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Enero 1, 2013

Caída de sistema

Por Sergio Reno en Cuentos y relatos, No. 2
6 min

SRV–76 despertó cuando la sonda ubicada en su brazo se desconectó automáticamente y desapareció por la rendija del muro. Se sentó en su cama y frotó sus ojos. Estaba descansado y satisfecho. La sonda se había encargado de suministrar intravenosamente todos los nutrientes que el cuerpo de SRV–76 necesitaba para realizar todas las actividades del día.

SRV–76, vestido con su traje térmico, traje que llevara desde que nació y que llevaría cuando muriese, se acercó a la pantalla de cristal líquido que colgaba como un cuadro de la pared.

–Madre –dijo. Una voz cibernética, asexuada, que parecía flotar de todos lados, respondió con tono neutro:

–COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA, CAÍDA DE SISTEMA.

SRV–76 frunció el ceño, perplejo. Tomó asiento frente a la pantalla y se puso cómodo.

–Padre –dijo.

–COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA, CAÍDA DE SISTEMA –respondió de nuevo la voz.

–SLP–77 –dijo SRV–76, ya algo molesto.

–COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA, CAÍDA DE SISTEMA.

SRV–76 se puso de pie, frotándose la barbilla. Miró la pequeña habitación donde se encontraba. Era un lugar pequeño, de seis por tres metros, ubicado ochenta pisos bajo tierra. En el cuarto nivel de la ciudad de Nova Ameris. SRV–76 nunca había salido de su cuarto. Nunca había tenido necesidad de hacerlo. Tras la glaciación del 500 AS (antes del Satélite), la humanidad se vio obligada a refugiarse bajo la corteza terrestre. En ésta época, el 600 DS, cientos de ciudades subterráneas–subacuáticas coexisten. Debido a la pérdida de todo el terreno cultivable, el alimento que la humanidad había conocido en los últimos trescientos años era producido sintéticamente por las factorías automáticas que barrían los nutrientes en el “Gran Océano”. Nadie trabajaba, no existía el arte de ninguna clase ni las distracciones. La única forma de comunicación que conocían las personas (por llamarlas de la “antigua” forma) era por medio de las pantallas receptoras y transmisoras ubicadas en cada cuarto (unos tres millones en total, equivalente a la población humana en ese momento). Para preservar la raza, los científicos que construyeron, en penosas circunstancias, la gran computadora central, bautizada “Gaia”, la programaron con la facultad de seleccionar muestras de espermatozoides y de óvulos para artificialmente concebir más humanos de manera sistemática, es decir, cada vez que alguien moría, alguien nacía y ocupaba su cuarto. La comunicación que se realizaba entre cada cuarto era posible por los millones de satélites que orbitaban la Tierra. Era tan grande el número de estos aparatos, creados por Gaia, que desde la superficie hubiera sido imposible contemplar el cielo.
SRV–76 volvió a sentarse y a mirar fijamente la pantalla en negro.

–Cualquier contacto de mi agenda personal –dijo, esperando y deseando hablar con alguien. Esta vez la voz tardó un poco más en responder.

–COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA, CAÍDA DE SISTEMA.

SRV–76 dio un golpe con el pie y se tomó la cabeza. Habló sin levantar la vista.

–Cualquier contacto que me tenga en su agenda personal. La voz tardó aún más en responder

.–COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA, CAÍDA DE SISTEMA.

SRV–76 se puso de pie y dio un golpe en la pared de plastiacero. Sus ojos lloraban más de rabia que de dolor.

–Cualquier contacto en el planeta –no se le ocurría nada más. Una voz más familiar respondió, aunque tras casi una hora:

–Contacto realizado.

SRV–76, que estaba recostado en su litera, se puso de pie en un salto y se sentó frente a la pantalla. El rectángulo negro parpadeó de pronto y la imagen de una mujer joven quedó enmarcada en él.

–¡Hola! No sabes cuanto me alegra verte –dijo SRV–76, sonriendo feliz.

–Hola –dijo la imagen, sonriendo también.–¿Cómo te lla…? –comenzó a decir SRV–76, pero la imagen lo interrumpió.

–Usted se ha comunicado con la central de mensajes instantáneos de la ciudad de Nova Afris. En este momento no es posible atenderlo, pero…

SRV–76 lanzó una carcajada nerviosa y pidió el corte de la transmisión. Se volvió a recostar en su litera y se quedó mirando el techo gris. De pronto, la pantalla comenzó a parpadear y la voz sonó de nuevo en el cuarto.

–Llamada entrante, origen desconocido.  Llamada entrante, origen desconocido.

–¡Contestar! –gritó SRV–76 poniéndose de pie frente a la pantalla.

Apareció la imagen de un hombre viejo.

–Hola –dijo el viejo.

–Hola –contestó SRV–76, sonriendo con todas sus ganas.

–Por fin alguien… ¿cómo te llamas, niño?

–SRV–76, señor.

–Yo soy VHS–42.

–¿Sabe usted qué ocurre?

El viejo se encogió de hombros.

–No estoy seguro, no he podido comunicarme con nadie, aunque tengo una idea.

–¿Qué idea?

–Creo que… parece ser que por fin los satélites están cayendo

.–¿Cayendo? Eso es imposible –dijo SRV–76, sentándose de nuevo y terriblemente asustado.

–¿Por qué imposible? –preguntó VHS–42.–No sería la primera vez.

–¿Qué? ¿Pasó antes? –dijo SRV–76, fascinado.

–Todos los días –respondió tranquilamente VHS–42.

–Cada día caen uno o dos satélites, que son rápidamente reemplazados por Gaia.

–Pero lo de ahora no puede ser por causa de uno o dos satélites, ¿no, señor?

–Claro que no. Lo más probable es que Gaia tenga algún desperfecto. Quizás lo solucione pronto.

–¿Quizás? –preguntó SRV–76, calculando las posibilidades

–¿Cuándo podría ser eso?

–No sé –dijo VHS–42, algo indiferente ya. –Podrían ser dos días, una semana, diez años, diez siglos… ¿Quién sabe? Nunca había pasado en esta escala.

SRV–76 miró el techo y las paredes y nuevamente la pantalla.

–¿Pero… siglos? ¿Qué será de nosotros si el problema se va a solucionar en siglos?

–Los sistemas de alimentación y reproducción son independientes del sistema satelital, hijo. Seguiríamos existiendo, creo

.–Pero totalmente incomunicados

.–Podríamos hacer lo que los antiguos…

–¿Qué cosa?

Hubo un breve silencio.

–Olvídalo, es absurdo –dijo VHS–42, sacudiendo la cabeza.

–¿Qué cosa? –repitió SRV–76.

–Podríamos salir de nuestros cuartos y golpear la puerta de al lado.

SRV–76 retrocedió aterrado y mirando alrededor, deteniéndose en la abertura rectangular que era la puerta. La contempló un instante, pensando en su función primaria, permitir la entrada y salida de las personas de un lugar determinado a otro. Sintió miedo. Nunca había pensado en salir del cuarto. Nunca había pensado en aquella puerta más que como una arcaica forma de hacer sentir al hombre libre de salir si lo deseaba. ¿Lo había deseado alguien alguna vez? ¿Había salido alguien de su cuarto alguna vez? Sabía por los textos de historia, que leía, a veces, en la pantalla, que antiguamente las personas se reunían y hablaban sin sistemas de por medio. Sabía que algunas veces las personas hasta se tocaban en señal de compañerismo. Pero todo aquello era parte de un pasado demasiado remoto, una idea demasiado aterradora. ¿Para que salir si todo lo necesario para sobrevivir lo obtenía de su cuarto? ¿Valía la pena? Ahora dudaba. Tomó aire y miró a VHS–42, que lo observaba desde la pantalla.

–Tiene razón –dijo.

El viejo lo miró con incredulidad.

–¿De verdad te crees capaz de abrir la puerta y llamar a la de tu vecino?

SRV–76 asintió en silencio.

–Entonces hazlo –dijo VHS–42. –Y luego vuelve a decirme que pasó y yo haré lo mismo.

SRV–76 volvió a asentir y giró hacia la puerta. Tomó aire profundamente y dio el primer paso. Se acercó y llevó la mano al identificador. Dudó un instante y la alejó, pero enseguida volvió a aspirar profundo y sin darse tiempo a arrepentirse presionó fuertemente su mano contra el aparato. La puerta hizo un pequeño chasquido y se abrió. El exterior estaba en penumbras.
Avanzó por el arco de la puerta y asomó la cabeza afuera. En ese instante una tenue luz, parpadeante por el mal estado de las luminarias, se prendió. Era un resabio de los tiempos cuando la ciudad se construyó, hace cientos de años.
Un eterno pasillo que parecía perderse en el infinito a izquierda y derecha estaba frente a él. El silencio era insoportable. Aspiró profundamente de nuevo y se dio ánimo suficiente para salir. Incontables puertas cubrían ambos lados del pasillo. Caminó lentamente hasta la contigua a la suya y se quedó de pie frente a ella. Sintió deseos de entrar corriendo a su cuarto, apagar la pantalla y echarse a dormir, pero la idea de estar incomunicado por quizás el resto de su vida llegó a su mente como una bofetada que lo hizo reaccionar. Casi sin darse cuenta golpeó la puerta extraña. El golpe resonó por el pasillo como una explosión. SRV–76 pensó en el habitante del cuarto al que llamaba y trataba de imaginar su propia reacción si alguien alguna vez hubiese llamado a su puerta. Tras un momento que le pareció eterno, lentamente, la puerta se empezó a abrir. ¿Será un hombre? ¿Una mujer? ¿Un niño? La puerta se abrió por completo y la figura de un hombre pequeño se asomó temeroso. SRV–76 lo miró un instante y creyó reconocerlo como alguien a quien ya había visto antes. Levantó la palma de la mano al hombre en señal de que esperase y entró corriendo a su cuarto.
La pantalla del cuarto de SRV–76 estaba en blanco y la voz cibernética repetía:–CAÍDA DE SISTEMA, FIN DE LA COMUNICACIÓN.

SRV–76 sonrió.

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