©2010 Arturo Acuña
Diciembre 31, 2012

Por David Guzmán en Cuentos y relatos, No. 3
2 min

Aunque me gustaría, nunca he sido asiduo a los vinos. No percibo diferencias entre módicos y costosos. Todos son vinos, saben a mierda, y punto. Me gustaría serlo porque gente que aprecio lo bebe: músicos y escritores, amigos que consiguen ser llamados como tales, y casi toda mi familia. Qué más da. Supongo que consumiendo un poco de cuando en cuando terminará por gustarme.

Gregorio es un veterano poeta valparisino. Escribe en una libreta humedecida, raramente publica, viste ropa usada y poco es lo que se le entiende al hablar. Se define como un anarquista. Lo conocí hace menos de un día, bebiendo –vino- en una encantadora casa en Calen, Chiloé. No retuve su apellido, y no encontrarlo después en Google me hizo especular que efectivamente es un poeta, uno de verdad.

La conversación derivó a su ideal de sociedad, una transversal. La reconocía como una utopía, pero una que podía dejar de serlo. Al mismo tiempo que lo escuchaba, no pensé en la paradoja, ni quise intervenir cuando un imbécil lo insultó exigiendo un método para concretarlo. Pensé si él me agradaba o no, si su ideología se acompañaba de principios o no, y si la libreta humedecida era su fuente de ingresos o no. “Conversando pue’. No hay voluntad”, le respondió con ojos desconsolados, no por tristeza; por impotencia.

No creo en los poetas que tiran una moneda al aire para decidir escribir o esperar el día siguiente, sí en los que están listos para hacerlo, en una libreta humedecida o en lo que sea. No creo en una sociedad sin cabecillas, pero sí en una sin pirámides. No distingo entre un vino en caja y uno embotellado, pero sí entre un hombre bueno y uno prescindible. Uno puede convertirse en alguien que admiras o en un amigo que merece ser llamado como tal; el otro es una mierda y punto.

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