Matias Dutto (CC BY-NC 2.0)
Enero 6, 2014

Cuerpo roto

Por Constanza Marchant en Cuentos y relatos, No. 4
2 min

Me sangra en la forma de quererlo, de lamentar sus ojos cerrados porque lo busco siempre mirándome, me duele, de cualquier forma, me duele. Me sangra, me duele, me aterra pero así mismito amamos nosotros, esperando la excusa perfecta para despertarnos de éste mal sueño casi todas las mañanas.

*

Comprendo la mala racha de nuestros huérfanos, escondidos entre la hierba seca de ésta ciudad, desconocidos, incómodos, ajenos al propio territorio. Existe un personaje viejo entre sus piernas, cansado de tanta tortura no termina de arrancarles el llanto, lo caminan arañando silenciosamente sus costillas, una a una se clavan en la piel derramando lo terrible de su existencia.

*

Entonces se hunde cuando le canto, cuando lo muerdo, cuando me trepo en su cuerpo y lo rajo, rajo el recuerdo adolescente que se nos monta sobre los parpados. Es el olvido una ciudad sucia de pasillos oscuros y esquinas sin nombre. Nos pesa tanto el silencio, cariño, cariño dice que duele, un beso lo ignora, ¿cómo se atreve?, sangramos pobreza el resto del año, nada nos sobra, ni siquiera el arponazo que le doy antes de apretar el corazón, partido la misma cantidad de veces que quisimos olvidarnos. Me perdí como loca entre tanta apariencia para fingir que no, que no duele tanto.

*

Ni madre, ni padre, ni hijos que puedan reprocharme esa falta, lo pienso perdido incluso en ese lugar, remojando mis cartas en los agujeros de su esqueleto, borracho del mar que nos quitan. Conozco la eternidad de nombres arrancados de su pared, cada vacío se retuerce en el recuerdo de mi condena. Debí temerle a las historias pasadas aunque no fuesen conmigo, quebrarle el cuerpo en todas sus formas y lanzar los restos a cualquier estanque viejo.

Compré lana oscura y un par de palillos número tres. Punto, punto, punto, derecho – revés. Punto, punto, punto, derecho – revés. Punto, punto, punto, derecho – revés. Es aún más complejo cuando disipo su orden y someto el encaje a una nostalgia incoherente, la secuencia del vértigo no acaba en nosotros.

*

Quien quiera que sea me nombró a matar, un extraño nos observa desde su balcón y retazos de piel cubren el silencio de los amantes en las plazas públicas. Recuerdo que arrancó mi cabello y comenzó a deshilachar los secretos de mi cuerpo, tantos muertos tantos, las calles se acomodan entre mis brazos mientras una arpillera memoriza el rumbo del tejido. Cada punto termina entre los rieles de su carne.

*

Caen mis años sobre sus vértebras, no conozco otra forma de tocarlo, arrastrarme por el tejido de su tristeza y maldecir los puntos que se fugan entre mis piernas, encontrar en cada recuerdo alguna fotografía de él, su fracaso, y rasgar con los dientes la típica respuesta. Nos rebalsamos de nosotros mismos, partiendo la vergüenza del resto porque la suya lo abandonó llegando a mi ombligo.

*

Me paseo por sus ojos, los refriego, tanto es el dolor que también me llora, similar a la ortiga que se burla de sus parpados por no confiar en los absurdos. Hay un tiempo que nos duele, nadie, nadie, nadie lo nota, no existimos en ello porque tampoco nos pesa. Me hace falta su histeria para reconocer que la fatalidad de ese lecho no deja de ser un crimen.

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