Diciembre 31, 2012

Billete falso

Por El Culo del Maestro en Cuentos y relatos, El Culo del Maestro, No. 3
3 min

Voy de bolsillo en bolsillo. A los niños se les aconseja lavarse las manos después de tocarme, y que ojalá ni siquiera se les ocurra jugar conmigo. Quienes más dicen despreciarme normalmente están bien abastecidos de nosotros. Soy huérfano, lo sé. Pero he aprendido a purgar mis penas en el tránsito interminable. Bolsillo en bolsillo, billetera en billetera, mano en mano. Si somos tan importantes, alguien debería tomarse la molestia de escribir acerca de nuestra historia: la de los billetes usados. Es verdad, nacimos para ser segundones, para desear la vida fantástica de nuestros hermanos legales. Aunque ambos gastemos nuestras existencias de la misma forma, sería reconfortante que alguien se tomara un minuto de su tiempo para hablar de nosotros, que intentamos hacer igualmente bien la pega: con honor y dignidad.

Sé lo que dirán. Falso. ¿Siempre es así de estúpida la especie humana? Falso. Como si fuera un impostor. Como si todo el puto dinero tuviese algo de verdadero. Los billetes hemos cumplido a la perfección nuestra misión de ser la materia prima con la que el ser humano confecciona su horca. Aun así no faltan los imbéciles que me discriminan por mi naturaleza. Falso. Como si quienes más acumulan a mis hermanos legales fuesen personas tan verdaderas. Óiganlo bien: los billetes no podemos ser falsos. Falsas son las personas, que nos atribuyen más poder que a sí mismas.

Nuestra vida es dura. Comienza, por lo general, en un taller alejado del centro de las ciudades. Nacemos en la clandestinidad. La mayoría de nosotros somos ahorcados antes de ver la luz, por no cumplir suficientemente bien con nuestro disfraz. Sí, el mismo disfraz que corona vuestra estupidez. Normalmente, somos implantados en billeteras vacías o semivacías de gente que sí sabría qué hacer con unos cuantos de nosotros, pero legales. En vez de eso, nuestra condena comienza cuando una mano temblorosa es la que nos destierra de nuestro sueño. Entonces somos separados y metidos dentro de una bolsa plástica, desde donde borrosamente contemplamos cómo nuestro portador o portadora es detenida por una sarta de tipejos uniformados en cuyos bolsillos igualmente escaseamos.

Pero he de confesar que soy de los rebeldes. La mayoría de mis hermanos se compra el cuento de la legalidad. Les pesa su condición de huérfanos. Yo, en cambio, me las arreglo para vivir lo mejor que puedo. Soy un billete afortunado, no lo niego. Pertenezco al bolsillo de una familia que, probablemente, jamás se vea en la necesidad de usarme. Me siento acogido aquí dentro. Ya no voy en billetera, he llegado a una bóveda. Acá converso con los legales de igual a igual. Recibo, además, el mismo trato de parte de los banqueros. Una vez que llegas aquí dentro, se acabaron las jerarquías. Soy uno más. De vez en cuando nos vamos de viaje dentro de unas bolsas estupendas y bien custodiados por guardias que visten de azul y de aspecto feroz: son nuestros lacayos, al igual que las tarjetas de crédito.

Nuestra rutina es algo aburrida, pero así es la vida de quienes han alcanzado el éxito. Incluso me ha alcanzado el tiempo para hacerme el lindo con una prima: una papeleta electoral. Por supuesto, he tenido que enfrentar valientemente las críticas de mis pares legales. Nos dicen que es una cualquiera, que se vende más fácilmente que nosotros. Que es peor. Que se presta para cosas verdaderamente atroces. Que un tipo como yo, un billete falso, es un ángel al lado de una papeleta electoral. Y si ya tiene la rayita puesta, peor todavía. No hay papeleta digna, me dicen. Pero yo hago oídos sordos. Asisto todos los domingos a la misa que ofrece un billete de cien dólares. Y su mensaje es que siempre debemos darnos una oportunidad como seres monetarios. Que la sagrada unión entre billetes y papeletas electorales es la única garantía de orden y prosperidad para nuestro mundo. Y yo, como el honrado billete falso que soy, le creo.

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