangre jamás hubiesen manchado las solapas de su chaqueta. Puede deducir por ello que ha muerto en medio de una batalla; pero nada explica por qué, a diferencia de las flores (sus únicas compañeras), su cuerpo allí no se marchita, no envejece. Ni un rasgo de descomposición ha alterado la delicadeza de su semblante cristalino.
Nunca le gustaron los girasoles y, sin embargo, cada vez que Louis -su hermano menor- le lleva flores al sepulcro, se ha descubierto a si mismo ansioso, en espera secreta de una visita de la maravilla dorada.

Le parece haber esperado por años, pues el tiempo ya no es un don que consigue manejar a modo de malabares. Si es que han transcurrido décadas desde su presunta muerte, o bien si sólo lleva un par de horas enclaustrado, no lo recuerda. Ha perdido por completo la noción del tiempo, encerrado dentro de las cuatro paredes dueñas de su soledad. Soledad, la eternidad es solitaria, sin pasado ni futuro, apenas contando con un presente confuso en el cual no logra orientarse.

“Mein Gott” suspira mentalmente el pseudo-fantasma de Gustav, con los ojos a medio cerrar y las palmas buscando un apoyo. No sabía que podía sentir cansancio, ni siquiera cansancio mental. O si es que acaso poseía una mente. Tampoco lo entiende.Se concentra en escudriñar pausadamente los rincones. La habitación no posee ventanas ni conductos que conecten a otros cuartos, mas una única puerta se alza frente a él, cuyo hilo de luz se proyecta a lo largo del piso. Sube por el cajón y luego atraviesa el rostro etéreo del alemán, finalizando en el muro a su espalda.
De pronto la luz aumenta su tamaño y cubre la mayor parte del cuarto, y es que ha llegado la hora de la visita de Louis. Él parece ser el moribundo, con sus párpados caídos y la melancolía a flor de piel.

Y he aquí un detalle que le perturba mucho más que su actual estado: Louis ha envejecido. No exageradamente, pero sí lo suficiente para calcular una suma considerable de años entre su último recuerdo y las arrugas prematuras en la frente de su gemelo.

Se pregunta si es posible que un fantasma enloquezca; se pregunta si es en realidad lo que él cree ser (un fantasma). Después de todo, ha notado que su cuerpo físico respira, de forma tan endemoniadamente débil y suave que sólo décadas de silencio permitieron a su paciencia advertirlo. Él no está muerto, y en el ataúd lo que se encuentra descansando no es un cadáver.

“Será entonces una coraza esperando su alma de vuelta” inquiere despreocupadamente, haciéndose a un lado para no entorpecer la marcha de su huésped.

Mientras Louis acomoda una silla junto al féretro, Gustav consigue llegar de un salto ligero (casi en cámara lenta) a la superficie de madera barnizada, donde la parte superior permanece abierta con el propósito de exhibir el rostro y el pecho del difunto. Se sienta allí, en dirección a la puerta, balanceando los pies alternamente hacia adelante y hacia atrás, dejando que la luz del pasillo difumine su figura.

Louis comienza a hablarle, como siempre lo hace. Cree que de algún modo su hermano puede oírle, y está en lo cierto. Habla del clima, de los vecinos, de la familia y de los libros que ha leído, pero nunca de lo que ocurre en el mundo. No existe la guerra, ni la política, ni la historia, ¡viva la paz mundial!. Habla sobre cosas innecesarias de las que Gustav ya ha oído conversar y comentar a las voces provenientes del comedor, gracias a su nueva habilidad auditiva. Y, por lo visto, su hermano ha guardado la existencia del sepulcro recelosamente, como un tesoro valioso enterrado en casa.

Los extraña, a todos: extraña a Roger, a Susan, al tío Roderich y a la tía Gretchen, al primo Hacket, a Vincent, al teniente Gilbert y, por supuesto, a su novia, Elizabeth.

–…loca –una simple palabra es suficiente para desestabilizar la cotidianidad de la conversación unilateral. –Elizabeth, se ha vuelto loca –reitera Louis, esta vez poniendo mayor énfasis en la palabra. –Se encerró en el baño por la noche, llevándose toda su ropa consigo, y la quemó. La encontraron desnuda en la tina, asfixiada por el humo. Además, presentaba síntomas de intoxicación.–¿De qué? –quiso preguntar Gustav.–Aparentemente, Elizabeth creyó que, al no poseer un alma pura, Dios la había castigado con tu muerte. Así que tragó jabón para limpiar su interior y comió su maquillaje para embellecerlo.

Tras escucharlo, Gustav se deshace en lágrimas imaginarias, tan reales como él. Intenta tocar el hombro de Louis, en el cual los mechones de cabello rubio caen alborotados hacia abajo. Sin embargo, su mano pasa de largo y lo traspasa.

Prohibido, el contacto está prohibido.

Gustav es incapaz de sostenerse en pie, mientras que el menor acaricia la cabeza albina del cuerpo dormido en el ataúd. Un intento desesperado por satisfacer la necesidad de cariño, incluso si éste proviene de un muerto.

La escena es morbosa: un hombre solitario que exige afecto y comprensión de un cadáver y, por otra parte, un fantasma que intenta llorar abatido.

La luz fría baña en contrastes a los hermanos, burlona. Les hace creer que en verdad son parte de un mismo mundo. Tan cerca, tan lejos; tan hermoso y tan enfermo.

Pero… un momento, hay algo extraño. La puerta está abierta; la salida siempre ha estado ahí. Aquel pensamiento congela los actos del albino; la sola idea de abandonar su cuerpo físico, su único vínculo con el mundo “real” y, por lo tanto, la única prueba concreta de su existencia, le parece repulsiva.

Tentación y horror enfrentados.
Ni por instinto logra moverse cuando –probablemente sumido en sus disputas internas–un tembloroso girasol se asoma a través del marco de la puerta, en manos de la pelirroja Elizabeth, quien lo suelta y lo deja caer sobre sus finos zapatos negros.
–Elizabeth –dicen a coro ambos hermanos, deseando cortar con una cuchilla los nudos que se retuercen en sus gargantas.El rubio reacciona primero, llegando a la puerta rápidamente, e intenta llevarse a la muchacha a costa de forcejeos.
El secreto ha sido descubierto y los testigos deben ser silenciados.

Gustav y Elizabeth han cruzado una mirada ínfima mientras el menor arrastraba a la crespa fuera de la habitación, y a Gustav le parece haber vivido otra eternidad en el reflejo de sus orbes azuladas. Se niega a pensar que ha sido una casualidad o un delirio de la locura de su novia y la suya propia. Ya no le importa renunciar a su cuerpo inerte con tal de prolongar aquel cruce de miradas.

Un segundo después, se encuentra delante de la puerta, como por arte de magia, y ésta ahora se encuentra cerrada. Aún puede oír los gritos y réplicas de Elizabeth al fondo del corredor.

Su mano aprieta la perilla y siente que ésta vez tiene la fuerza para abrirla. Entonces un ruido tras de sí rebota haciendo eco en las paredes: su cuerpo en el cajón ha hecho un movimiento súbito e impetuoso, justo cuando su muñeca agarró la perilla. ¿Es quizás una advertencia de lo que pasará si abandona? ¿Buena, mala? ¿Le importa en realidad? ¡Al diablo!

Gira completamente el picaporte y, es una suerte, Louis no le ha puesto llave a la cerradura.

Este texto es parte del segundo número de Un Pelo Perdido.

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